lunes, 16 de julio de 2012

La primera condenada por las huellas digitales

Aquel lejanísimo 29 de junio de 1892, los gritos de dos criaturas apenas pudieron despabilar la mansedumbre de la tarde. Una cuchilla de cocina atravesó el cuello de Ponciano Caraballo, de 6 años, empujándolo inerme sobre la cama revuelta. Su hermanita Felisa, de cuatro, lloraba a gritos, como lloran los chicos que adivinan la tragedia, sin comprenderla del todo. Ella correría la misma suerte.
La casa- habitación de los Caraballo, en la por entonces pueblerina Necochea, se quedó muda. El rugido del mar, indiferente y perturbador, estaba muy lejos. Iba y venía, como esas tragedias que nunca mueren del todo. Unas horas después llegó el padre de los chicos junto un vecino, Ramón Velázquez. Ponciano Caraballo había abandonado el rancho después de una fuerte pelea con su mujer, Francisca Rojas, pero estaba decidido a llevarse también a sus hijos. Y a eso fue. La puerta estaba trancada por dentro, igual que la ventana. Unas cuantas patadas bastaron para derribarla, como un telón que se corre para develar una escena dantesca: los chicos parecían dormidos, pero sus cuerpitos estaban empapados en la sangre que manaba de los cuellos. Todo era de color rojo: la cama, el piso de barro, las paredes.
Al lado de las víctimas yacía Francisca. Parecía moribunda, pero a diferencia de los nenes, un finísimo río de sangre corría desde la yugular hasta su pecho. Los hombres llamaron a la policía y a los médicos, quienes evaluaron rápidamente a la mujer y llegaron a la conclusión de que lo mejor era que no se moviera hasta que se recuperara del todo.
Pero Francisca no tardó en reaccionar. Y lo primero que hizo fue acusar del doble crimen de sus hijos a su compadre Ramón Velázquez, quien según su versión- también la había atacado a ella con una pala y había intentado degollarla, furioso porque se negó a entregarle a Ponciano y a Felisa, para llevárselos al padre. La historia era incoherente, pero la policía local la creyó. Ese mismo día los agentes fueron a buscarlo al establecimiento de un tal Molina, donde trabajaba, y lo arrestaron. De nada sirvió que el hombre gritara una y otra vez su inocencia, y que la sostuviera en las sesiones de tortura a las que fue sometido para que confesara, e incluso ante los cadáveres de los chicos. Los investigadores estaban convencidos de que Francisca no mentía, hasta que ella misma derribó su versión, traicionada por el odio que le tenía a Velázquez. A caballito de su propia mentira, Francisca volvió a acusarlo desde su lecho de convaleciente, cara a cara y delante de los policías, sólo que de una forma completamente contradictoria a la original.
Cuando el médico que la había revisado en primera instancia pudo examinarla más detenidamente, la historia de Francisca mostró otra grieta: en su cuerpo no había una sola marca de golpes, aunque ella había declarado que Velázquez la castigó con fiereza con una pala. Rojas y el supuesto criminal fueron trasladados en calidad de aprehendidos al pueblo de Necochea. Uno y otra mantuvieron sus versiones, hasta que varios días después del crimen, Francisca confesó. Dijo que “su acusación carecía de fundamentos y que la única autora del hecho era ella, que ofuscada porque su marido la había echado de su lado y le iba a quitar sus hijos había resuelto matarlos, quitándose también ella la vida, pues prefería ver muertos a sus hijos y morir, antes que aquellos fueran a poder de otras personas”, escribió el 12 de julio de 1892 el inspector a cargo de la investigación, Eduardo Alvarez, al entonces jefe de la policía, Guillermo Nunes.
Era muy posible que esa confesión fuera arrancada a fuerza de torturas, tal como denunciaba en la misma misiva el inspector Alvarez, pero las impresiones digitales, que por entonces apenas eran una tímida iniciativa que despertaban más desconfianza que admiración, sirvieron para condenar a Rojas por el doble filicidio.
“Las manchas de sangre que se notaban en la ventana del interior y en la puerta correspondían a una mano chica y no a la del acusado (Velázquez)... A fin de que puedan practicarse las diligencias conducentes a la aplicación o conocimiento de lo que pueda importar el estudio de las impresiones digitales, he traído dos pedazos de madera donde se notan señales de los dedos, y en una tarjeta, las impresiones de los de Ramón Velázquez y la mujer Francisca Rojas”, explicó Alvarez.
¿Amor, odio, locura? En el siglo XIX que agonizaba, el caso conmovió a un país que estaba modelando sus instituciones, su economía y su jurisprudencia.
Francisca Rojas fue la primera persona en el mundo en ser condenada por las huellas digitales.

Las Claves

La escena del crimen estaba cerrada por dentro. Para trancar la puerta utilizaron una pala de puntear que dejó señales en el piso y en la puerta, a la altura del mango.
Las pruebas e indicios que colectó el investigador Eduardo Alvarez. Además de las impresiones digitales en una ventana, la escena del crimen implicaba directamente a la madre de los menores, aunque la primera pesquisa no pudo detectarlo.
El arma era de Francisca Rojas. Según Alvarez, “no es dable creer que a un hombre de campo llegue a faltarle su cuchillo en la cintura y en tal caso, había que buscar el por qué hizo uso de otro, y a ese respecto nada había que lo justificase”.
Según Alvarez, si Velázquez hubiera querido matar a alguien esa persona sería Francisca y no los hijos. “En este caso resultaba lo contrario, pues era ella quien menos había sufrido, puesto que la herida que presentaba no era suficiente para dejarla muerta”.

Investigación versus torturas
La carta que el 12 de julio de 1892 le remite el inspector Alvarez al jefe de la policía no sólo abunda en detalles del crimen y en la calidad de las pruebas colectadas contra Francisca Rojas, sino que denuncia gravísimas torturas en los interrogatorios a los detenidos: “No creo deber silenciar las irregularidades que se han cometido con motivo de este hecho, para arribar a su completo esclarecimiento, pues he podido observar que el señor comisario de Necochea, olvidando por completo las prohibiciones que establece nuestro reglamento, y todo buen sentido, ha incurrido en la grave falta de aplicar castigos morales a la autora del crimen para obtener su declaración, llegando hasta establecer una capilla ardiente, donde colocados los cadáveres de sus dos hijos, fue llevada a deshoras de la noche; único medio que creyó adoptable para conseguir lo que se proponía, sin tener en cuenta que, aparte de faltar abiertamente a su deber, tenía mil otros medios de qué valerse que le hubieran dado el mismo resultado y mucho más en un hecho como éste, cuyas huellas no dejaban duda acerca de quien fuera su autor, o más bien dicho, constituían pruebas abrumadoras que hubieran establecido la verdad, aún ante la negativa de la sospechada”.
Como puede apreciarse, Alvarez integraba el ala progresista de la fuerza, alineada a las investigaciones de comprobación científica de Juan Vucetich.
La conclusión de Alvarez es muy clara: había huellas; la puerta y la ventana del rancho estaban cerradas por dentro; el cuchillo homicida apareció escondido en el techo de paja, encima de la cama; y sobre todo, no había móvil que ligara a Velázquez con el doble homicidio de los chicos: este hombre podía estar furioso con Francisca porque había engañado a su mejor amigo y hasta le había pegado a su esposa, pero jamás hubiera matado a los pequeños, sino a ella.

Fuente: Diario Hoy

viernes, 15 de junio de 2012

Asesinato y violación en GEBA


El 20 de octubre del 2001, comenzó como un día mas en la vida de María Fabiana Gandiaga, cerca del mediodía, la docente, de 37 años, llevó en su Renault 9 gris a su único hijo Julián, una amiga personal llamada Adriana, sus dos hijos y otro nene, hasta la sede central de GEBA, en la calle Presidente Perón 1169 de la Capital Federal debido a que los chicos debían asistir a una competencia de taekwondo en el gimnasio del Club. Todo hasta aquí parecía normal, pero lo que nadie imaginaba que podía pasar, pasó.

Fabiana llevaba una vida tranquila en familia, estaba casada con Andrés Cabana, quien trabajaba en una empresa de medicina prepaga y vivían en un departamento del barrio porteño de Floresta. Aquel fatídico día, por cuestiones laborales, Andrés no asistiría al torneo, pero sin embargo, se mantuvo en contacto por medio del teléfono celular en todo momento con su esposa, tal es así, que entre las 12:00 y las 15:30, hablaron varias veces para ver como iba todo y combinar el encuentro luego del torneo.

