miércoles, 31 de agosto de 2016

Una última vuelta en calesita


Corría el año 2002, Magdalena Edith Torres tenía 22 años y un montón de sueños por cumplir, ese día se sentía nerviosa y feliz a la vez. La reunión familiar que se iba a dar en su casa se prestaba para que ella presentara a su novio Nahuel, a sus padres y hermanos en su casa del barrio platense de Altos de San Lorenzo. Todos se mostraban felices, salvo un primo que estuvo toda la noche muy serio y callado. Su nombre era Miguel Torres Alonso, de 21 años.
Miguel llevaba dos años viviendo con sus tíos. Había llegado a La Plata de su Santiago del Estero natal con la idea de estudiar y trabajar. Eso, al menos, fue lo que dijo. Aunque después, en medio del juicio oral, contaría que en rigor se había enamorado de su prima Magdalena y soñaba formar una familia con ella. Cabe destacar en este punto que ellos ya habían mantenido una relación, que siempre fue un secreto de adolescentes. Los padres y hermanos no lo sabían y para Magdalena era historia pasada, una travesura que recordaba con alguna simpatía.
El sábado 19 de enero. Magdalena se levantó a las 8.30 y salió de su casa. Le dijo a la mamá, Ramona, que quería comprarse un jean para estrenar esa noche en una salida con Nahuel. La madre le dio un billete de cien pesos y le dijo que cuando ella regresara de trabajar, iban a almorzar juntas.
Miguel, esa mañana, se levantó muy temprano, como siempre. A las 6 partió en bicicleta al Paseo del Bosque, donde cuidaba los botes del lago y la calesita El Duende Poppy que estaba justo atrás del estadio de Estudiantes.
En el camino se acordó cuando con Magdalena iban juntos en bicicleta a la Escuela Media  N° 3, donde cursaban el secundario nocturno. También recordó las veces que se habían jurado amor eterno y, ahora, todo era distinto. Ella tenía novio y no quería saber nada con él, aunque él insistía en seguir con aquella relación que lo había marcado a fuego para siempre.
El sábado 19 de enero. Magdalena se levantó a las 8.30 y salió de su casa. Le dijo a la mamá, Ramona, que quería comprarse un jean para estrenar esa noche en una salida con Nahuel. La madre le dio un billete de cien pesos y le dijo que cuando ella regresara de trabajar, iban a almorzar juntas.
Miguel, esa mañana, se levantó muy temprano, como siempre. A las 6 partió en bicicleta al Paseo del Bosque, donde cuidaba los botes del lago y la calesita El Duende Poppy que estaba justo atrás del estadio de Estudiantes.
En el camino se acordó cuando con Magdalena iban juntos en bicicleta a la Escuela Media  N° 3, donde cursaban el secundario nocturno. También recordó las veces que se habían jurado amor eterno y, ahora, todo era distinto. Ella tenía novio y no quería saber nada con él, aunque él insistía en seguir con aquella relación que lo había marcado a fuego para siempre.
Miguel llevó a Magdalena a la calesita. Abrió la puerta donde está el motor del carrusel y entró. En el centro de la calesita se forma una especie de habitáculo, de menos de dos metros de diámetro, que es usado para guardar herramientas. La joven también ingresó, o bien fue obligada a entrar.
El joven, en el juicio oral, confesó que ella le dijo que no quería seguir más, y que incluso lo insultó. Miguel sólo dijo recordar el momento en el que tomó un hierro y le aplicó varios golpes en la cabeza.
Antes de terminar con la macabra faena, robó los cien pesos que la chica llevaba en un bolsillo para comprarse el jean. Usaría esa plata para comprar el pasaje del colectivo.
Ramona, la mamá, tenía un mal presentimiento. Su hija jamás se iba tanto tiempo sin avisar. Y más se asustó cuando, sorpresivamente, apareció Miguel y le dijo: "Tía me voy a Santiago del Estero". Ese sábado y el domingo siguiente, el muchacho llamaría en varias oportunidades a su tía para preguntar si sabían algo de Magdalena. Para entonces, los padres ya habían radicado una denuncia por averiguación de paradero en la comisaría 5ª de La Plata.
Pero había otra persona sorprendida. Era el dueño de la concesión de la calesita, quien para entonces se encontraba en la costa bonaerense, donde administraba un pequeño parque de juegos.
Miguel, que había sido tan buen empleado, le había avisado repentinamente que se marchaba. El comerciante regresaría a La Plata recién a fin de mes, diez días después de la desaparición de Magdalena.
El dueño de la calesita fue quien abrió el habitáculo del motor y se sorprendió al ver tierra removida y unas frazadas con manchas que parecían de sangre. Pero lo que más lo preocupaba era el olor nauseabundo que salía del lugar. Con otro empleado, tomó una pala y movió la tierra. En la segunda palada, vio los dedos de una mano. 
En el juicio, el Tribunal Oral Nº 1 de La Plata, integrado por los jueces Guillermo Labombarda, Samuel Saraví Paz y Patricia de la Serna, entendió que Miguel había cometido un homicidio calificado por alevosía, y lo condenó a prisión perpetua, quizás su última vuelta en calesita.


Magdalena apareció, como lo había hecho otras veces, en el Paseo del Bosque. Pero esta vez no era para visitar a su primo-novio, sino para decirle basta, que todo había terminado, la dulce y tierna historia de aquel amor ya no era más que eso, una simple historia pasada.

