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miércoles, 31 de agosto de 2016

Una última vuelta en calesita


Corría el año 2002, Magdalena Edith Torres tenía 22 años y un montón de sueños por cumplir, ese día se sentía nerviosa y feliz a la vez. La reunión familiar que se iba a dar en su casa se prestaba para que ella presentara a su novio Nahuel, a sus padres y hermanos en su casa del barrio platense de Altos de San Lorenzo. Todos se mostraban felices, salvo un primo que estuvo toda la noche muy serio y callado. Su nombre era Miguel Torres Alonso, de 21 años.
Miguel llevaba dos años viviendo con sus tíos. Había llegado a La Plata de su Santiago del Estero natal con la idea de estudiar y trabajar. Eso, al menos, fue lo que dijo. Aunque después, en medio del juicio oral, contaría que en rigor se había enamorado de su prima Magdalena y soñaba formar una familia con ella. Cabe destacar en este punto que ellos ya habían mantenido una relación, que siempre fue un secreto de adolescentes. Los padres y hermanos no lo sabían y para Magdalena era historia pasada, una travesura que recordaba con alguna simpatía.
El sábado 19 de enero. Magdalena se levantó a las 8.30 y salió de su casa. Le dijo a la mamá, Ramona, que quería comprarse un jean para estrenar esa noche en una salida con Nahuel. La madre le dio un billete de cien pesos y le dijo que cuando ella regresara de trabajar, iban a almorzar juntas.
Miguel, esa mañana, se levantó muy temprano, como siempre. A las 6 partió en bicicleta al Paseo del Bosque, donde cuidaba los botes del lago y la calesita El Duende Poppy que estaba justo atrás del estadio de Estudiantes.
En el camino se acordó cuando con Magdalena iban juntos en bicicleta a la Escuela Media  N° 3, donde cursaban el secundario nocturno. También recordó las veces que se habían jurado amor eterno y, ahora, todo era distinto. Ella tenía novio y no quería saber nada con él, aunque él insistía en seguir con aquella relación que lo había marcado a fuego para siempre.
El sábado 19 de enero. Magdalena se levantó a las 8.30 y salió de su casa. Le dijo a la mamá, Ramona, que quería comprarse un jean para estrenar esa noche en una salida con Nahuel. La madre le dio un billete de cien pesos y le dijo que cuando ella regresara de trabajar, iban a almorzar juntas.
Miguel, esa mañana, se levantó muy temprano, como siempre. A las 6 partió en bicicleta al Paseo del Bosque, donde cuidaba los botes del lago y la calesita El Duende Poppy que estaba justo atrás del estadio de Estudiantes.
En el camino se acordó cuando con Magdalena iban juntos en bicicleta a la Escuela Media  N° 3, donde cursaban el secundario nocturno. También recordó las veces que se habían jurado amor eterno y, ahora, todo era distinto. Ella tenía novio y no quería saber nada con él, aunque él insistía en seguir con aquella relación que lo había marcado a fuego para siempre.
Miguel llevó a Magdalena a la calesita. Abrió la puerta donde está el motor del carrusel y entró. En el centro de la calesita se forma una especie de habitáculo, de menos de dos metros de diámetro, que es usado para guardar herramientas. La joven también ingresó, o bien fue obligada a entrar.
El joven, en el juicio oral, confesó que ella le dijo que no quería seguir más, y que incluso lo insultó. Miguel sólo dijo recordar el momento en el que tomó un hierro y le aplicó varios golpes en la cabeza.
Antes de terminar con la macabra faena, robó los cien pesos que la chica llevaba en un bolsillo para comprarse el jean. Usaría esa plata para comprar el pasaje del colectivo.
Ramona, la mamá, tenía un mal presentimiento. Su hija jamás se iba tanto tiempo sin avisar. Y más se asustó cuando, sorpresivamente, apareció Miguel y le dijo: "Tía me voy a Santiago del Estero". Ese sábado y el domingo siguiente, el muchacho llamaría en varias oportunidades a su tía para preguntar si sabían algo de Magdalena. Para entonces, los padres ya habían radicado una denuncia por averiguación de paradero en la comisaría 5ª de La Plata.
Pero había otra persona sorprendida. Era el dueño de la concesión de la calesita, quien para entonces se encontraba en la costa bonaerense, donde administraba un pequeño parque de juegos.
Miguel, que había sido tan buen empleado, le había avisado repentinamente que se marchaba. El comerciante regresaría a La Plata recién a fin de mes, diez días después de la desaparición de Magdalena.
El dueño de la calesita fue quien abrió el habitáculo del motor y se sorprendió al ver tierra removida y unas frazadas con manchas que parecían de sangre. Pero lo que más lo preocupaba era el olor nauseabundo que salía del lugar. Con otro empleado, tomó una pala y movió la tierra. En la segunda palada, vio los dedos de una mano. 
En el juicio, el Tribunal Oral Nº 1 de La Plata, integrado por los jueces Guillermo Labombarda, Samuel Saraví Paz y Patricia de la Serna, entendió que Miguel había cometido un homicidio calificado por alevosía, y lo condenó a prisión perpetua, quizás su última vuelta en calesita.