En uno de esos llamados Andrés comentó que la había llamado para ver como iba todo, ella le comento que su hijo había salió tercero en las competencias de forma y también dijo que hacía mucho calor en el gimnasio y por eso no se estaba sintiendo bien. "Yo no pude ir porque tenía que trabajar, pero tenía pensado llegar a eso de las cinco de la tarde, que era la hora en que iban a empezar los combates"

Pasadas las 15:30, el telefono de Fabiana ya no sonó, esta situación preocupó a Andrés quien supuso que podría haber algún problema de señal en el gimnasio del club. A pesar de eso, le dejo varios mensajes, pero de todas maneras no obtuvo respuesta. "Le dejé dos mensajes pidiéndole que me llame. A las cinco sonó mi celular y creí que era ella. Pero era el instructor del nene diciéndome que Julián estaba por competir y que mi esposa se había ido a comprar una gaseosa hacía una hora y no había vuelto" comentó Andrés.

Ante la preocupación por el llamado del instructor, Andrés, tomó un taxi en Belgrano y Perú, donde se encontraba trabajando y fue hacia el club lo más rápido que pudo. De inmediato comenzó a buscarla por el interior de GEBA y por las calles adyacentes, sin ningún resultado. Fue entonces que se dirigió a la comisaría 3° para radicar la denuncia de la desaparición de Fabiana. Como todavía no habían pasado 24 horas de la desaparición la denuncia no fue aceptada por el personal de dicha seccional.

Adriana, la amiga de Fabiana que habia viajado con ella hasta GEBA, comentó que a eso de las 16:30 le dijo "me voy a comprar una gaseosa, no me siento bien, creo que me bajó la presión, si empieza el nene, filmalo que yo ya vuelvo" Fabiana y Julian, no eran socios de GEBA, tampoco lo era Adriana, ni sus hijos. Los chicos practicaban taekwondo en el Club Social y Deportivo de Floresta, pero su profesor los había convocado para el torneo a realizarse en el club de la calle Perón. A las 17:15, le toco el turno a Julian, y fue filmado por Adriana, Andrés, el esposo de Fabiana, estaba al tanto de la desaparición y se dirigía al club. A esta altura de los acontecimientos nadie imaginaba lo que realmente estaba pasando, pero el miedo rondaba por las inmediaciones del gimnasio.

Los medios de inmediato hicieron eco de la noticia y se acercaron a GEBA, el soporte de la prensa, mantuvo en vilo a toda la sociedad en ese momento. Andrés, desorientado, repetia en los medios "Le pudo haber pasado cualquier cosa, pero seguro desapareció por la fuerza o tuvo algún trastorno" Pasaban las horas, y no había noticias de Fabiana, la denuncia por la averiguacion de paradero finalmente recayó en el Juzgado de Instrucción N ° 37.
También se recurrió a la Red Solidaria. Andrés, descartaba una desaparición voluntaria "Hace once años que estamos juntos. Nos llevamos muy bien, tenemos nuestras peleas como cualquier pareja, nada más. Pero Fabiana no abandonaría a Julián, ella lo adora"
Ya para esas horas y con la consternación a flor de piel Buenos Aires era empapelada con la imagen de Fabiana, a la vez de que la familia recurrió a solicitadas pagas en los diarios de mayor tirada del país.

Cuarenta y ocho horas después de la desaparición y cuando ya la esperanza empezaba a flaquear un llamado desde el teléfono celular de Fabiana abrió una nueva posibilidad de encontrarla. La llamada fue a una de sus alumnas particulares, la cual estaba en el directorio del celular. En ese llamado, un voz masculina, le pregunto si conocía a una mujer de nombre Fabiana Gandiaga y le dio a entender que la tenían secuestrada y que debían pagar 10.000 u$s, para recuperarla. Le dio una serie de instrucciones que no se llegaron a concretar ya que para ese entonces, la división Delitos complejos de la PFA, tomaba cartas en el asunto.

El viernes 26 de Octubre, casi una semana después de la desaparición, un empleado del sector limpieza de GEBA, recibe un llamado telefónico que venia dirigido desde el mismo celular de Fabiana.
Inmediatamente es detenido Fernando Antúnez, empleado de la empresa Limalux, encargada de la limpieza del club. Antunez, no ofreció resistencia, pero se evidenciaban demasiadas marcas en su rostro y resto del cuerpo, que según sus dichos, eran producto del trabajo. Con semejantes pruebas, como el celular y las evidencias físicas de Antunez, se supuso que podría haber mas personas involucradas, y que el club, necesitaba una exploración mas profunda. Se hizo presente la división perros de la PFA, que cubrieron el edificio en su totalidad. Uno de los perros, los llevo directamente a los sótanos, donde se encontraban una serie de baños abandonados y en reparación. Cuando se procede a la inspección ocular del lugar, los investigadores encuentran manchas de sangre, en los pisos, las paredes y en toallas que estaban dentro de un cesto de basura. También encuentran dentro de un inodoro en deshuso, un par de sandalias que pertenecerían a Fabiana.

Indudablemente estaban ante el lugar del hecho, ante la escena del crimen, aunque aun no había certezas de que allí hubiera pasado sus últimas horas Fabiana. Era un lugar demasiado sombrío, abandonado, y con pistas de un ilícito. Todos estos datos hacían suponer que se estaba cerca de un hallazgo. Detrás de una puerta clausurada, unas escaleras, conducían a un subsuelo mas allá del sótano, allí en el hueco de un viejo ascensor en desuso la macabra escena, el descenlace que nadie esperaba, el cuerpo de Fabiana, cubierto con bolsas de residuos, sin ropas de la cintura para abajo y con claros signos de haber sido violada y golpeada. Por las muestras recogidas en el lugar, se pudo confirmar que Fabiana llego a ese lugar aun con vida y que su muerte databa aproximadamente de unos 5 o 6 días anteriores al hallazgo, osea el mismo día de la desaparición.

La investigación , llevo a comprobar quienes se encontraban en ese sector el día de la desaparición de Fabiana, dando por resultado, dos individuos más, a los que se los detuvo al día siguiente en el gran Buenos Aires.
Carlos Vallejo y Miguel Angel López fueron detenidos, Lopez, era encargado de la sección y según consta en la causa, a la hora del ataque, se encontraba en su oficina. Fernando Antúnez (21) y Carlos Vallejo (21) fueron condenados en el juicio a 21 años de prisión, por el delito de violación seguida de muerte de María Fabiana Gandiaga, mientras que Miguel Angel Lopez (25), fue absuelto.

Andrés Cabana, esposo de Fabiana, al poco tiempo de terminado el juicio, se radico fuera del país, aunque aun su domicilio legal sigue siendo en el barrio de Floresta.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El pacto de la Recoleta