Un testigo, que estaba en los botes de alquiler, le contaría luego al fiscal que vio a la pareja caminando en la orilla del lago.

De todas maneras, él ya lo tenía planeado: según los peritajes que se hicieron, cuando la chica entró al habitáculo, el muchacho ya había cavado una fosa profunda en ese lugar cerrado. "Si no era mía, no era de nadie", comentaría tiempo después.

Miguel, luego de desmayar a Magdalena con los golpes, tomó una cuchilla y le cortó el cuello cuando aún estaba con vida. Le seccionó la cabeza, los brazos y las piernas y después arrojó los restos en la fosa, la que tapó prolijamente con tierra.

El ensañamiento: fue descuartizada en vida.

El informe de la autopsia reveló que Magdalena Torres fue descuartizada en vida, lo que demostraría el ensañamiento del homicida.

La fiscalía dio por acreditado que Torres Alonso golpeó a su prima, y cuando la tuvo desmayada, le seccionó el cuerpo y lo ocultó debajo de la calesita.

Los investigadores también tuvieron en cuenta que el imputado sería un experto despostador de chivos y ovejas.

El joven conocería muy bien estas tareas de campo ya que las realizaba en Santiago del Estero, su provincia natal.

Se sospecha que el acusado trasladó la técnica usada con los animales al cuerpo de su prima.

Al parecer, en el campo primero se secciona la cabeza del animal, se coloca en la tierra para que desangre, luego se cortan las patas y finalmente el resto del cuerpo.

La misma metodología habría sido aplicada al aberrante crimen. El cuerpo de Magdalena fue enterrado en un pozo que el asesino cavó en el interior de la calesita. Primero fue depositada la cabeza. Lo último fueron los brazos y las piernas.

Asimismo, la alevosía en el homicidio estaría dada por los tres mazazos en la cabeza que fueron aplicados a la víctima y en particular, la tarea de descuartizamiento realizada cuando la chica todavía respiraba.

Casi tres años después del brutal asesinato, Torres Alonso se cruzó cara a cara con los padres de Magdalena. Frente a sus tíos, contó cómo se había iniciado esa relación que terminó en muerte y horror.


miércoles, 24 de agosto de 2016

Las empanadas del griego

El caso del griego que asesinó y trozó a su cuñado apareció en primera plana de los diarios de enero de 1963. Ocurrió en La Plata y conmocionó a todo el país. Muchos recuerdan que el entonces dueño del bar “El Partenón” hizo empanadas con la carne del cadáver. Y las puso supuestamente a la venta.
A principios de los años ‘60 era impensado un crimen semejante. Se vivía en una sociedad que no padecía la violencia inusitada desde los medios, donde las películas más exitosas del momento eran las de Mirtha Legrand, que lo más que hacían eran darse besos en la mejilla. Además en La Plata, la gente vivía tranquila: Era la época en que se dejaba la puerta sin llave y no había tantos robos y homicidios. El caso que se dio en llamar “descuartizamiento del griego Harjalich” impactó de sobremanera.

Nadie se podía imaginar un acto con semejante despliegue de violencia. Las crónicas de la época señalan que las primeras noticias que se tuvieron fueron por boca de Juan Giorgia, griego, de 69 años, soltero, con domicilio sobre la avenida Colón, que une La Plata con Ensenada, a la altura de la columna 48. El griego Juan Giorgia se presentó el 18 de enero de 1963 ante las autoridades de la subcomisaria El Dique, para denunciar que su compadre Juan Harjalich, había aparecido en dos oportunidades por su casa llevando en una valija restos humanos. Al ampliar la exposición, Giorgia expresó que “el jueves alrededor de las 16 recibió la visita de su compadre Juan Harjalich -de su misma nacionalidad y de 40 años-, afincado en la calle 1 nro. 710, quien llevaba una valija, un bolsón y un colchón pidiéndole que le guardara todo eso por unos días, hasta que pasaría a retirarlos”. Harjalich recién volvería a la casa de Giorgia momentos antes de la medianoche del mismo día. Fue entonces cuando su compadre hizo una espeluznante revelación: le dijo que en la valija se hallaban los restos de su cuñado Andrés Suculea de 32 años, a los que iba a incinerar.

Sin reponerse del shock emocional que le provocó la confesión de Harjalich, Giorgia se negó rotundamente a convertirse en un cómplice. Su compadre lo amenazó de muerte con un revólver para obtener su silencio al mismo tiempo que le exigió colaboración para hacer desaparecer el cadáver. La discusión duró algunos minutos, hasta que Harjalich comprendió que lo mejor era tomar las valijas y marcharse. Y así lo hizo, hasta perderse en la oscuridad de la noche. A las pocas horas, reapareció en su casa y le pidió a Giorgia que silenciara todo lo que conocía. Y para darle seguridad, le dijo que había hecho “todo a la perfección” y le aconsejó que se fuera a descansar.
Harjalich prendió un fuego fuera de la vivienda. Explicó que era “para quemar las ropas ensangrentadas”. Luego se retiró utilizando uno de los micros de la línea 273. El viernes por la mañana cerca de las 10, siguió diciendo Giorgia en su declaración en sede policial, volvió su compadre trayendo algunas prendas de vestir con el fin de obsequiárselas, guardando él por su parte, un marcado silencio al interpretar que las ropas podrían haber pertenecido al muerto.
Asimismo, Harjalich llevó carnes y otros alimentos, que luego de cocinarlos ingirió dando muestras de singular apetito. En cambio, y pese a la invitación de su visitante para que compartiera la comida, el dueño de casa, se abstuvo de hacerlo. Finalmente Harjalich se retiró anunciándole que volvería a la noche.