Magdalena apareció, como lo había hecho otras veces, en el Paseo del Bosque. Pero esta vez no era para visitar a su primo-novio, sino para decirle basta, que todo había terminado, la dulce y tierna historia de aquel amor ya no era más que eso, una simple historia pasada.

Un testigo, que estaba en los botes de alquiler, le contaría luego al fiscal que vio a la pareja caminando en la orilla del lago.

De todas maneras, él ya lo tenía planeado: según los peritajes que se hicieron, cuando la chica entró al habitáculo, el muchacho ya había cavado una fosa profunda en ese lugar cerrado. "Si no era mía, no era de nadie", comentaría tiempo después.

Miguel, luego de desmayar a Magdalena con los golpes, tomó una cuchilla y le cortó el cuello cuando aún estaba con vida. Le seccionó la cabeza, los brazos y las piernas y después arrojó los restos en la fosa, la que tapó prolijamente con tierra.

El ensañamiento: fue descuartizada en vida.

El informe de la autopsia reveló que Magdalena Torres fue descuartizada en vida, lo que demostraría el ensañamiento del homicida.

La fiscalía dio por acreditado que Torres Alonso golpeó a su prima, y cuando la tuvo desmayada, le seccionó el cuerpo y lo ocultó debajo de la calesita.

Los investigadores también tuvieron en cuenta que el imputado sería un experto despostador de chivos y ovejas.

El joven conocería muy bien estas tareas de campo ya que las realizaba en Santiago del Estero, su provincia natal.

Se sospecha que el acusado trasladó la técnica usada con los animales al cuerpo de su prima.

Al parecer, en el campo primero se secciona la cabeza del animal, se coloca en la tierra para que desangre, luego se cortan las patas y finalmente el resto del cuerpo.

La misma metodología habría sido aplicada al aberrante crimen. El cuerpo de Magdalena fue enterrado en un pozo que el asesino cavó en el interior de la calesita. Primero fue depositada la cabeza. Lo último fueron los brazos y las piernas.

Asimismo, la alevosía en el homicidio estaría dada por los tres mazazos en la cabeza que fueron aplicados a la víctima y en particular, la tarea de descuartizamiento realizada cuando la chica todavía respiraba.

Casi tres años después del brutal asesinato, Torres Alonso se cruzó cara a cara con los padres de Magdalena. Frente a sus tíos, contó cómo se había iniciado esa relación que terminó en muerte y horror.


miércoles, 24 de agosto de 2016

Las empanadas del griego

El caso del griego que asesinó y trozó a su cuñado apareció en primera plana de los diarios de enero de 1963. Ocurrió en La Plata y conmocionó a todo el país. Muchos recuerdan que el entonces dueño del bar “El Partenón” hizo empanadas con la carne del cadáver. Y las puso supuestamente a la venta.
A principios de los años ‘60 era impensado un crimen semejante. Se vivía en una sociedad que no padecía la violencia inusitada desde los medios, donde las películas más exitosas del momento eran las de Mirtha Legrand, que lo más que hacían eran darse besos en la mejilla. Además en La Plata, la gente vivía tranquila: Era la época en que se dejaba la puerta sin llave y no había tantos robos y homicidios. El caso que se dio en llamar “descuartizamiento del griego Harjalich” impactó de sobremanera.

Nadie se podía imaginar un acto con semejante despliegue de violencia. Las crónicas de la época señalan que las primeras noticias que se tuvieron fueron por boca de Juan Giorgia, griego, de 69 años, soltero, con domicilio sobre la avenida Colón, que une La Plata con Ensenada, a la altura de la columna 48. El griego Juan Giorgia se presentó el 18 de enero de 1963 ante las autoridades de la subcomisaria El Dique, para denunciar que su compadre Juan Harjalich, había aparecido en dos oportunidades por su casa llevando en una valija restos humanos. Al ampliar la exposición, Giorgia expresó que “el jueves alrededor de las 16 recibió la visita de su compadre Juan Harjalich -de su misma nacionalidad y de 40 años-, afincado en la calle 1 nro. 710, quien llevaba una valija, un bolsón y un colchón pidiéndole que le guardara todo eso por unos días, hasta que pasaría a retirarlos”. Harjalich recién volvería a la casa de Giorgia momentos antes de la medianoche del mismo día. Fue entonces cuando su compadre hizo una espeluznante revelación: le dijo que en la valija se hallaban los restos de su cuñado Andrés Suculea de 32 años, a los que iba a incinerar.