Era la madrugada del viernes 9 de marzo de 1990, la pareja que salió del albergue transitorio caminaba en dirección a la Av. Pueyrredon cuando en hombre de alrededor de un metro y medio, poco mas, poco menos, se abalanza sobre ellos e intenta apoderarse de la cartera de la dama. No se sabe si hubo o no forcejeo, se escucharon varios disparos y la mujer – identificada como Ana María Blassi - que se desplomaba pesadamente sobre la vereda. El hombre que la acompañaba se trenzo en lucha con el atacante y también resultó herido. Minutos después y alertados por el escándalo dos custodios de la embajada del Reino Unido detenían al presunto victimario portando la cartera de la víctima.
Ya en la sede de la policía fue identificado como Juan Martín Colman, un hombre que acababa de salir en libertad después de pasar veintiocho de sus entonces cuarenta y nueve años en prisión. Al ser interrogado por los efectivos policiales conto una increíble historia. Explico que no había sido un robo mas y un homicidio accidental, si no que todo era parte de un pacto con la víctima. “Esa mujer vino a verme hace unos días y me contrató para que los matara. Me dijo que el hombre era un alto oficial de la Marina de Guerra, que le había contagiado el SIDA”, contó Colman.
Según el detenido la mujer estaba furiosa y decía que “como ya tenía la sentencia de muerte firmada se lo iba a llevar con ella”.
El presidiario, inclusive, precisó que el singular pacto se había llevado a cabo merced a los oficios de un intermediario de nombre Aníbal. Colman advirtió en el rostro de los presentes mas asombro que dudas. Y para rematar la increíble historia agregó: “Miren, yo sé que es difícil creer lo que estoy diciendo, pero para que vean que no les miento les voy a dar una prueba de que el pacto existió realmente”. Entonces contó que la mujer los visitó en un bar de la localidad de San Martín, “Los Gonzalo”, anticipándole 200 dólares a cuenta de los dos mil que cobraría por el “trabajo”.
Ana Maria Blassi le dio el lugar y hora de la cita, y agregó en tono sombrío: “Una vez que nos mate a los dos llévese mi cartera, allí encontrara los otros mil ochocientos dólares. De ese modo parecerá un robo y nadie investigará”.
Los policías azorados se miraban entre, la forma en que Colman contaba la historia, por la naturalidad de su voz y sus actitudes el argumento parecía verosímil. La mirada de todos los presentes se dirigió entonces a la cartera de la víctima, la cual descansaba sobre el escritorio. Colman se había fugado aferrado a ella y desde entonces no había tenido siquiera un segundo para detenerse a revisarla.
Allí al alcance de su mano, los policías tenían la prueba para demostrar si Colman estaba inventando una historia delirante o si realmente el pacto de sangre había existido. Abrieron la cartera  y volcaron su contenido sobre el escritorio. Encontraron una peineta, un espejo de mano, caramelos, un estuche con maquillajes y cuando la coartada de Colman empezaba a derrumbarse, dentro de uno de los bolsillos internos de la cartera un fajo de mil ochocientos dólares.
Al poco tiempo se agregaría otra información para ratificar la historia de Colman, el parte médico que trajo el oficial que había acompañado a las victimas hasta el centro asistencial indicaba que el sujeto que había resultado herido era Carlos Di Nucci, Capitán de Corbeta de la Marina.
Hasta aquí los hechos y los datos parecían encajar a la perfección en este misterioso rompecabezas, pero al comisario le quedaban algunas dudas e intento despejarlas. Se acerco al detenido y mirándolo fijamente a los ojos le pregunto: “ ¿Y vos pensabas cargarte un doble homicidio por nada más que dos mil dólares?”. La respuesta de Colman fue inmediata: “Ni loco, tengo la suficiente experiencia como para no cargar sobre mis espaldas un doble homicidio. Yo había planeado salirles al encuentro, asustarlos, robarme la cartera y salir corriendo sin matar a nadie”. Pero claro el marino se le tiro encima “y para colmo ella se aferro a la cartera y no me permitía arrebatársela.
-Vos decis que tiraste al aire dos tiros, pero me informan que la chica recibió dos balazos y el hombre tres. Entonces ¿quién tiró?
-No se pero no fui yo. Es más, mi viejo revolver Doberman tenía en su tambor cinco balas; pero tres de ellas no correspondían a ese calibre y, de haber querido disparar, no habrían salido. Yo llevé el arma para pegarle un susto nada más, no para matar a nadie. Seguramente en ese lugar había alguien más.
Más allá de los mil ochocientos dólares encontrados en la cartera y de la condición de oficial de la Marina de aquel sujeto, aquella noche Colman, también conocido como Tito, demostró no haber mentido en otros aspectos, como se comprobó posteriormente.
•El barcito “Los Gonzalo” existía realmente. Su propietario reconoció que una mujer alta, rubia y de extraordinario parecido con la víctima se había presentado en dos oportunidades, siempre de noche, y había dialogado con Juan Martín Colman, días antes del crimen.
•Las pericias balísticas de la policía demostraron también que el viejo revolver Doberman tenía en su tambor tres balas que no correspondían a ese modelo y calibre.
•Los peritos en rastros hicieron otra comprobación para el asombro: al lado de la cabeza de Blassi encontraron intacta una bala de fusil, modelo Winchester, y conjeturaron que desde la parte más alta del paredón del cementerio de la Recoleta – justo frente al albergue transitorio – una o dos personas pudieron haberles disparado. La dirección y trayectoria de una de las balas recibidas por la mujer y de otra que hirió al marino, así lo indicaban.
•El misterioso Aníbal, mencionado por Colman, comenzó a tener perfiles más definidos con las primeras investigaciones periodísticas. Se trataba de un hombre joven, de no más de veinticinco años, cuyo verdadero nombre era Jaime, quien mandó a un emisario hasta un renombrado estudio de abogados para encomendarles la defensa de Colman.
Si el pacto realmente hubiese existido era necesario e imperioso realizar de forma inmediata un análisis de sangre a las víctimas para ver si realmente tenían HIV. Ana María Blassi falleció a los pocos minutos de haber ingresado a la Clínica del Sol, los resultados de los análisis de ambos fueron contundentes, no estaban infectados. De todas maneras esta circunstancia médica no fue suficiente para derrumbar la teoría esgrimida por Colman. Otros elementos que fueron apareciendo parecían reforzar la hipótesis del pacto. Colman insistía en que la mujer le había anticipado que minutos después de la medianoche del día 8, saldría con su pareja del albergue transitorio. Se comprobó que efectivamente la pareja había entrado al hotel alrededor de las 11:50 p.m., pero no con propósitos amorosos. “Lo que ocurrió fue que Ana se indispuso de golpe; como pasábamos por el hotel, decidió subir para cambiarse una prenda intima” fue la confusa explicación que brindó el marino pero que, por otro parte, no satisfizo a nadie.
Sin embargo, el encargado de turno noche confirmó que la pareja sólo permaneció en el interior del hotel por espacio de doce minutos. “La cama quedó intacta, ni siquiera arrugaron la colcha”, informó a la policía la encargada de limpiar las habitaciones.
Otro dato que llama poderosamente la atención es la trayectoria de uno de los disparos que recibió el marino, uno de los disparos impactó en la pierna y el otro había recorrido toda la espalda desde la nuca hasta la cintura, produciéndole quemaduras en toda su trayectoria sin ingresar en los tejidos. La extraña trayectoria de esa bala estimuló la idea de la existencia de un “tercer hombre” (ya que nunca Colman, un hombre de poca talla, podía haberle disparado ese tiro que llevaba una trayectoria de arriba hacia abajo).
Tanto la defensa de la víctima como la de Colman, sostuvieron enfáticamente en todo momento que otro hombre había disparado contra la pareja, desde el paredón de la Recoleta.
Finalmente, la sala II de la Cámara del Crimen confirmó la prisión preventiva de Colman, dictada por uno de los jueces. Sin embargo, esos mismos magistrados, al confirmar la pena de prisión perpetua, dejaron entrever en su resolución que en las declaraciones del acusado “parecieran vislumbrarse ciertos datos que indicarían un conocimiento de Blassi y Colman”. Además hubo un episodio que debió ser considerado por la justicia: una noche, estando Colman en prisión, entraron en su domicilio al menos cinco desconocidos y la derrumbaron a mazazos en menos de media hora. Sus muebles fueron destrozados y sus pertenecías robadas. Sin embargo, ese episodio ni siquiera fue incluido en la causa. Tampoco se aceptó la exhumación del cuerpo de la victima para verificar cuantos disparos había recibido en realidad aquella madrugada.
El tiempo siguió su curso inexorable. Colman, condenado a la pena de prisión perpetua, fue derivado a distintas unidades penitenciarias del país. A lo largo de sus años, insistió y redobló sus gritos de inocencia. Mientras tanto, los rastros de Di Nucci se pierden en un oscuro viaje a Francia, donde según aseguran algunas fuentes, vive y acaso trata de olvidar y ser olvidado.
Luego de casi una década tras las rejas, Juan Martín Colman, condenado a cadena perpetua por el “crimen de la Recoleta”, insistió en su inocencia. La siguiente es una transcripción de un dialogo con Enrique Sdrech.
-¿Usted piensa que hubo una conspiración en su contra?
-Alguien ha tendido muy bien las redes para impedir que la gente conozco como ocurrieron los hechos.
-¿Existió el pacto de sangre?
-Existió el pacto previo, pero no fue de sangre. Es cierto que días antes del hecho me vino a ver una mujer al barcito de las cinco esquinas, en San Martín, para proponerme un robo. Esa mujer me contó que era pareja de un alto oficial de la Marina de Guerra y que, por circunstancias que no precisó con exactitud, no tenía en su poder una costosísima pulsera de oro y piedras preciosas que él le había regalado.
-¿Cuál fue la propuesta?
-Me dijo que quería blanquear esa ausencia con un hecho que ocurriera delante de su novio, y se le ocurrió que lo mejor era que alguien le robara la cartera donde supuestamente estaría esa alhaja. Ése fue el pacto.
-¿Pero, en su momento, usted habló de un pacto de muerte y de una venganza por haberla contagiado con HIV?
-Se que se hablo de que me habían contratado para que los elimine a ambos, porque eran portadores de SIDA; sé también que se dijo que debido a un repentino arrepentimiento, yo decidí a último momento robarle la cartera y huir sin disparar un solo tiro, y que si tiré lo hice ante la reacción que había tenido su pareja aquella noche. Se dijeron muchas cosas, todas inexactas.
-¿La mujer se identifico con nombre y apellido?
-Me dijo que se llamaba Ana María, y que alrededor de la medianoche saldría con su novio de aquel albergue transitorio. Me contó cómo iba a estar vestida y me dio datos respecto del aspecto físico de su novio. Me dijo también cómo era la cartera que yo debía arrebatarle. Aparentemente, todo había sido planificado con la debida antelación.
-¿No le llamó la atención que lo eligiera a usted sin conocerlo?
-Desde luego que sí. Hubo un contacto de un tercero, un tal Aníbal al que también conocían en el boliche como Jaime. Era lógico que me eligieran para un robo de esas características. Mi vida no ha sido ejemplar.
-¿Cuándo concibió que había sido utilizado para una conjura más refinada y grave?
-Cuando me instalé en el lugar del hecho, al que llegué un poco antes de lo pactado, comenzaron a despertarse dentro de mí algunas dudas. Miré a mi derecha el paredón de la Recoleta; observé la entrada del albergue transitorio, pobremente iluminado, y tuve un presentimiento. Cuando estaba a punto de arrepentirme y abandonar el sitio, pensé en los doscientos dólares que me había dado como adelanto y en los mil ochocientos que encontraría en su cartera y todo lo que podría hacer con todo ese dinero. En eso estaba cuando los vi salir del hotel. El corazón me daba saltos. Les salí al encuentro y le manoteé la cartera, tal como habíamos quedado. Los hechos se precipitaron y ahí mismo tuve la certeza de que había caído en una trampa.
-¿Por qué?
-Comenzaron a sonar tiros antes de que yo intentara apretar el gatillo. Antes de reaccionar vi que la mujer se desplomaba y que el marino que la acompañaba se me venía encima, tirándome golpes en todas las direcciones. Yo sólo atiné a sacarle la cartera, antes de que cayera al suelo, y salí corriendo. Lo demás es conocido.
-Usted dijo haber visto a la mujer en un bar. Pero ese mismo día, a la misma hora, un familiar de Ana María Blassi declaró que estaba en otro lado, muy lejos de allí.
-Y así debe haber sido. Porque cuando yo vi la fotografía de Blassi en los diarios, después de su deceso, me di cuenta de que la mujer que hizo el pacto conmigo era casi idéntica pero no era ella. Es más aún: la que pactó conmigo tenía una casi imperceptible renguera de su pierna izquierda. Eso se lo dije y se lo juré al primer juez de la causa. Y también le dije que aquella noche había un tercer hombre en el lugar, que efectuó los disparos. El juez me recomendó, entonces, declararme culpable ya que en dos años iba a estar afuera. Pero no acepté el trato.
-¿Qué espera ahora?
-Espero que hoy se acuerden de Tito Colman, se acuerden de todo lo que denuncié y nadie quiso escuchar, se acuerden finalmente de que no pido mi libertad, sólo una revisión de causa pero con juicio oral y público, con la presencia de los jueces de instrucción. Si me conceden ese derecho, ya me considero en la calle.
Fuente: Crimenes Famosos, de Enrique Sdrech.