Giorgia resolvió concurrir a la dependencia policial más próxima y denunciar el espeluznante caso. Eran alrededor de las 14 del 18 de enero de 1963. Mientras una comisión se dirigió al centro, donde se hizo efectiva la captura del acusado, en su local, de la calle 1 nº 710, otra concurrió a la vivienda de Giorgia donde se secuestró el colchón ensangrentado, varias prendas y trozos de cuerdas.

La descripción de Giorgia del lugar adónde se dirigió Harjalich con la valija la primera noche que apareció por su domicilio camino a Punta Lara, orientó a los efectivos policiales en la búsqueda de los restos óseos del cuñado. Efectuaron una minuciosa inspección de la zona, internándose varios de ellos en un terreno situado frente a la finca de Giorgia, en ese momento inundado y cubierto de paja brava y otras malezas, de donde extrajeron restos humanos diseminados por distintos sitios. Los efectivos debieron realizar otro rastreo en la desembocadura de la cloaca maestra de la ciudad, a la altura de la prolongación de la calle 66, sobra la zona del río. En este lugar, Harjalich admitió haber arrojado las partes blandas del cuerpo de su cuñado, como así también las manos pertenecientes al muerto. De acuerdo a su declaración, de que Suculea se había suicidado, era primordial para los investigadores el hallazgo de los huesos del cráneo pero también, al faltar las manos y aunque las encontraran seguramente no tendrían las huellas debido a que fueron descarnadas, la identificación era una de las tareas más difíciles. El hallazgo de la parte izquierda del maxilar superior, por haberse obtenido el valioso dato de que en esta región de su dentadura Suculea se había hecho practicar el tallado de un canino para la colocación de una prótesis, fue fundamental para comprobar la identidad.
Lo que nunca se halló fue la parte superior del cráneo, lo que hubiese sido clave para determinar las causales de la muerte. Es que Harjalich, al ser detenido, dijo que su cuñado se había suicidado. Que se había matado de un tiro cerca de las 8.30 de la mañana en la que su mujer y su sobrina se habían ido a visitar a unos amigos. Que él, al no saber qué hacer, había decidido ocultar el cuerpo, pero no lo había matado.

No le creyeron, porque en la casa encontraron un revólver calibre 38, que el griego dijo desconocer, pero que tenía estampado el sello de la Policía Bonaerense y que, tras una breve investigación, dieron con quien había sido el dueño: un agente que confesó que se la había vendido a Harjalich.

El juez Rodríguez Lagares no le creyó nada al griego. Y lo mandó a la cárcel de Olmos, donde moriría un par de años después. Lo que sí encontraron en la casa del crimen fue un cuaderno, donde la víctima escribía sus sentimientos. En ese libro, aparecía una mención al griego: "Temo que pierda la tranquilidad en mi casa. Mi cuñado, el miserable inmundo, pretende hacer de las suyas". Pero también había otra frase, escrita dos días antes de la muerte, que decía lo siguiente: "cuando pienso que estuvo la felicidad en mis manos, me dan ganas de morir" ¿homicidio o suicidio? Nunca se sabrá.


La versión de Harjalich

El miércoles 16 de enero de 1963, aproximadamente a las 8.30, Harjalich dijo haber escuchado un disparo de arma de fuego proveniente de la habitación que ocupaba su cuñado. De inmediato -expresó- fue al lugar y observó que Andrés Suculea se hallaba muerto. A partir de ese instante, y en ausencia de su esposa y su sobrina, el dueño de casa concibió la idea de hacer desaparecer el cadáver de su cuñado. El griego concurrió a almorzar a la casa donde estaban su esposa de visita y sobrina, “sin dejar traslucir en su ánimo, actitudes ni palabras, la suerte corrida por Suculea”. Al término de la comida, retornó a su domicilio de la calle 1 y 46, donde durante varias horas se dedicó a la macabra tarea de descuartizar el cuerpo de su cuñado, antes de lo cual le sacó, mediante un cuchillo, las partes blandas del cuerpo. Luego colocó los restos óseos en una valija y efectuó una limpieza a fondo y al día siguiente se dirigió hasta la vivienda de su compadre Juan Giorgia.
La hipótesis fue poco consistente. Nadie escuchó el disparo del revólver con que la víctima habría puesto fin a su existencia. Harjalich fue quien limpió el arma supuestamente empleada por su cuñado y le cambió las cápsulas, y fue él quien hizo desaparecer el trozo de cráneo en que el balazo debió producir un orificio

La esquina del horror

Todavía muchos platenses recuerdan aquella esquina donde hace 41 años “El Griego” Harjalich servía a los parroquianos un par de ginebras “Cubana” o “W” -bebida espirituosa-, pero más se tiene en la memoria que una vez se dijo que las empanadas humeantes sobre el mostrador del bar “El Partenón” estaban hechas con las carne del cuñado muerto. Empanadas se vendieron siempre, pero algún miembro de la colectividad helénica que aún recuerda el hecho y lo repudia, afirmó oportunamente que descreía de cómo lo contaron los diarios a los que acusó de “agrandar todo” porque “no fue tan así”. Los diarios locales en sus primeras planas anunciaron el sangriento episodio con un título que ocupó todo el ancho de la sábana. Algunos que todavía piensan que Elefteria -la esposa de Harjalich-, debió haber estado presente en la casa el día que murió Andrés, su hermano, también siguen arriesgando que “seguramente hubo una pelea” y que “resultó muerto por su marido”. Fueron muchas las versiones que se tejieron en torno a este misterioso caso. Hasta se llegó a decir que el homicida improvisó un puesto nada menos que frente a la estación de trenes, donde puso a la venta y agotó las empanadas de carne humana.