Sin reponerse del shock emocional que le provocó la confesión de Harjalich, Giorgia se negó rotundamente a convertirse en un cómplice. Su compadre lo amenazó de muerte con un revólver para obtener su silencio al mismo tiempo que le exigió colaboración para hacer desaparecer el cadáver. La discusión duró algunos minutos, hasta que Harjalich comprendió que lo mejor era tomar las valijas y marcharse. Y así lo hizo, hasta perderse en la oscuridad de la noche. A las pocas horas, reapareció en su casa y le pidió a Giorgia que silenciara todo lo que conocía. Y para darle seguridad, le dijo que había hecho “todo a la perfección” y le aconsejó que se fuera a descansar.
Harjalich prendió un fuego fuera de la vivienda. Explicó que era “para quemar las ropas ensangrentadas”. Luego se retiró utilizando uno de los micros de la línea 273. El viernes por la mañana cerca de las 10, siguió diciendo Giorgia en su declaración en sede policial, volvió su compadre trayendo algunas prendas de vestir con el fin de obsequiárselas, guardando él por su parte, un marcado silencio al interpretar que las ropas podrían haber pertenecido al muerto.
Asimismo, Harjalich llevó carnes y otros alimentos, que luego de cocinarlos ingirió dando muestras de singular apetito. En cambio, y pese a la invitación de su visitante para que compartiera la comida, el dueño de casa, se abstuvo de hacerlo. Finalmente Harjalich se retiró anunciándole que volvería a la noche.

Giorgia resolvió concurrir a la dependencia policial más próxima y denunciar el espeluznante caso. Eran alrededor de las 14 del 18 de enero de 1963. Mientras una comisión se dirigió al centro, donde se hizo efectiva la captura del acusado, en su local, de la calle 1 nº 710, otra concurrió a la vivienda de Giorgia donde se secuestró el colchón ensangrentado, varias prendas y trozos de cuerdas.

La descripción de Giorgia del lugar adónde se dirigió Harjalich con la valija la primera noche que apareció por su domicilio camino a Punta Lara, orientó a los efectivos policiales en la búsqueda de los restos óseos del cuñado. Efectuaron una minuciosa inspección de la zona, internándose varios de ellos en un terreno situado frente a la finca de Giorgia, en ese momento inundado y cubierto de paja brava y otras malezas, de donde extrajeron restos humanos diseminados por distintos sitios. Los efectivos debieron realizar otro rastreo en la desembocadura de la cloaca maestra de la ciudad, a la altura de la prolongación de la calle 66, sobra la zona del río. En este lugar, Harjalich admitió haber arrojado las partes blandas del cuerpo de su cuñado, como así también las manos pertenecientes al muerto. De acuerdo a su declaración, de que Suculea se había suicidado, era primordial para los investigadores el hallazgo de los huesos del cráneo pero también, al faltar las manos y aunque las encontraran seguramente no tendrían las huellas debido a que fueron descarnadas, la identificación era una de las tareas más difíciles. El hallazgo de la parte izquierda del maxilar superior, por haberse obtenido el valioso dato de que en esta región de su dentadura Suculea se había hecho practicar el tallado de un canino para la colocación de una prótesis, fue fundamental para comprobar la identidad.
Lo que nunca se halló fue la parte superior del cráneo, lo que hubiese sido clave para determinar las causales de la muerte. Es que Harjalich, al ser detenido, dijo que su cuñado se había suicidado. Que se había matado de un tiro cerca de las 8.30 de la mañana en la que su mujer y su sobrina se habían ido a visitar a unos amigos. Que él, al no saber qué hacer, había decidido ocultar el cuerpo, pero no lo había matado.

No le creyeron, porque en la casa encontraron un revólver calibre 38, que el griego dijo desconocer, pero que tenía estampado el sello de la Policía Bonaerense y que, tras una breve investigación, dieron con quien había sido el dueño: un agente que confesó que se la había vendido a Harjalich.

El juez Rodríguez Lagares no le creyó nada al griego. Y lo mandó a la cárcel de Olmos, donde moriría un par de años después. Lo que sí encontraron en la casa del crimen fue un cuaderno, donde la víctima escribía sus sentimientos. En ese libro, aparecía una mención al griego: "Temo que pierda la tranquilidad en mi casa. Mi cuñado, el miserable inmundo, pretende hacer de las suyas". Pero también había otra frase, escrita dos días antes de la muerte, que decía lo siguiente: "cuando pienso que estuvo la felicidad en mis manos, me dan ganas de morir" ¿homicidio o suicidio? Nunca se sabrá.


La versión de Harjalich

El miércoles 16 de enero de 1963, aproximadamente a las 8.30, Harjalich dijo haber escuchado un disparo de arma de fuego proveniente de la habitación que ocupaba su cuñado. De inmediato -expresó- fue al lugar y observó que Andrés Suculea se hallaba muerto. A partir de ese instante, y en ausencia de su esposa y su sobrina, el dueño de casa concibió la idea de hacer desaparecer el cadáver de su cuñado. El griego concurrió a almorzar a la casa donde estaban su esposa de visita y sobrina, “sin dejar traslucir en su ánimo, actitudes ni palabras, la suerte corrida por Suculea”. Al término de la comida, retornó a su domicilio de la calle 1 y 46, donde durante varias horas se dedicó a la macabra tarea de descuartizar el cuerpo de su cuñado, antes de lo cual le sacó, mediante un cuchillo, las partes blandas del cuerpo. Luego colocó los restos óseos en una valija y efectuó una limpieza a fondo y al día siguiente se dirigió hasta la vivienda de su compadre Juan Giorgia.
La hipótesis fue poco consistente. Nadie escuchó el disparo del revólver con que la víctima habría puesto fin a su existencia. Harjalich fue quien limpió el arma supuestamente empleada por su cuñado y le cambió las cápsulas, y fue él quien hizo desaparecer el trozo de cráneo en que el balazo debió producir un orificio