viernes, 20 de enero de 2012

Vuelco en el caso de Nora Dalmasso???

En córdoba circula desde la muerte de Nora Dalmasso un secreto a voces como se suele decir. Desde la noticia del asesinato de Nora, circuló la versión de que su esposo Marcelo Macarrón era el testaferro de José Manuel de la Sota (en ese entonces gobernador de córdoba). Que las valiosas propiedades y campos comprados con dinero producto de coimas y desvío de fondos, fueron puestos a nombre de Marcelo Macarrón, hombre de confianza de Adriana Nazario (actual pareja de José Manual de la Sota), ambos Nazario y Macarrón riocuartenses. La relación de José Manuel de la Sota con su ex-esposa Olga Riutort, se encontrába truncada desde hace ya muchos años, manteniéndose públicamente solo por conveniencia política, ya que Olga Riutort por mérito propio realizó importantes movimientos dentro del peronismo capitalino cordobés. Esta conveniencia surge con motivo que no es extraño para el que quiere enterarse que Olga Riutor es lesbiana, y convive con su pareja. Esta situación nunca pasó desapercibida por la prensa, pero se oculta de la misma manera como ocultaron cuando Ramón Mestre (otro ex-gobernador de córdoba), tuvo un hijo con su secretaria y solo saltó la noticia cuando a su muerte se inició la declaratoria de herederos. Recién allí la prensa se dió por enterada del asunto. No hay peor ciego que el que no quiere ver.   Aca no se trata de juzgar una elección o inclinación sexual de Olga Riutort, pero las cosas hay que decirlas como son, sobre todo cuando sirven de indicio para desenmascarar una red de corrupción. Dada esta situación de pareja con otra mujer de Olga Riutort, José Manuel de la Sota tuvo varias amantes, entre las que se destacó Adriana Nazario, esta fué quien le sugirió a José Manuel de la Sota, armar un testaferro con Marcelo Macarrón. El arreglo político de José Manuel de la Sota con su ex-esposa Olga Riutor, fué que Riutort manejaría el Registro de la Propiedad, y así fué, Olga Riutort tomó posesión del Registro de la Propiedad, designando a sus Directores, personal jerárquico, y empleados, todos fieles a su persona. Como habrá sido el manejo de Olga Riutort del Registro de la Propiedad que incluso trasladó el centro informático del registro de la propiedad a la casa de las tejas (la casa de la gobernación) para tener un control directo sobre los movimientos de la red para realizar todo tipo de delitos y enmascarar de mejor manera la compra de inmuebles de funcionarios politicos por intermedio de testaferros. Así fué como se adulteraron registros, para sacar créditos hipotecarios, o sustituir la titularidad registral de miles de inmuebles de gran valor, para triangular ventas, o proyectos inmobiliarios. Pero la aceitada red de corrupción, no contó con una cosa. Nora Dalmasso le pidió el divorcio a Marcelo Macarrón, exigiéndole el 50% de las propiedades que figuraban a su nombre, incluidas todas aquellas en las que Marcelo Macarrón era testaferro de José Manuel de la Sota. Marcelo Macarrón, intentó hacer entrar en razón a Nora Dalmasso para que no reclamara nada de las propiedades de José Manuel de la Sota, pero ella amenazó con ventilar a los cuatro vientos el modus operandi de la red de corrupción en el registro de la propiedad, y sobre la infinidad de testaferros de políticos. Hoy Nora Dalmasso, está muerta, la causa paralizada, el fiscal se marea en hipótesis pasionales y parece ser que nunca sabremos quien la mató.
2 + 2 es 4, pero para la justicia argentina aparentemente siempre hay cosas que pasar por alto.

martes, 26 de julio de 2011

Detalles del caso Maria Marta Garcia Belsunce

El 27 de octubre de 2002 apareció asesinada en su casa del Carmel Country Club, la socióloga de 50 años, María Marta García Belsunce. Ese mediodía había almorzado en casa de su cuñado Guillermo Bártoli, junto con éste, la esposa y su marido, Carlos Carrascosa. Por la tarde, María Marta se retira a su domicilio, para esperar a su masajista, mientras los demás se quedan para mirar un partido de fútbol.

Durante el regreso, en bicicleta, se cruza con 3 niños, que resultan ser los últimos en verla viva, excepto -claro- por el o los asesinos.-
Aproximadamente, media hora más tarde, el marido dice haber llegado al domicilio encontrándola muerta, en el baño, con medio cuerpo en la bañera llena y el resto del cuerpo en el piso.