Una macabra coincidencia

“Horripilante crimen: un hombre dio muerte a su cuñado, descarnó y descuartizó el cadáver” fue uno de los titulares que ocupó nueve columnas de la página sábana de El Argentino de aquel momento en nuestra ciudad. Desde el 19 hasta el 29 de enero cuando anunciaron el traslado del detenido a Olmos donde murió dos años después, la prensa local siguió paso a paso cada detalle de la investigación del hecho. Pero en la misma página, ajeno al drama que conmovió a La Plata un odontólogo anunciaba sus honorarios de atención en la Guía de Profesionales. Era Ricardo Barreda.


El aviso en el diario El Argentino
                                                       
Fuente: Diario Hoy (La Plata)







jueves, 18 de agosto de 2016

Yo canibal (el Hannibal de Daireaux)


Un frío domingo más en la tranquila ciudad bonaerense de Daireaux. Corría el 29 de junio de 2008, en Viena, Austria, se disputaba la final de la Eurocopa que España le ganaría a Alemania, el Vaticano celebra el día de San Pedro y San Pablo. Un frío domingo de invierno que no pasaría desapercibido en la mencionada localidad de la provincia de Buenos Aires.
A poco más de 400 km de la Capital Federal, la ciudad de Daireaux sería testigo de uno de los crímenes más espeluznantes de la rica historia policial argentina, esa historia que no deja de sorprendernos.
En esta tranquila ciudad vivía Raúl Piñel, un trabajador del campo de 57 años. Raúl era un hombre solitario, sólo lo frecuentaban algunos vecinos. Su mujer y sus cinco hijos lo habían abandonado cansados de los maltratos y golpizas según las crónicas del momento.
Uno de sus hijos, llamado Raúl Ernesto Piñel Donato, sería protagonista principal en la vida de su padre poniendo fin a su vida. Hasta aquí estaríamos hablando de un parricidio más en la historia de no ser por lo macabros detalles que adornan esta crónica.
Raúl Piñel hijo nació el 13 de julio de 1975, en aquel momento (junio de 2008) purgaba en el penal de Urdampilleta una condena por robo calificado hasta que fue beneficiado con algunas salidas transitorias.
El viernes 27 de junio, Raúl Piñel hijo salió del penal y se dirigió a la casa de su padre, con quien aparentemente volvía a tener relación, pero esta visita no sería de las más amistosas. El domingo 29 un vecino pasó a saludar a don Piñel como la hacía habitualmente, el que abrió la puerta fue su hijo.
El vecino no pudo disimular el estupor y el horror en su rostro cuando entre la puerta y Raúl hijo pudo ver muchísimas manchas de sangre en las paredes y en el piso. Urgente se dirigió a la comisaría local y dio aviso a las autoridades.
Una brigada se apersonó en el domicilio de Piñel en la calle Antártida Argentina entre Moreno y Saavedra, lo que encontraron es digno de una película de terror gore.
Los efectivos golpearon la puerta, Piñel les abrió y sus manos ensangrentadas lo delataron, los dejo pasar sin decir nada, había sangre en el piso y las paredes, cuando llegaron a la cocina algunos de los policías tuvieron que salir a vomitar, en el piso habían encontrado desparramados restos de algunas vísceras, un pedazo de columna vertebral y los demás restos se estaban calcinando en una salamandra que había en la vivienda.
Los policías le preguntaron a Raúl donde estaba su padre, él, entre risas contesto “ahora lo tengo bien adentro”.
Recién entendieron la desafortunada frase de Piñel cuando vieron el macabro contenido que había dentro de una olla, en ese momento se dieron cuenta que enfrente tenían a un caníbal.
Las crónicas de aquella época daban cuenta de que el “Hannibal de Daireaux”, como la prensa lo había bautizado, había cocinado el corazón y los riñones de su padre en una espesa salsa compuesta de aceite, vinagre, cebollas y ajo, para luego almorzar las vísceras de su progenitor con una trozo de pan, que había quedado tirado al lado de la olla.
Los efectivos que arrestaron a Piñel dicen que cuando salía esposado del domicilio donde ocurrió la masacre, el asesino repetía una y otra vez “me las pagaste todas juntas” con una terrible carga de odio y resentimiento en sus dichos.
Los pocos restos que quedaron del cadáver no sirvieron para poder realizar una autopsia. La policía científica si pudo corroborar que los restos que se encontraban en la cacerola eran un corazón y riñones humanos, los cuales no estaban completos, por lo que se da por hecho que parte fue ingerida por el asesino.
Las investigaciones en primera instancia giraron alrededor de la hipótesis de un crimen ritual vinculado a alguna secta, lo cual fue descartado al no poder probarse.
Piñel confesó haber asesinado a su padre el sábado por la noche luego de una discusión que ambos tuvieron. La policía secuestro un cuchillo tramontina en la escena del crimen con el que se cree se cometió el asesinato. También fue secuestrada una pala ensangrentada la cual pudo haberse utilizado para mutilar las partes del cadáver que luego fueron quemadas en la salamandra.
La única hipótesis firme sobre el móvil del crimen es el odio radicado en el violente pasado de Raúl Piñel padre para con su hijo.
Piñel fue declarado inimputable luego de haber sido sometido a pericias psiquiátricas y psicológicas que derivaron en que el susodicho es un enfermo mental, un psicótico que no comprendió la criminalidad de sus actos. 
Dichas pericias también arrojaron que Piñel era peligroso para sí y para terceros por lo que se decidió alojarlo en el neuropsiquiátrico que funciona en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Bonaerense, en la cárcel de Melchor Romero, en el partido de La Plata.
Según el expediente, al que Archivos Policiales pudo acceder, Piñel fue sobreseído definitivamente en la causa el 11 de febrero de 2011 y está bajo la tutela de un Juzgado de Ejecución Penal de la localidad de Trenque Lauquen.