La esquina del horror

Todavía muchos platenses recuerdan aquella esquina donde hace 41 años “El Griego” Harjalich servía a los parroquianos un par de ginebras “Cubana” o “W” -bebida espirituosa-, pero más se tiene en la memoria que una vez se dijo que las empanadas humeantes sobre el mostrador del bar “El Partenón” estaban hechas con las carne del cuñado muerto. Empanadas se vendieron siempre, pero algún miembro de la colectividad helénica que aún recuerda el hecho y lo repudia, afirmó oportunamente que descreía de cómo lo contaron los diarios a los que acusó de “agrandar todo” porque “no fue tan así”. Los diarios locales en sus primeras planas anunciaron el sangriento episodio con un título que ocupó todo el ancho de la sábana. Algunos que todavía piensan que Elefteria -la esposa de Harjalich-, debió haber estado presente en la casa el día que murió Andrés, su hermano, también siguen arriesgando que “seguramente hubo una pelea” y que “resultó muerto por su marido”. Fueron muchas las versiones que se tejieron en torno a este misterioso caso. Hasta se llegó a decir que el homicida improvisó un puesto nada menos que frente a la estación de trenes, donde puso a la venta y agotó las empanadas de carne humana.

Una macabra coincidencia

“Horripilante crimen: un hombre dio muerte a su cuñado, descarnó y descuartizó el cadáver” fue uno de los titulares que ocupó nueve columnas de la página sábana de El Argentino de aquel momento en nuestra ciudad. Desde el 19 hasta el 29 de enero cuando anunciaron el traslado del detenido a Olmos donde murió dos años después, la prensa local siguió paso a paso cada detalle de la investigación del hecho. Pero en la misma página, ajeno al drama que conmovió a La Plata un odontólogo anunciaba sus honorarios de atención en la Guía de Profesionales. Era Ricardo Barreda.


El aviso en el diario El Argentino
                                                       
Fuente: Diario Hoy (La Plata)







jueves, 18 de agosto de 2016

Yo canibal (el Hannibal de Daireaux)


Un frío domingo más en la tranquila ciudad bonaerense de Daireaux. Corría el 29 de junio de 2008, en Viena, Austria, se disputaba la final de la Eurocopa que España le ganaría a Alemania, el Vaticano celebra el día de San Pedro y San Pablo. Un frío domingo de invierno que no pasaría desapercibido en la mencionada localidad de la provincia de Buenos Aires.
A poco más de 400 km de la Capital Federal, la ciudad de Daireaux sería testigo de uno de los crímenes más espeluznantes de la rica historia policial argentina, esa historia que no deja de sorprendernos.
En esta tranquila ciudad vivía Raúl Piñel, un trabajador del campo de 57 años. Raúl era un hombre solitario, sólo lo frecuentaban algunos vecinos. Su mujer y sus cinco hijos lo habían abandonado cansados de los maltratos y golpizas según las crónicas del momento.
Uno de sus hijos, llamado Raúl Ernesto Piñel Donato, sería protagonista principal en la vida de su padre poniendo fin a su vida. Hasta aquí estaríamos hablando de un parricidio más en la historia de no ser por lo macabros detalles que adornan esta crónica.
Raúl Piñel hijo nació el 13 de julio de 1975, en aquel momento (junio de 2008) purgaba en el penal de Urdampilleta una condena por robo calificado hasta que fue beneficiado con algunas salidas transitorias.
El viernes 27 de junio, Raúl Piñel hijo salió del penal y se dirigió a la casa de su padre, con quien aparentemente volvía a tener relación, pero esta visita no sería de las más amistosas. El domingo 29 un vecino pasó a saludar a don Piñel como la hacía habitualmente, el que abrió la puerta fue su hijo.
El vecino no pudo disimular el estupor y el horror en su rostro cuando entre la puerta y Raúl hijo pudo ver muchísimas manchas de sangre en las paredes y en el piso. Urgente se dirigió a la comisaría local y dio aviso a las autoridades.
Una brigada se apersonó en el domicilio de Piñel en la calle Antártida Argentina entre Moreno y Saavedra, lo que encontraron es digno de una película de terror gore.
Los efectivos golpearon la puerta, Piñel les abrió y sus manos ensangrentadas lo delataron, los dejo pasar sin decir nada, había sangre en el piso y las paredes, cuando llegaron a la cocina algunos de los policías tuvieron que salir a vomitar, en el piso habían encontrado desparramados restos de algunas vísceras, un pedazo de columna vertebral y los demás restos se estaban calcinando en una salamandra que había en la vivienda.
Los policías le preguntaron a Raúl donde estaba su padre, él, entre risas contesto “ahora lo tengo bien adentro”.
Recién entendieron la desafortunada frase de Piñel cuando vieron el macabro contenido que había dentro de una olla, en ese momento se dieron cuenta que enfrente tenían a un caníbal.
Las crónicas de aquella época daban cuenta de que el “Hannibal de Daireaux”, como la prensa lo había bautizado, había cocinado el corazón y los riñones de su padre en una espesa salsa compuesta de aceite, vinagre, cebollas y ajo, para luego almorzar las vísceras de su progenitor con una trozo de pan, que había quedado tirado al lado de la olla.
Los efectivos que arrestaron a Piñel dicen que cuando salía esposado del domicilio donde ocurrió la masacre, el asesino repetía una y otra vez “me las pagaste todas juntas” con una terrible carga de odio y resentimiento en sus dichos.
Los pocos restos que quedaron del cadáver no sirvieron para poder realizar una autopsia. La policía científica si pudo corroborar que los restos que se encontraban en la cacerola eran un corazón y riñones humanos, los cuales no estaban completos, por lo que se da por hecho que parte fue ingerida por el asesino.
Las investigaciones en primera instancia giraron alrededor de la hipótesis de un crimen ritual vinculado a alguna secta, lo cual fue descartado al no poder probarse.
Piñel confesó haber asesinado a su padre el sábado por la noche luego de una discusión que ambos tuvieron. La policía secuestro un cuchillo tramontina en la escena del crimen con el que se cree se cometió el asesinato. También fue secuestrada una pala ensangrentada la cual pudo haberse utilizado para mutilar las partes del cadáver que luego fueron quemadas en la salamandra.
La única hipótesis firme sobre el móvil del crimen es el odio radicado en el violente pasado de Raúl Piñel padre para con su hijo.
Piñel fue declarado inimputable luego de haber sido sometido a pericias psiquiátricas y psicológicas que derivaron en que el susodicho es un enfermo mental, un psicótico que no comprendió la criminalidad de sus actos. 
Dichas pericias también arrojaron que Piñel era peligroso para sí y para terceros por lo que se decidió alojarlo en el neuropsiquiátrico que funciona en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Bonaerense, en la cárcel de Melchor Romero, en el partido de La Plata.
Según el expediente, al que Archivos Policiales pudo acceder, Piñel fue sobreseído definitivamente en la causa el 11 de febrero de 2011 y está bajo la tutela de un Juzgado de Ejecución Penal de la localidad de Trenque Lauquen.