El primer médico a quien se llamó fue el Dr. GAUVRY Gordon, quien, pese a manifestar dudas acerca de si la muerte debería ser caracterizada como dudosa, constata el óbito y se retira, luego de haber efectuado, según refiere, 20' de resucitación cardiopulmonar.
Mientras tanto, la Policía nunca fue alertada oficialmente.
Al día siguiente, el Comisario Degastaldi llama al Fiscal Molina Pico, para que lo acompañe a la casa de los Carrascosa, donde había fallecido una allegada al Fiscal General de la Cámara Nacional de Casación Penal. Cuando llegan a dicha casa, son recibidos por Romero Victorica, en un ámbito por el que ya habían pasado cerca de 300 personas.

Dado que Molina Pico desea ver el cadáver, en el momento que entran en la habitación, que se encontraba en penumbras, el hermano se recuesta, acongojado, a su lado, y mientras llora, le cubre la cabeza con sus brazos. Pese a que Romero Victorica insiste en la muerte accidental, Molina Pico decide iniciar la investigación por lo que él llamó "perímetro" (médicos, vigiladores, empleados, etc.).

El 12-11-02 Molina Pico ya tenía conocimiento, por medio de las declaraciones del médico de la 2da. Ambulancia, que habían hallado 3 agujeros en el cuero cabelludo de Maria Marta, y que les había indicado que no se trataba de un accidente, que dieran aviso a la policía y que no limpiaran las manchas de sangre. Cuando Molina Pico trató de tener acceso al expediente policial, así como a las personas del "perímetro", se encontró con varios inconvenientes, como que faltaba el certificado de defunción, y que los presuntos testigos eran difícilmente ubicables.

El Dr. Biasi informó que, al llegar, encontró al otro médico y un enfermero, supuestamente finalizando la Resucitación Cardiopulmonar, con al suelo lleno de ampollas de adrenalina, pero con el cuerpo sin intubar, sin monitorear y en posición inadecuada para tal práctica; también encontró una mancha de sangre, en el baño, al lado del inodoro, roja coagulada, y coágulos grandes en el agua de la bañadera.
Al inspeccionar el cadáver, encuentra 3 orificios en la región parietotemporal izquierda, por donde había salido sangre y lo que parecían ser restos de masa encefálica, de tamaño tal como para poder introducir la primera falange de su dedo índice.
También fue testigo de las indicaciones del primer médico a la kinesióloga, para que comenzara a lavar la sangre con lavandina.
En la entrevista con el hermano de la occisa, también se entera que el certificado de defunción era "trucho" y que tenía una dirección en capital, figurando como causa de muerte, un paro cardiorrespiratorio no traumático.
También por ese entonces sale a relucir el famoso tema del "pituto", un elemento metálico, hallado debajo del cuerpo, que -según manifestaron- convinieron de común acuerdo en considerarlo un soporte para estante y tirarlo al inodoro, de donde fue posteriormente rescatado. Así se constató que, en realidad, se trataba de un proyectil calibre 32 largo, idénticas a las encontradas dentro de la masa encefálica del cadáver.

Cuando, por fin logran efectuar la autopsia, ya habían pasado 36 días, pero como el féretro estaba lleno de formol, el cuerpo aparentaba tener 2 ó 3 días de muerto. Sin embargo, por la acción del formol, era muy friable, con la piel que se desprendía fácilmente, así como el cabello. De este modo, se visualizaron, en la cabeza, parcialmente envuelta en una toalla ensangrentada, 3 lesiones contusas, en el costado superior izquierdo de la cara, otro en el costado opuesto y una tercera en la oreja izquierda "como una trompada".
Luego, comprueban la existencia de 5 orificios, fuera del cuero cabelludo, parcialmente cerrados, con lo que posteriormente se confirmo eran restos de cianoacrilato, componente del conocido pegamento "La gotita", y una sexta lesión, que les impresionó, según los investigadores, como el rebote de un proyectil. También presentaba dos fracturas con hundimiento de cráneo, y una vez abierta la calota, en medio de la masa encefálica licuada, hallaron los 5 proyectiles "deformados por el impacto".

Se encontró una fractura en la 3ra. Costilla del lado izquierdo, post-mortem, "como si la hubieran pateado" encontrándose muerta en el piso. No se encontraron lesiones defensivas, por lo que se presumió que la muerte fue casi instantánea, luego de los disparos.

Se encontró sangre lavada en el baño, en la escalera, en un sillón que se encontraba antes de entrar a la habitación y en una mesita de teléfono, en la pared, hasta dos metros de altura, en almohadones, en la alfombra, en la chimenea y en el atizador. Posteriormente, se encontraron en la escena del crimen huellas que aseguraban la presencia de otra mujer y dos hombres. Luego el examen de ADN confirmó que dichas huellas correspondían a dos hombres y una mujer.
Después de muchas demoras, serían Pachelo, el vecino con el que la occisa había tenido algunos roces, la masajista y un vigilador, quienes se presentaron para la extracción de sangre, que resultaron negativas. El resto de los imputados, recién aceptaron efectuarse el estudio entre fines de 2006 y 2007, resultando también negativas. En medio de todo ello, quedó la sospecha respecto de la Fundación Favaloro y el pedido de allanamiento, fundamentado en una escucha telefónica entre uno de los abogados de la familia y uno de los sospechosos.

La importancia de este caso reside en el increíble contraste entre la infinidad de huellas y rastros hallados en la escena del crimen, y el ocultamiento sistemático de todos ellos en los primeros momentos. Es probable que, cuando la investigación comenzó y se fue desarrollando, muchos de los indicios ya hubieran perdido, por lo menos, parte de su valor forense, de modo tal que se continuaba entorpeciendo la investigación y la búsqueda de la verdad de lo sucedido.

Tomando en cuenta el "Manual de Procedimiento para la preservación del Lugar del Hecho y la Escena del Crimen", del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, del año 2005, se violaron prácticamente todas y cada una de las pautas a seguir. Al respecto, se citan los siguientes conceptos, que corresponden al apartado de "Introducción", página 7:

"Es por ello que el resguardo, la protección y conservación del lugar del hecho y la correcta realización de las distintas medidas probatorias tendientes a la identificación de los hechos y de sus presuntos autores se presentan como focos nodales de interés y requieren para su abordaje del conocimiento técnico-científico que aporta la Criminalística.
Sólo el conocimiento científico, el ejercicio y la aplicación de las mejores prácticas en materia de preservación y conservación aséptica del lugar del hecho, de recolección de datos, elementos e indicios con rigor científico garantizarán el éxito de la investigación y el trabajo posterior de los peritos en distintas especialidades.
El rigor científico con que se desarrollen los primeros pasos en la investigación constituye la base fundamental para reconstruir el cómo, el dónde, el cuándo y tener la certeza de atribución de responsabilidad penal, individualizando a los autores y/o partícipes del delito."