Allí en la unidad 34 pasa sus días quien fuera apodado el “Hannibal de Daireaux”, sin que nadie lo visite, sin esperar nada de nadie, solo esperando la muerte, la única que puede indultar el alma de un caníbal que un día asesino y se comió a su padre.


jueves, 13 de noviembre de 2014

Archivos policiales, el libro...

Recuerdo que está disponible gratis para iBooks para iPad y Mac OS X, el libro de Archivos policiales con algunos de los casos mas emblemáticos de la historia policial argentina.
Pueden descargarlo de aqui: https://itunes.apple.com/ar/book/archivos-policiales-libro.../id754412544?mt=11

El justiciero

Un arranque de furia, un momento de ira, ese segundo en el que la conciencia parece desaparecer para dar lugar a la irracionalidad. Dos balazos certeros que fueron a dar en el blanco buscado. Así, hace veinticuatro años, el ingeniero Horacio Santos quedaba plasmado para siempre en la historia criminal argentina con su acción —novedosa en ese momento— del llamado "justiciero".

Después hubo otros "ingenieros Santos", como sucede cada vez que se conoce un nuevo caso. Pero el episodio que ocurrió el 16 de junio de 1990, unos minutos después de las 11 y media de la mañana fue el que sentó el precedente. E instaló una gran polémica —que nunca termina de cerrarse— sobre la actitud que debe tomar la gente ante los delitos.

El caso dividió las opiniones hasta zonas irreconciliables. Hubo quienes lo llamaron "justiciero" y la palabra quedó como un dudoso símbolo. Otros se ponían en su lugar y aseguraban entenderlo, pero creían exagerado lo que había hecho. Otros, sencillamente, vieron un asesino común en alguien capaz de matar a dos personas por recuperar un objeto robado.

Osvaldo Aguirre, "El Topo", llamado así por sus orejas, tenía 29 años y vivía con su mujer y sus dos hijos, todos juntos en una pieza de un conventillo en la Boca. Tenía antecedentes policiales por robo reiterado y por tráfico y tenencia de drogas, pero había conseguido trabajo como camionero de una carnicería.

Allí conoció a Carlos González, dos años mayor, que cargaba medias reses. "El Pollo" González vivía en una pensión de Avellaneda con su mujer y dos hijas chiquitas. Había tenido algunas causas por hurto y por intento de robo. Un día perdió su trabajo. Lo mismo le pasó a Aguirre, que chocó con el camión.

El 16 de junio del 90 los dos salieron con la Chevy color mostaza de Aguirre —los familiares dijeron después que habían ido a comprar un taxi— y llegaron hasta Pedro Morán al 2800, en Villa Devoto. El ingeniero Santos estaba con su mujer, Norma López, comprando unos zapatos en un galería comercial cuando escuchó la alarma de su Renault Fuego. Salió corriendo y vio que la cupé tenía el vidrio roto. Y que dos hombres se estaban llevando el pasacasete.

Persecución y muerte

Con el Chevy, Aguirre y González aceleraron por Morán. Santos subió a su auto con su mujer y los persiguió durante unas 20 cuadras, hasta la calle Campana. Los alcanzó, les cruzó el coche, y, según contó después, les pidió a gritos que le devolvieran el pasacasete.

Pero algo ocurrió: el ingeniero tomó un revólver calibre 32 que tenía en el auto y disparó. Santos —que desde un tiempo atrás hacía prácticas en el Tiro Federal— fue preciso como el profesional más entrenado. Fueron dos balazos que dieron en la cabeza de los ladrones. Los dos murieron en el acto.

Santos tenía 42 años y había comprado el arma porque, según explicaron entonces sus familiares, temía por su seguridad. El mismo dijo ante la Justicia que estaba harto porque ya le habían robado muchas veces el pasacasete del coche.

En 1994 el ingeniero fue condenado a 12 años de prisión por el crimen de Aguirre y González. Pero el año siguiente la Cámara Penal le redujo la pena a tres años en suspenso: los jueces opinaron que había actuado en un exceso de legítima defensa.

Como Santos quedó libre, el fallo reavivó la polémica sobre el caso. El ingeniero se mudó de casa e intentó hacer una vida normal. Cambió un poco su aspecto —se afeitó la barba con la que aparecía en las fotos que difundió la prensa— y se negó a dar reportajes.