Allí en la unidad 34 pasa sus días quien fuera apodado el “Hannibal de Daireaux”, sin que nadie lo visite, sin esperar nada de nadie, solo esperando la muerte, la única que puede indultar el alma de un caníbal que un día asesino y se comió a su padre.


jueves, 9 de julio de 2009

El petiso orejudo

Un día de 1906, el empleado municipal Fiore Godino entró en la comisaría décima, en la calle Urquiza 550, y a los gritos clamó ayuda para controlar a su propio hijo, Cayetano Santos Godino, de sólo 9 años:
-¡Señor comisario, yo no puedo con él! Es imposible dominarlo. Rompe a pedradas los vidrios de los vecinos, les pega a los chicos del barrio… Y si lo encierro en casa es peor. Se pone como loco. El otro día encontré una caja de zapatos. Había matado a los canarios del patio, les había arrancado los ojos y las plumas y me los dejó en la caja, al lado de mi cama…
Cayetano Santos Godino, nació en 1896 en un conventillo de la calle Deán Funes 1158 y fue el menor de 12 hermanos, lo bautizaron Cayetano como el primogénito, muerto a los diez meses de vida de una afección cardiaca. Su vida la dedico a matar y a quemar en un raid criminal como la ciudad jamás había visto.
El Petiso Orejudo, como quedo registrado en la historia criminal argentina y en la mitología macabra de aquella Buenos Aires, era un chico frágil: enfermó de enteritis a los pocos años y creció raquítico, esto de ninguna manera le impidió convertirse en el mayor asesino serial y pirómano del sur de América.
Fue a varias escuelas, pero duraba poco: lo expulsaron seis veces y nadie le enseñó a leer. Cuando fue revisado por los médicos, éstos contaron 27 cicatrices en la cabeza provocadas por las palizas del padre y de su hermano Antonio.
A los siete años, Cayetano era tan bajo y menudo que parecía de cuatro. Lo llamaban "El Oreja" o "El Petiso Orejudo" porque sus apéndices auditivos eran grandes y apantallados. A los 8 cometió su primera fechoría. Tomó de la mano a un niño de 21 meses y lo llevó a un baldío donde comenzó a pegarle en la cabeza con una piedra. Al pequeño Miguel de Paoli lo salvó el vigilante de la esquina, que llevó al agresor a la comisaría. El padre tuvo que ir a buscarlo y todo quedó como una pelea de chicos.
En 1908 lo encerraron en un reformatorio de Marcos Paz. Iba a pasar allí tres años, pero no sirvió de nada.
El año 1912 fue un año lleno de sucesos históricos, pero en la memoria de los argentinos quedo registrado como el más macabro en cuanto a crímenes e incendios se refería.
El 25 de enero se encontró, en una casa vacía de Pavón 1541, el cadáver de Arturo Laurora, de 13 años, golpeado y estrangulado.
A las seis de la tarde del 7 de marzo de 1912, una niña de 5 años llamada Reina Bonita Vainicoff, hija de inmigrantes judíos que vivían en la avenida Entre Ríos 522, miraba la vidriera de una zapatería. De pronto, sin que nadie atinara a darse cuenta cómo, el vestido blanco de Reina Bonita, lleno de volados y puntillas, comenzó a arder. Alguien le había tirado un fósforo. A pesar de los gritos desgarradores de la niña en llamas, y de que un policía se tiró sobre ella para apagar el fuego con el cuerpo, no pudo ser salvada. Reina Bonita, con quemaduras múltiples, murió 16 días más tarde. La tragedia se ensañó con la familia Vainicoff: el abuelo, al ver que su nieta ardía, cruzó la avenida Entre Ríos sin mirar y lo mató un auto.
El 16 de julio de ese mismo año, Cayetano incendió un corralón en Garay al 3100. En septiembre, mientras trabajaba como mandadero en unos almacenes del barrio, acuchilló a un caballo en los establos de Chiclana al 3300. Dos días después prendió fuego a la estación de tranvías de la Compañía Anglo, que tenía entrada por Estados Unidos y por Carlos Calvo. El 8 de noviembre de 1912, y en un descuido de sus padres, desapareció el niño Roberto Carmelo Russo, de dos años y medio, quien jugaba con su hermanito mayor en la vereda de Carlos Calvo al 3800. Minutos más tarde, un vigilante rescató a Roberto Carmelo en un baldío. Lo habían maniatado con un piolín. Junto a él estaba un muchacho menudo y de orejas apantalladas: alegó que acababa de descubrir a Robertito y estaba desatándolo.
Durante ese mes de noviembre, otros extraños sucesos conmovieron al barrio: alguien incendió un galpón de azulejos en la calle Carlos Calvo y Carmen Ghittoni, de tres años, fue golpeada en un baldío de Chiclana y Deán Funes. El vigilante llegó corriendo y sólo avistó de lejos al agresor, que huía. Cuatro días después, Catalina Neolener, de cinco años, sufrió un ataque similar en el umbral de su casa, en Directorio 78. Pero todo se iba a precipitar el día de la tragedia, el martes 3 de diciembre de 1912.