martes, 18 de agosto de 2009

La historia del "Malevo" Ferreyra

Mario Oscar Ferreyra nació el 17 de Junio de 1945, en Los Pereyra, Cruz Alta, al este de Tucumán. Cuando tenía 18 años, en 1963, entró en la Policía. Los médicos lo habían rechazado por flaco y petiso, pero gracias a un conocido logró ingresar. Así se inició la carrera del "Malevo", el ex director General de Investigaciones condenado a cadena perpetua por el triple crimen de Laguna de Robles que el 21 de Noviembre, con tal de que la Gendarmería no lo detuviera, se pegó un tiro en la cabeza con una pistola en su casa de San Andrés.
En 1973, siendo ya oficial, peleó contra 15 manifestantes de la Juventud Peronista (JP) durante un tumulto en el centro, y le dieron un botellazo en la cabeza; la cicatriz lo acompañó por el resto de su vida. Dos años después, se enfrentó con Julio Alsogaray, de Montoneros, a quien mató. "Los dos teníamos FAL (fusil de asalto liviano), pero él perdió porque dudó entre disparar y cubrirse", contó.
Durante la dictadura militar estuvo dos años y cinco meses en situación pasiva, acusado de matar sin razón, según las crónicas de ese tiempo. En 1986, ya en plena democracia, se le imputó el crimen del conocido delincuente Enrique "Prode" Correa, pero la Justicia consideró que no había pruebas en su contra y lo absolvió.
Un año después, cuando ya era jefe de Robos y Hurtos, protagonizó un tiroteo en el acceso Norte, durante el cual murieron dos miembros del clan "Gardelitos".
En 1988 se lo acusó de la muerte de otro "Gardelito", Daniel Carrizo quien había sido torturado en un calabozo de la Brigada, aunque tampoco hubo pruebas para condenar a Ferreyra. En enero de 1990 lo nombraron jefe de la Dirección General de Investigaciones y dos meses después se puso al frente de una revuelta policial que exigía mejores salarios al gobernador José Domato. El levantamiento tuvo en vilo la provincia durante dos semanas. Treinta policías habían sido cesanteados a raíz del conflicto, pero finalmente el Gobierno dio marcha atrás con la medida. Mientras tanto personal de Gendarmería Nacional tenía a su cargo la seguridad de la provincia, ya que el grueso de los policías estaba autoacuartelado en la Jefatura. Cuando se llegó a un acuerdo, Ferreyra reunió a los sublevados y, luego de comunicarles el pacto alcanzado, les dijo: "mi tarea ha culminado y les agradezco que me hayan acompañado". Con esto se metió a los policías en el bolsillo. Al grito de "'Malevo' corazón" lo sacaron en andas de la Jefatura.
Laguna de Robles
El 10 de Octubre de 1991 comenzaría el principio del fin. Ese día, en Laguna de Robles fueron asesinados tres presuntos delincuentes: José "Coco" Menéndez, Hugo "Yegua Verde" Vera y Ricardo "El Pelao" Andrada. Ferreyra aseguró que se había tratado de un enfrentamiento y que las víctimas habían formado parte de una peligrosa banda de asaltantes. El 30 de Noviembre de ese mismo año denunció públicamente que nueve comisarios utilizaban la Policía en provecho propio, afirmó que tenían "ambiciones desmedidas" y aseguró que se estaban enriqueciendo ilícitamente.
Al otro día, por orden del jefe de Policía, Víctor Rubén Lazarte, Ferreyra fue pasado a disponibilidad. Una semana después, uno de los comisarios a los que Ferreyra había denunciado, Alberto Ignacio Alcaraz (quien luego sería jefe de Policía), afirmó que lo de Laguna de Robles había sido una ejecución, versión que fue apoyada por el agente Luis Dino Miranda, quien había formado parte del grupo del "Malevo". El 9 de Diciembre, Ferreyra y sus hombres se entregaron a la Justicia.
El juicio comenzó el 26 de Noviembre de 1993. El 14 de Diciembre, "El Malevo" se hizo conocido en todo el país. Ese día lo condenaron a prisión perpetua y él se atrincheró en la Alcaidía de Tribunales. Había entrado vestido de traje, pero cuando salió ya se había colocado su característica camisa negra y su sombrero Panamá. En una mano llevaba una granada. Sin que nadie lo interceptara cruzó la calle y escapó.
La fuga duró 79 días. El 3 de Marzo de 1994 fue rodeado por policías en Zorro Muerto, Santiago del Estero. Tras varias horas de negociaciones, y luego de ser herido durante un tiroteo con los uniformados, hizo caso a las súplicas de su esposa, María de los Ángeles Núñez y se entregó. Luego de esto fue trasladado al penal de Villa Urquiza. En 1996 el gobernador Antonio Bussi fijó la pena en su contra en 20 años de prisión, explicando que "Ferreyra es un hombre de ley que se excedió". El 17 de Septiembre de 1988 comenzó a disfrutar del permiso extramuro para trabajar. Pero el beneficio no duró mucho. El 22 de Diciembre de ese mismo año fue condenado a seis años de prisión por la fuga.
Pelea vecinal
El último incidente serio que lo tuvo como protagonista ocurrió el 23 de Abril de 2006, cuando, junto con su esposa, fue denunciado por una vecina de San Andrés, María del Valle Acosta, quien dijo haber sido amenazada y que los acusados habían destrozado su casa a raíz de una disputa por la colocación de un alambrado. La investigación estuvo a cargo del fiscal Guillermo Herrera, quien lo acusó por amenazas de muerte y tenencia de armas, aunque él, al declarar, dijo ser inocente. El 15 de Junio pasado el juez Alfonso Zottoli decidió enviar al "Malevo" a juicio.

"Hasta siempre María"
El ex comisario anticipó el 21 de Noviembre ante las cámaras de televisión su decisión de suicidarse debido a la presencia de la Gendarmería, que iba a detenerlo.
Ferreyra dijo que iba a tomar una determinación "a lo animal", adelantó a los periodistas que iban "a transmitir algo real" y aseguró que si los efectivos ingresaban a su casa "no sostendría un segundo" resistencia.
"Esto va a tener un final, que obren, que operen, que usen armas y tengan buena puntería", señaló el ex policía en el último reportaje brindado a una periodista del canal Crónica TV, sobre el tanque de agua de su casa.
Enseguida, pronunció un "hasta siempre María", en alusión a su esposa María de los Ángeles Núñez, y se disparó cerca de una oreja, imagen que quedó filmada y luego fue transmitida a todo el país.
La ruina. Antes del desenlace, afirmó que la Justicia lo buscaba por una "causa inventada" y que esto provocaba una situación que "estaba arruinando" a su familia.
Además, acusó a los funcionarios judiciales de no tener "coherencia y actitud" y de haber "armado una acusación integral" que lo ponía "bajo presión".
En tal sentido, opinó que las acusaciones contra represores de la dictadura "están llevando" a la Justicia "en una especie de dictadura, de tiranía. Van a seguir deteniendo gente inocente. Si no hay algo supremo, esto no va a tener fin. Pido que dejen de arrestar a policías".
La noche anterior al suicidio, Ferreyra, según admitió, pidió la presencia de un sacerdote para confesar sus pecados y solicitar que lo "absuelva", y recordó que en su juventud había pasado "tres años" en la orden de los franciscanos. "Le temo a tata Dios, nada más", dijo cuando se le preguntó si la presencia de la Gendarmería le daba miedo.
Fuente: El Informante

lunes, 3 de agosto de 2009

El vengador anónimo

Otro curioso hecho de la historia criminal argentina nos lleva a Rosario, allí a mediados de 1975 fue secuestrado Pablo Rheintein, hijo de un conocido profesional de aquella ciudad.Según se supo el hecho fue consumado por Miguel Ángel Cazón, Luís Eliseo González y Alfredo Risiglione. En un principio y de acuerdo con el plan fijado debía ser un secuestro extorsivo mas, se pediría un millón de pesos y se entregaría a la victima, hasta aquí nada anormal. Pero como dicen algunos al diablo metió la cola, el día pactado para la entrega del dinero, el padre de la victima coloco el millón de pesos en una bolsa de residuos y la dejo donde los secuestradores le habían indicado, en la periferia de una villa cercana a Rosario.Todo se estaba dando según lo planificado, hasta que aparecen en escena unos cirujas que cartoneando ven cuando el automóvil de la familia Rheintein se detiene y una figura masculina desciende y deja al costado del camino una bolsa. Los cirujas llegaron antes que los delincuentes y se llevaron la bolsa con el preciado botín.Los secuestradores llegaron al lugar y rastrillaron la zona en vano en busca del bolsón con el dinero, sintiéndose engañados volvieron a la verdulería donde tenían a la victima atada y amordazada con una decisión tomada: asesinarían al joven.Un tiro en la cabeza y otro en el corazón para rematarlo terminaron con la vida de Pablo, fue sepultado en el fondo de la misma verdulería y cada uno regreso a su vida normal como si nada hubiera pasado.Durante un tiempo nada se supo de los secuestradores y todos las diligencias policiales terminaban en nada. Recién en 1978 cuando los responsables del hecho se sentían ya seguros, un “buchon” oriento a la policía brindándole datos muy precisos. Después de meses de inteligencia en torno a los sospechosos un juez autorizo el allanamiento del lugar donde había ocurrido el hecho. Allí ya no funcionaba la verdulería, había ahora una casa particular y sobre el lugar donde estaba enterrado el cuerpo un coqueto living, igualmente se hizo la excavación y a un metro de profundidad se encontraron con el horror y el espanto.Los peritos confirmaron un balazo en la frente y otro en el corazón, se había utilizado un arma calibre 22.Detenidos los tres confesaron con lujo de detalles y fueron condenados a cumplir su pena en la cárcel de Coronda.Nunca más se supo del dinero que encontraron los cirujas, pero en el barrio donde vivían, fueron muy significativos los cambios que se vieron en la estética del lugar.Al tiempo y como consecuencia de la polémica ley de reducción de penas, mucho tiempo antes de cumplirse los plazos previstos en las respectivas condenas, uno a uno fueron recuperando la libertad.El primero en salir fue José Felipe Risiglione, tomo un ómnibus que lo conducía desde el penal hasta la ciudad de Rosario y en un breve descanso en el paraje Maciel Risiglione aprovecho a ir al baño.Cuando el micro volvió a partir llevaba un pasajero menos, el cuerpo sin vida de Risiglione fue hallado en el baño de aquel paraje rural, tenía una bala en la cabeza y otra en el corazón, “son de calibre 22” fue el informe de los peritos en balística. Nadie escucho ni vio nada.No hace falta indagar mucho para darse cuenta que no fue un crimen común, fue finamente planificado, un calco del crimen del joven Rheintein.¿Quién era el autor?, todas las averiguaciones terminaban en un hermético silencio, el miedo comenzaba a hacer de las suyas.Al poco tiempo salio en libertad Miguel Ángel Cazón, volvió a Rosario en auto con un amigo porque no se animo a viajar en micro, se perdió por un tiempo en el anonimato y entre changa y changa termino trabajando en un minimercado. Una noche de 1988 pidió permiso al dueño del local para retirarse antes, se lo veía nervioso y asustado, salio a las 9:15 y apenas pudo hacer algunos pasos, se escucharon dos detonaciones y Cazón cayo muerto al suelo, una bala en la cabeza y otra en el corazón. Esta vez las investigaciones fueron un poco mas lejos, Cazón había sido asesinado desde el segundo piso de una obra en construcción, allí se encontraron dos vainas calibre 22 y dos balas del mismo calibre. Finalmente la justicia dispuso la detención del Emilio Rheintein y de su chofer, un ex integrante de una fuerza de seguridad famoso por su buena puntería. Al poco tiempo fueron liberados por falta de merito. La prensa Rosarina titulo el caso como “El vengador anónimo”.El caso comenzó a languidecer y pronto cayó en vía muerta, al poco tiempo y dejando de lado algunas otras especulaciones el caso se cerró definitivamente. Pero que paso con el tercer implicado, la historia no estaría completa si no nos refiriéramos a Luís Eliseo González. Salio en libertad cuando ya Risiglione y Cazón estaban muertos, prácticamente se esfumo y por mucho tiempo no se supo de él.A fines de 1989 la Prefectura Naval Argentina extrajo de las aguas del Paraná, a unos quinientos metros del puerto de Rosario, el cadáver de un hombre en avanzado estado de descomposición. Por las condiciones que presentaba fue imposible identificarlo, aunque luego de un buen proceso de enfriamiento se pudo establecer que tenia un balazo en la cabeza y otro en el pecho. Eso dio lugar al nacimiento de un nuevo rumor, el vengador anónimo había vuelto y el muerto no era otro que el cómplice que Cazón y Risiglione.Desgraciadamente no hubo avances en las tareas de identificación, pese a lo cual la opinión publica no tuvo dudas que este asesinato había sido la ultima etapa en la venganza del aquel tirador invisible.