Se ocultó todo lo que pudo y dice que nunca fue a un psicólogo porque no le hizo falta. Asegura que nunca más usó un arma y en la intimidad promete que ya no lo hará. Se mudó de barrio, pero hasta hace un tiempo atrás seguía trabajando en la misma empresa —que se dedica a los montajes industriales—, con los mismos socios. Ahora tiene 66 años y sus cuatro hijos ya son adultos.

lunes, 13 de enero de 2014

Archivos Policiales en TV

Ahora todos los viernes a las 21.30 podes ver Archivos Policiales, el programa en vivo por www.canalcerotv.com.
Toda la actualidad y los casos de archivo, ahora en TV.

Archivos Policiales, el libro....

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No te lo pierdas.
Proximamente para otras plataformas también en formato digital.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Conclusiones del caso Ángeles a casi tres meses del asesinato.

Habiendo leído el fallo de la cámara y siguiendo la causa Ángeles desde el día uno, puedo afirmar que si bien todavía me quedan algunas dudas sobre el proceso que tiene a Jorge Mangeri como único imputado, estamos frente a un caso que sentará precedentes en la jurisprudencia Argentina.
Una justicia vapuleada a más no poder desde el gobierno y hoy puesta en el ojo de la tormenta por la opinión pública, se encuentra ante uno de los casos más vergonzosos de los últimos tiempos. ¿Y si Mangeri es inocente y se lo condena?, escándalo. ¿Y si Mangeri es culpable y se lo deja en libertad?, escándalo… Tenga el final que tenga, esta historia terminará en escándalo.
Utilizo el término vergonzoso porque a esta altura de la causa, todo está sostenido de un finísimo hilo cual corte puede desatar la locura.
Con respecto al fallo de la cámara propiamente dicho, me parece acertado. Sé que hay quien se enojará conmigo por esta afirmación. Pero muchos saben lo que pienso.
Por una cuestión ética no voy a dar mi hipótesis del hecho, sí puedo afirmar que no se trata de un intento de abuso y que hay alguna persona más involucrada.
La carta más repetida en este juego fueron las contradicciones, las hubo para un lado y para otro, al derecho y al revés ¿a quién le puedo creer?
Confieso que en un primer momento de la causa tuve miles de dudas acerca de la autoría del crimen, hoy después de haber recorrido este camino junto a la defensa y a los detractores de Mangeri puedo decir que de esas miles de dudas hoy me quedan algunas decenas solamente.
En estos tres meses que pasaron tuve la oportunidad de consultar cientos de fuentes del caso, todas de altísima confiabilidad, tal como mi profesión lo indica, me ocupé de chequear y re chequear la información que di en todo momento. Si miro hacia atrás puedo asegurar que cada dato que publiqué hoy está plasmado fehacientemente en el expediente.
Haber consultado tanta gente e investigado tanto me permite hoy poder mantener mi teoría tal cual la describí en todas las oportunidades en que me fuera solicitada.
Me encuentro frente a uno de los casos más controvertidos que me toco investigar, donde todavía hay círculos que no cierran por ningún lado. Recibí miles de mensajes en estos meses los cuales leí y trate de contestar todos los que pude. Cada uno me brindaba información, la cual investigué y está en mi archivo personal a fin de seguir hasta el final de esta causa en la búsqueda de la verdad.
Volviendo al fallo de la sala VI de la cámara de crimen, reitero que me parece acertado y a mi humilde entender lo mejor que le podría pasar a Mangeri es ir a juicio oral. Allí se juegan otras cartas y los Dres. Pierri y Biondi trataran de armar su mejor juego.
Habrá quien se enojará conmigo después de este análisis, habrá quien me apoyara, pero mi tranquilidad es saber que está escrito con la mayor objetividad posible.

El caso todavía no está cerrado , aun quedan cartas por jugar y quizás algún as bajo la manga.

jueves, 4 de abril de 2013

Las hermanas satánicas de Saavedra

Ni la policía quiere recordarlo. La imagen era atroz, como de película. El cuerpo de Juan Carlos Vázquez y sus alrededores completamente cubiertos de sangre. Al lado, sus dos hijas, Silvina y Gabriela, desnudas y en trance, también salpicadas de sangre, proveniente de las heridas causadas por el centenar de puñaladas que recibió Juan Carlos.
Se habló de sectas, de satanismo, de ritos de purificación. Pero para Martín Abarrategui, perito de parte en la causa, la respuesta es una sola: psicosis. "Este caso es un clásico de la psiquiatría forense. Se conoce como folie à deux , o locura de a dos", dijo Abarrategui a lanacion.com . En esta oportunidad, incluyó a un tercero, que era el padre. "La hermana menor, Silvina, una psicótica, atrajo a una neurótica profunda, Gabriela, para cometer el acto", explicó.
Según Abarrategui, se trató de un caso de violencia genética y cultural. "La alucinación, el delirio y el trastorno de conducta vieron su margen para desarrollarse en el ámbito sectario", explicó. La hermana menor, Silvina, de 21 años, estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Según una de las hipótesis del hecho, su asistencia a un curso de esoterismo fue lo que la llevó a incursionar en la idea de un "rito de purificación". Los investigadores cree que eso fue lo que quiso practicar con su padre.
"A una persona con ese nivel de psicosis, si se le da la pauta cultural, se le abre el camino para que tenga esos trastornos de conducta", indicó el perito.