La tarde del 3 de diciembre Jesualdo Giordano fue encontrado en un basural conocido como la quinta Moreno, donde funcionaba antes el horno de ladrillos de la fábrica La Americana. Lo habían estrangulado con trece vueltas de un piolín que se le hundió en el cuello. Como no terminaba de morir, el homicida le perforó la sien derecha con un clavo de cuatro pulgadas, al que golpeó con una piedra hasta que la punta salió por el otro parietal. Luego tapó el cuerpito con chapas de cinc y se fue tranquilamente a su casa. El horroroso crimen de Jesualdo Giordano hizo explotar a la ciudad. El conventillo de Progreso 2585, en el que vivían los Giordano, se colmó de vecinos indignados. Según la crónica del diario La Prensa, la policía sabía perfectamente quién era el asesino: sospechaban hacía tiempo de Godino, aunque no tenían pruebas. Quizá no se animaban a proclamar que un niño fuese el culpable de esos crímenes que la opinión pública adjudicaba a siniestras organizaciones criminales como la Mano Negra, dedicadas a secuestrar chicos. Durante la reconstrucción del crimen de Jesualdo, Godino fue visto entre el gentío que llenaba la quinta Moreno. También fue al velorio, y hasta algunos dijeron que se mostró compungido al acercarse al féretro blanco y tocar la cabecita con mano trémula. Se sabe que compró un ejemplar del diario y se hizo leer la crónica de los hechos (era analfabeto). Luego recortó la noticia y se la guardó.
Fue detenido la noche del 5 de diciembre. Los diarios revelaron los detalles de la confesión del "Petiso", que habló durante varias horas.
El proceso a Cayetano Santos Godino se prolongó por dos años, durante los cuales "El Petiso" fue recluido en el Hospicio de las Mercedes. Las más importantes figuras de la psiquiatría criminal concurrían para examinar al reo y comprobar cómo era aquel ser al que la prensa calificaba de fiera humana. Muchas voces reclamaron que se lo condenara a la pena capital, que entonces estaba en vigencia para delitos como el homicidio, aunque no podía aplicarse a menores. ¿Pero podía llamársele niño al "Petiso", aunque su partida de nacimiento dijera que sólo tenía 15 años?
Godino fue procesado por tres homicidios (los de los niños Arturo Laurora, Reina Bonita Vainicoff y Jesualdo Giordano) y once agresiones. ¿Cometió otros crímenes? El proceso nunca lo esclareció. Se dijo con insistencia que "El Oreja" habría matado a otros niños, por ejemplo la pequeña María Rosa Face, una nena perdida que nunca apareció ni viva ni muerta y cuyos padres regresaron a Italia. También al niño Lautaro Marchi, que sin embargo no figura en el expediente criminal.
Godino era examinado como un cobayo; en el diagnóstico, se destacaban sus características físicas: la escasa talla (1,51 metros), la cabeza pequeña (microsomía); la extensión de sus brazos, que abiertos alcanzaban una envergadura de 1,85 metros; sus orejas desmesuradas y en asa, su miseria física y la desmesura de su órgano sexual. Todo conducía a una conclusión: Godino estaba predestinado al crimen.
¿Qué pasaba por la mente de Godino cuando cometía sus crímenes? Según sus palabras, una fuerza ingobernable lo dominaba, el dolor le partía el cráneo y ese sufrimiento sólo se aliviaba golpeando, matando. Sin embargo, todos los exámenes descartaron que padeciera epilepsia.
Godino fue condenado en 1914 a la pena de penitenciaría perpetua, que era irredimible. El juez lo envió a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, donde podía ser aislado en una celda. Allí pasó varios años. Aprendió a leer y escribir, a sumar y restar.
En 1923 se inauguró en Ushuaia un presidio de máxima seguridad. Se la llamó "la cárcel del fin del mundo". Godino, severamente custodiado y engrillado, fue trasladado a ella en el transporte Chaco.
En 1933, José María Soiza Reilly, periodista y escritor muy popular, entrevistó a Cayetano Santos Godino en la celda que ocupaba, la número 90. Por esa entrevista, publicada en la revista Caras y Caretas, el público se enteró de que Godino había matado a dos gatitos que eran las mascotas de los presos, y que por ello le habían propinado una feroz paliza. También contaba que en una de las primeras operaciones de cirugía estética que se habían hecho en el país le habían achatado las orejas, esas orejas aladas que según algunos eran la causa de su maldad. La operación fue auspiciada por el gobierno, que envió un equipo médico y un fotógrafo a Ushuaia.
Cayetano Santos Godino nunca recuperó su libertad. Según el certificado de defunción, "El Petiso Orejudo" falleció el 15 de noviembre de 1944 por una hemorragia interna causada por gastritis avanzada. ¿Murió de una paliza que le propinaron los presos? Cuenta la leyenda que, cuando el penal fue clausurado, en 1947, los huesos de nuestro primer asesino serial no pudieron ser hallados en el camposanto del lugar. En cambio, la esposa del último director tenía un pisapapeles con el fémur de Cayetano Santos Godino.