Fuente: Crimenes Famosos de E. Sdrech

lunes, 27 de julio de 2009

Llamados del mas allá

Otro frío invierno en Valeria del Mar, la casa de vacaciones estaba ya terminada y la nueva familia vecina del lugar se había instalado unos días allí para supervisar los últimos detalles, corría el mes de agosto y todos los pobladores del lugar buscaban incesantemente a los hermanitos Mondaque quienes habían desaparecido hacía dos meses atrás.
Los nuevos vecinos siempre se mantuvieron al margen de la búsqueda y los encuentros que día por medio se hacían en la casa de los padres de los chiquitos desaparecidos.
La tarde que se marchaban algo muy extraño sucedió, "cuando estaban punto de emprender el retorno y ya habían puesto el auto en marcha el padre se molesto con su pequeña hija porque esta seguía parada, como extraviada frente una heladera familiar en desuso y abandonada en un terreno baldío" contó el comisario inspector Germán Gomez, jefe de la seccional Pinamar. El hombre mando a su hijo para que la llamara y subiera al auto, el pibe volvió solo y con una inquietante respuesta. Les dijo que su hermanita no quería volver porque los chicos que estaban dentro de la heladera no querían jugar con ella.
Tres días después la policía abrió la puerta de aquella heladera y el espanto se hizo presente una vez mas.
El 17 de junio de 1984 era otro día frió, los hermanitos Roberto (8) y Fernando Mondaque (7) desaparecieron de la humilde vivienda que ocupaban con sus padres. Los vecinos contaron que los chicos se encontraban jugando en la puerta de la casa cuando por allí paso un caballo blanco al que empezaron a perseguir para enlazarlo en otra típica travesura infantil, nunca regresaron. Al caer la noche los padres empezaron a intranquilizarse, los hermanitos solían irse de la casa pero nunca tanto tiempo.
A partir de ese día comenzaron a formase grupos que con linternas y hasta con antorchas no paraban de rastrillar el lugar día y noche en una intensa búsqueda que abarco 150 km. cuadrados y donde hasta las cuevas naturales de la zona fueron objeto de una prolija pesquisa. Con el apoyo de casi todo el personal de la seccional Pinamar se organizaron numerosas partidas con la colaboración también de baqueanos de la zona, bomberos y vecinos. No se dejo un lugar sin remover, se utilizaron caballos, helicópteros y maquinaria municipal para revolver médanos. Cientos de afiche con el rostro de los niños empapelaron todo el lugar.
Para sorpresa de todos cuando se cumplieron dos meses de la desaparición aparece en escena un personaje poco común en estos casos, un parapsicologo de la zona famoso por sus reiterados aciertos en casos de difícil resolución, creer o reventar.
"No busquen mas , detengan todos los rastrillajes" anuncio ante la sopresa de todos, "los niños no se encuentran a mas de cincuenta metros de su casa, eso es todo lo que percibo".
Al día siguiente en el interior de una vieja heladera en desuso, abandonada a unos metros de la casa de lo Mondaque aparecieron los cuerpos de los hermanitos.
Los peritajes forenses arrojaron que al momento del hallazgo, los niños llevaban diez días muertos y que habían sido sometidos a feroces castigos y reiteradas violaciones.
Hubo dos detenidos, un albañil de 45 años que fue liberado rápidamente por falta de merito y un joven de 19 años también albañil que fue declarado insano e inumputable por los psiquiatras del instituto de Melchor Romero.
Hoy a 25 años del caso los padres de los chicos y los vecinos siguen reclamando un juicio que nunca fue y que quizás nunca llegue.