El crimen. Fue en marzo de 2000. Los vecinos del barrio de Saavedra habían denunciado gritos y ruidos extraños que se sucedieron durante toda la noche anterior. Todo esto habría formado parte del rito de purificación que, según los investigadores, se habría sacado de unos folletos que la más joven tenía de un curso de alquimia.
En esos papeles estaban detallados los pasos del ritual, aunque en ningún caso se incluía el cuchillo y la sangre.
La policía llegó a la casa de los Vázquez en el momento en el que Silvina estaba por atacar a Gabriela. Y ahí fue que se encontraron con la escena escabrosa. Incluso se dijo que parte del rostro del hombre había sido arrancado a mordiscones por las jóvenes.

De sicóticos y sectas. Según indicó Abarrategui, el 8 % de la población es psicótica. "Hoy existen fármacos que permiten que esas personas puedan ser normales si son tratadas. Pero los que no reciben tratamiento, están sueltos", explicó.
Algunos de estos brotes psicóticos, dicen los especialistas, suelen destaparse a través de las prácticas sectarias.
"Las sectas tratan de captar cualquier grupo de gente. Se aprovecha el momento de bajas defensas, aunque no siempre es gente con problemas psicológicos", explicó Alfredo Silletta, periodista que investigó mucho sobre sectas.
"En el caso de las hermanas Vázquez, entraron en lo que se llama el delirio místico. Esa gente se acerca en busca de Dios. Si esa búsqueda se encuadra en una religión, generalmente al psicótico se lo deriva a un centro de asistencia", explica Silletta, autor del libro Shopping espiritual y de otras investigaciones compiladas en el blog alfredosilletta.wordpress.com.
"Pero en los grupos sectarios habitualmente se los incentiva en su locura. Eso pasó con Silvina. Tenía problemas serios, después se descubrió que era psicótica. Tras la muerte de su madre empezó con esa búsqueda mística y empezó a hacer todos estos cursos. En última instancia empezó con la práctica de rituales que incluían mucho ayuno", agregó el especialista.

Inimputables. Los especialistas que llevaron a cabo la investigación, concluyeron que las hermanas son enfermas pisquiátricas , por lo que ninguna de las dos fue a prisión.
Fueron declaradas inimputables, de acuerdo con el artículo 34 del Código Penal, que establece que no es punible la persona "que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputable, comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones".
Los peritos que analizaron a las hermanas, indicaron que Silvina, de 21 años, presentaba un trastorno esquizofrénico [alteración mental grave caracterizada por pérdida de contacto con la realidad, alucinaciones, delirios o pensamiento anormal] y Gabriela, de 28, padecía un trastorno esquizofreniforme, lo que las hizo ser consideradas dementes en sentido jurídico.


Fuente: Lanacion.com



domingo, 17 de marzo de 2013

El asesino que la historia se encargó de ocultar


Francisco Laureana es casi un desconocido para la historia del crimen argentino. Nunca fue miembro de la galería siniestra sólo reservada para unos pocos psicópatas perversos: El Petiso Orejudo, Carlos Eduardo Robledo Puch y Yiya Murano, sólo por mencionar al podio de la muerte. Probablemente, Laureana nunca buscó llegar a ser tristemente célebre. No mataba para aparecer en los diarios. No, el tipo mataba por placer. Era un killer de manual.

 –Gorda, cuidate. Y que los nenes no anden solos por la calle.

Eso decía el sátiro cuando salía de su casa. Él iba a buscar víctimas, pero antes de irse se preocupaba por los suyos. Por su esposa y sus tres hijos. Mientras cerraba la puerta, insistía:

–Que los nenes no salgan. Andan muchos degenerados sueltos. Chau.

Pero el buen padre que jugaba con sus hijos era un perverso incurable. Decía que trabajaba como artesano pero en el fondo era un siniestro asesino: en 1975, violó a quince mujeres y mató a trece. Las sometía con una fuerza descomunal que las inmovilizaba. Luego las estrangulaba o las mataba a tiros. A la mayoría la violaba. Su sed de mal no se agotaba: siempre quería más.

El experto forense Osvaldo Raffo no duda: Laureana era un asesino serial de acá a la China. “Al igual que los típicos psicópatas estadounidenses, este muchacho se quedaba con souvenires de sus víctimas, como cadenitas y pulseras, que guardaba en una caja. No sería de extrañar que sintiera placer al recordar sus crímenes y mantener en su poder las pertenencias de las mujeres que mataba”, recuerda a más de 37 años de haberle hecho la autopsia.

De Laureana siempre se supo poco: que era un hombre parco, que le gustaba pasar los semáforos en rojo con su Fiat, que había sido seminarista en Corrientes y que era artesano. De su época de religioso se dice que intentó violar a una monja después de atarla con una soga. En San Isidro vendía aritos, pulseras, gauchitos de madera, caballitos y collares.

Después de cometer uno de los asesinatos, Laureana le disparó a un hombre que lo había visto mientras huía por el techo de una casa. Ese testigo fue clave para confeccionar el identikit del asesino. Un identikit que sorprendía porque era idéntico al criminal.

–Jamás me voy a olvidar de la cara de ese tipo. Jamás.