Fuente: lanacion.com

domingo, 5 de julio de 2009

A fuego lento...


Corría la mañana del 28 de marzo de 1973, en el tradicional barrio de San Cristobal un nuevo día comenzaba, vecinas que salian a hacer sus compras, hombres y mujeres se dirigían a sus trabajos y los niños iban a la escuela. Era una mañana mas hasta que a una mujer que venía por la calle Garay, al doblar en Pasco, le llamó la atención la gran cantidad de moscas que se posaban y volaban sobre un cajón de verduras que contenía residuos. Dicha presencia de moscas estaba justificada por los restos de carne que se veian sobresalir del cajón, la curiosidad igualmente se apoderó de aquella mujer ya que los restos en la basura no se parecian en nada a desechos vacunos.
En esa esquina se encontraba el bar y restaurante Yamil, que funcionaba allí desde hacia años, la presencia de desperdicios de carne se justificaba por dicho comercio pensó la vecina, pero no se convenció y decidió dar parte a la policía. Cuando los oficiales se hicieron presentes en el lugar se estableció que estaban efectivamente frente a un torso humano del cual habían sido seccionadas con mucha habilidad la cabeza, los miembros superiores e inferiores y los musculos pectorales.
Al anochecer del mismo día ya estaba resuelto el hecho, pero bien vale recordar las diferentes etapas de este hecho que al día de hoy sigue provocando escalofrios.
El cajon con su macabro contenido se encontraba en la vereda del restaurante Yamil, hacia allí se apuntaron las primeras sospechas. El comisario y tres suboficiales fueron los que ingresaron al domicilio lindante con el bar, alli vivia Emilia Basil, dueña del comercio, con su esposo Felipe Coronel Rueda y tres hijas fruto de ese matrimonio. Ella era quien atendía y cocinaba en el restaurante, asi que fue a ella a quien dirijieron todas las preguntas las comisión policial presente en el domicilio.

-En el interior del cajón que estaba en su vereda se encontraron restos humanos, ¿puede darnos alguna explicación?, la Basil era una mujer menuda de no mas de un metro sesenta de altura y alrededor de cincuenta kilos de peso, que ante la penetrante mirada de los policías se mostró entera y fría, en ningún momento se puso nerviosa.

-¿Como voy a tener yo una explicación acerca de unos restos humanos que ustedes dicen que estaban en nuestra vereda.
Se le formularon algunas preguntas más y se retiraron, no conformes y con la idea de volver pero con una orden de allanamiento para revisar el lugar.

Al llegar a la seccional un pedido de paradero registrado el lunes anterior fue lo que permitió resolver el caso. Uno de los oficiales que estuvo en el lugar del hecho le comento a su compañero las novedades del caso y que habían interrogado al matrimonio Coronel Rueda del restaurante Yamil, al escuchar estos datos el policía fue de inmediato a su escritorio y extrajo el pedido de paradero antes mencionado. Alli estaba la punta del ovillo.

Francisco Pietrella habia denunciado la desaparición de su hermano José Pietrella, un hombre de sesenta y cuatro años que trabajaba como desratizador, con quien habia acordado encontrarse el sabado por la noche, José nunca acudió a la cita y tampoco desde entonces se habian tenido noticias suyas. Donde empalma todo esto, en la dirección, Garay y Pasco, porque según Francisco, su hermano José, alquilaba allí una pieza a la Sra. Emilia Basil, el mismo lunes que hizo la denuncia se habia presentado en la casa de la Basil perguntando por su hermano y la mujer le dijo que desde el sábado que no lo veian.

Ya con la orden de allanamiento en la mano se dirijieron al bar, la misma Basil fue quien les abrió la puerta. Con total tranquilidad hizo pasar a los doce miembros policiales entre los cuales habia peritos y especialistas en manchas hemáticas y rastros. En primer lugar le preguntaron por su inquilino Jose Pietrella y su respuesta fue la misma que le habia dado a su hermano Francisco, se habia retirado el sábado temprano con su valija a cuestas porque tenia que hacer dos desratizaciones.

El grupo se dividió en tres e inició una labor que simultaneamente comprendió la cocina, las habitaciones y el living comedor de la casa.

Uno de los policías se dirigió a la piecita que ocupaba Pietrella y observo que la valija que supuestamente se habia llevado el dia de su desaparición estaba allí junto a la cama.

-¿Usted sosotiene que su inquilino se fue el sabado temprano a desratizar y nunca volvio? se le pregunto a la Basil.
-Asi es, yo misma la abrí la puerta.
-Qué raro, ironizo el oficial, se fue y dejo aqui todas sus herramientas y venenos.
Por un momento vieron que la mujer palidecia, pero pronto se recupero y siguio argumentando que quizas José tenia otra valija con los mismos elementos.
Fingiendo poco interes en este detalle, que era muy revelador y comenzaba a desnudar falencias en los argumentos defensivos de la mujer, se continuó con el allanamiento.
Cuando la tarea llevaba mas de una hora y media uno de los oficiales reparó que arriba de un mueble había algo envuelto en diario que en principio parecía una pelota de fútbol, grande fue la sorpresa y el grito cuando al quitar los papeles se encontro con una calavera humana. Uno de los peritos que acompañaron a los policías no vacilo un momento en afirmar que la cabeza había sido descarnada en fecha reciente hirviendola en algun recipiente.

La novedad llevo a los policías a la cocina del restaurante, allí dentro del horno encontraron las piernas y los brazos en dos grandes asaderas, en estado casi de total carbonización, ya que venian siendo sometidos con intervalos durante varios días al calor del horno.
Superado el horror el matrimonio fue conducido a la seccional. En el interrogatorio quedo demostrado que el esposo era totalmente ajeno al crimen y a la relacion amorosa que tenian desde hacia muchos años la Basil y su victima.

Pocos podian creer que aquella menuda mujer pudo haber cometido un crimen tan atroz.
La señora Basil había declarado que tenia una importante deuda con su inquilino y amante , mas tarde se supo que ese fue el detonante del crimen.
En la reconstrucción del hecho quedo descartado que hubiera sido en defensa propia, la mujer mató a Jose Pietrella despues que este la reclamara el dinero de la deuda.

Primero lo ahorco con una cuerda de nylon y una vez muerto en el piso lo arrastro hasta un cajón donde se guardaban verduras y hortalizas, alli estuvo el cadaver todo el sábado mientras el restaurante funcionó de manera normal como cualquier día.
En horas de la madrugada del domingo la Basil se dispuso a descuartizar a su amante muerto, al cual cocinó durante dos noches seguidas, la cabeza en una olla que se utilizaba para hacer pucheros y los miembros en el horno.

Los oficiales le preguntaron porque también no había hecho lo mismo con el torso, a lo que ella respondió que como era muy grande tenía miedo que alguien de su familia lo descubriera, por eso lo sacó a la calle con la intención de que al pasar el basurero se lo llevara. Lo que ocurrió es que aquella noche estalló, para desgracia de la Basil, una huelga de recolectores de basura y no se hizo el servicio. De no haber sido por el paro, el crimen nunca se hubiera resuelto.

Emilia Basil fue condenada a dieciseís años de prisión, su abogado defensor Pedro Bianchi apeló y planteó la nulidad del fallo. La labor del abogado logró que el alto tribunal dictara la nulidad y asi fue que llego un nuevo pronunciamiento, mas suave, que nuevamente fue apelado por la defensa.

Cuando aun no llevaba ocho años de prision se le permitio a Basil salir en libertad, cuentan los vecinos que una mujer ya totalmente encorvada y envejecida se llegó una tarde hasta la esquina de aquel restaurante, clausurado desde el dia del asesinato, y que despues de contemplarlo por un rato se perdio por la Av. Garay entre la gente.
Un caso sin precedentes en la historia de la criminalidad argentina.

Fuente: Crimenes Famosos de Enrique Sdrech


Ese no es mi cuerpo

La última vez que se supo de ella fue el 29 de mayo de 1962. Había salido de su clase particular de inglés para volver a su casa, en Flores...