Eso dijo el tipo cuando los policías de San Isidro le preguntaron si recordaba al hombre que había intentado atacarlo, el testigo no dudó:

Antes que la descripción de su rostro anguloso, sólo se sabían pocas cosas del asesino: era bajo, tenía físico de atleta y atacaba a sus víctimas los miércoles y jueves a las seis de la tarde. Era un tipo muy puntual. Tenía 35 años.
La cacería del lobisón no fue sencilla. Los detectives tuvieron que agudizar el ingenio. Le pusieron varios anzuelos: mujeres policías con peluca rubia o tomando sol en piletas. Porque el sátiro solía atacar a las mujeres que se bronceaban acostadas en las terrazas. Sin embargo el chacal seguía haciendo de las suyas, aunque su último ataque no llegó a ejecutarse:  una mujer y una nena que estaban por ser atacadas por Laureana se salvaron porque justo cayó la policía. Una vecina que lo vio entrar por una ventana llamó enseguida a la comisaría del barrio.

Pero el degenerado pudo escapar. La policía lo buscó día y noche. Cualquier hombre parecido al identikit era requisado o demorado en la comisaría. Al final, los sabuesos de la Brigada de Investigaciones de San Martín lo vieron cuando caminaba por las calles de San Isidro con un bolso colgado del hombro.

–¡Laureana! –le gritó uno de los uniformados...

El hampón no respondió: comenzó a correr. Según las crónicas de la época, empezó a correr y desenfundó un revólver que empezó a disparar en varias oportunidades. Pero esa versión oficial es dudosa. Sobre todo en una época donde las páginas de los diarios estaban llenas de falsos procedimientos, inocentes abatidos por la policía y el típico tiroteo que no era tal: al abatido se le plantaba un arma para fingir el enfrentamiento.

La cuestión es que la versión oficial dijo que los policías hirieron en un hombro a Laureana, que escapó malherido. Luego apareció en un baldío, después de que un perro callejero lo viera escondido entre bolsas de basura y le mordiera el brazo. “La hiena nos disparó otra vez y por eso le dimos muerte. Fueron varios disparos porque era duro como el acero. Parecía invencible”, declaró en ese entonces, con inocultable exageración,uno de los policías que participó del operativo.

Su final le llegó el 27 de febrero de 1975. “Con el auxilio de un perro y luego de dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en seis meses”, fue el extenso título del artículo que publicó el diario La Nación. En el bolso de Laureana encontraron  una pistola calibre 765, una Beretta, un revólver 32 y un pistolón calibre 14. En el baldío donde llegó a esconderse encontraron dos gallinas degolladas. “Su pulsión por matar era tan incontrolable que ni esas pobres gallinitas se salvaron”, dijo una fuente policial.  

Cuando se enteró de la vida oculta de Laureana, su esposa entró en estado de shock. Cuando los policías le mostraron el artículo de la sexta de La Razón, que daba cuenta del tiroteo en el que murió abatido su marido, sólo atinó a decir: “Acá tuvo que haber un error. Mi marido no pudo haber hecho todo eso. Era un padre, un buen marido, un artesano que amaba lo que hacía”. Los policías le palmearon la espalda a la mujer y prefirieron callar.

Raffo define a Laureana como un error de la naturaleza, un ser ajeno a la sociedad. Un monstruo que alguna vez pasó por este mundo. “Era obsesivo y atacaba siempre a la misma hora. En una bota que encontraron en su casa guardaba los objetos que les sacaba a las víctimas. Era un fetichista. Le gustaba volver a la escena del crimen para gozar y rememorar. Fue un caso único en la historia policial argentina”. El viejo Raffo conserva la foto en la que aparece sosteniendo a Laureana. El asesino parece vivo. Pareciera que mira con ojos saltones a la cámara, acaso sorprendido por su triste final. Porque en el fondo su última cara, una máscara grotesca, no es de terror, ni de dolor, ni de espanto. Es de asombro. Un asombro espectral.

Fuente: elguardian.com.ar

Donde está Martita Stutz


La mañana del 19 de noviembre de 1938 no sería una más en el barrio San Martín de la provincia de Córdoba, Marta Ofelia Stutz, de tan solo 9 años, con el permiso de su mamá fue a comprar la revista Billiken en el quiosco de la esquina. Nunca regresó. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Como sucede con los crímenes que perturban a la sociedad, que rompen algo profundo en ella, nada fue igual después del caso Martita Stutz.
Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.
Eran las once y cuarto de la mañana de aquel fatídico día.
-Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? -preguntó Marta Ofelia.
-Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.
¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.
Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.
Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.
Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.
La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la mafia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.
Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron -y se pagaron- por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.

La cacería
Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.
La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.
-A Martita -repetía la madre, angustiada- yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.
La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.
El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue -decían los pequeños testigos- un rato después de la desaparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".
La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.
Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.

Los sospechosos
Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. La pregunta fue inevitable ¿eran cenizas humanas?
Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.

Se busca al monstruo
La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher -que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba- y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante. un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rabdomante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!
Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:
-Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido.
La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.
El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:
-¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena!
En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso.
El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.

La creación del monstruo
Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.
La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.
Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente -no tenía antecedente alguno-, no era trigo limpio.
Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:
-Una tarde yo estaba en casa de una señora y escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.
-¿Qué menores?
-Niñas de 9 o 10 años.
Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a Suárez Zavala como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal Suárez Zavala le "pidió chicas".
Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna caña al aire, no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.
Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.

Deodoro, por la defensa
Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.
La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirlo cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.
Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública. -sostiene allí Deodoro Roca-. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública. junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros."

Crimen impune
En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.
El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.
No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 84 años.

Ese no es mi cuerpo

La última vez que se supo de ella fue el 29 de mayo de 1962. Había salido de su clase particular de inglés para volver a su casa, en Flores...