Fuente: Crímenes famosos de E. Sdrech

jueves, 23 de julio de 2009

El asesinato del padre Carlos Mugica

El padre Carlos Mugica fue un paradigma de su tiempo, a la vez que una contradicción en sí mismo. Hijo de una familia de clase alta, ofrendó su vida por los más humildes, incluso conociendo de antemano que ésa era una posibilidad demasiado cercana.
Para servirles, renunció a una prometedora carrera en el seno de la iglesia, que podría haberlo llevado a las más altas jerarquías, ya que era un hombre de brillante inteligencia. Pero eso no era todo: era un cura peronista que trabajaba en el Barrio Comunicaciones, hoy Villa 31. Vivió sin miedo y sin pedir nada para sí mismo. Lo asesinó un matón a sueldo, en el que algunos creyeron reconocer al comisario de la Policía Federal Rodolfo Almirón.
Después de muchos años, para desmentir a sus asesinos, Mugica sigue siendo recordado como lo que fue: un cura como los que prefería otro mártir de aquellos tiempos, el "Chacho" Angelelli: "con una oreja en el Evangelio y la otra en el pueblo".El que luego sería el padre Carlos Mugica nació en Buenos Aires el 7 de Octubre de 1930, en el seno de una familia de clase alta. Su padre, Adolfo Mugica, fue diputado conservador entre 1938 y 1942 y posteriormente, en 1961, Ministro de Relaciones Exteriores, durante la presidencia de Arturo Frondizi. Por otra parte su madre, Carmen Echagüe, pertenecía a una familia de ricos estancieros bonaerenses.
En 1949 comenzó la carrera de derecho -de la que cursó sólo dos años- en la Universidad de Buenos Aires. En 1950 viajó con varios sacerdotes y con su amigo Alejandro Mayol a Europa, donde comenzó a madurar su vocación sacerdotal. En Marzo de 1952, a los 21 años ingresó al seminario para iniciar su carrera sacerdotal. Finalmente se ordenó como sacerdote en 1959, pocos años después de haber participado -según sus propias palabras- "del júbilo orgiástico de la oligarquía por la caída de Perón". Pero Mugica también sabía reconocer sus contradicciones. Relataba que en una ocasión, caminando por un pasillo oscuro de un conventillo, vio una leyenda escrita en la pared que lo conmovió profundamente: "Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos". Los cuervos eran los curas. Quizás en ese momento supo que si permanecía en el lugar de siempre, seguiría estando en la vereda de enfrente de la gente humilde.Después de ordenarse, sirvió en la diócesis de Reconquista y luego colaboró con el cardenal primado de Argentina, Antonio Caggiano, en lo que parecía ser el comienzo de una prometedora carrera eclesiástica. Pero ya en sus primeros destinos como sacerdote tuvo problemas. El propio Mugica recordaba uno de sus primeros tropezones con humor: "Creo que la misión del sacerdote es evangelizar a los pobres... e interpelar a los ricos. Y bueno, llega un momento en que los ricos no quieren que se les predique más, como sucedió en el Socorro cuando me echaron las señoras gordas que le fueron a decir al párroco que yo hacía política en la misa".
Años después, en 1966, se encontró en una misión en Santa Fe, a los que serían luego los fundadores de la organización Montoneros Carlos Ramus, Fernando Abal Medina y Mario Firmenich, a los que ya conocía de cuando estaba destinado en la pastoral para los jóvenes en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Esta relación los influenció a todos ellos y les sirvió para tomar por el hasta entonces impensado camino de la lucha y del compromiso con los sectores más humildes de la sociedad.Su encendida y pública defensa del peronismo, como asimismo la frecuencia con que en sus discursos citaba al Che Guevara, a Mao y a Camilo Torres y otros, le trajeron al padre Carlos abiertos, y cada vez más frecuentes, choques con el arzobispo Juan Carlos Aramburu.
En los tiempos en los que nacía la dictadura militar que encabezó el malhadado General Juan Carlos Onganía, durante la cual se agudizarían hasta límites intolerables las contradicciones entre el Ejército y el pueblo argentino; entre los intereses de la Patria y los del imperio; entre una Iglesia cómplice de la dictadura y los sacerdotes que, sin grandilocuencia pero con firmeza, buscaban, como Camilo Torres, el camino de la liberación, encontró Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe -tal su nombre completo de "niño bien"- su destino. El año 1968 fue decisivo en la vida del padre Mugica. Viajó a Francia para estudiar Epistemología y Comunicación Social; profundizó su amistad con el padre Rolando Concatti -uno de los fundadores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo- y viajó a Madrid, donde conoció al General Juan Domingo Perón.Estando en París se enteró de la fundación del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Inmediatamente, con la presteza de los que saben que han encontrado su destino, adhirió a él. También comenzó a colaborar con el Equipo Intervillas que creó en ese año decisivo el padre Jorge Goñi.Al volver de la capital francesa se encontró con que el padre Julio Triviño -un cura situado ideológicamente en sus antípodas- lo había reemplazado como capellán de las monjas del Colegio Malinkrodt. Claro que el cambio que habían decidido las monjas no era inocente ni casual. Triviño, un conspicuo representante de la línea conservadora de la iglesia argentina era también, para que no estuviera ausente la coherencia, capellán castrense.
El destino comenzaba a alcanzar a Mugica. Los padres asuncionistas, que estaban a cargo de la parroquia de San Martín de Tours -otra de las iglesias en las que se refugiaban los ideólogos de todas las dictaduras pasadas y futuras-, habían decidido abrir una capilla en la villa de Retiro y le ofrecieron al joven sacerdote que se hiciera cargo de ese trabajo, que aceptó alborozadamente. Lejos estaba ya Mugica de aquel joven sacerdote de buena cuna que hollaba los pasillos de la Curia, y que daba los primeros pasos de una brillante carrera eclesiástica. De habérselo propuesto, posiblemente hoy existiría en la nómina de la iglesia algún obispo o cardenal llamado Carlos Mugica, que entregaría su anillo a los fieles para ser besado y que luego pontificarían contra el peronismo. En el Barrio Comunicaciones levantó la parroquia Cristo Obrero, en la que ejerció su compromiso hasta el día de su asesinato. Al mismo tiempo, colaboraba con su gran amigo, el padre Jorge Vernazza, como vicario de la parroquia San Francisco Solano. También por esos tiempos su poderosa intelectualidad se convirtió en faro desde la cátedra de Teología en la Universidad de El Salvador y desde las que dictaba en las facultades de Ciencias Económicas, de Derecho y de Ciencias Políticas.
El compromiso con los pobres que asumió el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, entretanto, chocaba de frente con la prohibición estricta de manifestarse políticamente, decidida por el arzobispo coadjutor de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, decidido más que nunca a mantener a la iglesia alineada con el poder. Por supuesto que Aramburu jamás se opuso a las efusiones ideológicas de los curas que tomaban el té en las mansiones de San Isidro o de Barrio Norte, incluido él mismo. Desde su retiro, el antiguo prelado amigo del poder ve pasar sus días en una opulenta mansión de la calle La Pampa, cercana a las de sus amigos de la Avenida Melián, ostentadores de una riqueza que habita muy lejos de la gente que fue el motivo de los desvelos del padre Mugica.Pero aquellos años exigían definiciones. La violencia que ejercía la dictadura se tornaba más indecente a medida que su poder era cuestionado con más decisión por las organizaciones populares, que tampoco desistían de utilizar la violencia revolucionaria. Uno de los amigos más cercanos de Mugica, el padre Alberto Carbone, fue encarcelado tras la muerte del ex dictador Pedro Eugenio Aramburu a manos de la organización peronista Montoneros.
La apasionada defensa de su amigo, su antigua cercanía con los fundadores de la mítica organización guerrillera y su actitud frente a la violencia popular que, al negarse a condenarla, la dictadura consideró "poco clara", provocaron también su encarcelamiento. Los periódicos La Razón y La Nueva Provincia cuestionaron con dureza a Mugica por su "justificación de la violencia que se ha desatado en el país". Claro, que para esos personeros de oscuros intereses no habían existido ni la Semana Trágica, ni los bombardeos de Plaza de Mayo, ni la furiosa represión del Plan Conintes, ni nada. La violencia la habían desatado -en su particular concepción- los peronistas, que hasta ese tiempo sólo habían sufrido represión, humillación y muerte. Las homilías del padre Mugica y de todos los sacerdotes del MSTM eran grabadas por los servicios, colocándolos casi en una situación de blancos móviles. Aramburu -el arzobispo- le propuso varias veces a Mugica que abandonara el sacerdocio. Mugica rechazó el ofrecimiento, aunque esta situación lo angustiaba fuertemente. "Espero, en Dios, no verme forzado jamás a abandonar el sacerdocio, aunque deba resistir infinitas presiones", definió alguna vez, con la claridad de siempre.Tras la asunción del gobierno popular, el 25 de Mayo de 1973, Mugica aceptó un cargo -no rentado- de asesor del Ministerio de Bienestar Social, aunque luego se desvinculó de él por sus discrepancias con el Ministro José López Rega, que luego tendría el dudoso honor de ser el fundador de la no menos dudosamente célebre "Triple A". La explicación de Mugica fue sabiamente sencilla: "no había comunicación entre el ministerio y los villeros".De todos modos, comenzaron a tomar cuerpo otras preocupaciones para el sacerdote: una noche, ante algunos colaboradores del Barrio Comunicaciones, manifestó que "López Rega me va a matar". Pero por esos días le había dicho a un periodista que "no tengo miedo de morir. De lo único que tengo miedo es de que el arzobispo me eche de la Iglesia".
En 1974 apareció el disco "Misa para el Tercer Mundo", en el que el Grupo Vocal Argentino cantaba -sobre textos escritos por el propio Mugica- ritmos argentinos, africanos y asiáticos. Como premio, tiempo después, un hombre poco afecto al arte y a la generosidad, el Ministro del Interior de Isabel Perón Alfredo Rocamora, mandó destruir miles de ejemplares de esa obra.Las amenazas de muerte se multiplicaban sobre la humanidad de Mugica. La revista seudoperonista, El Caudillo, se preguntaba -con una sorna no exenta de estupidez- si "está al servicio de los pobres o tiene a los pobres a su servicio", a la vez que lo acusaba -con la misma supina estupidez- de "bolche". El 11 de Mayo de 1974, el padre Carlos Mugica cumplió con algunas de sus rutinas habituales. A las ocho y cuarto de la noche, después de celebrar misa en la iglesia de San Francisco Solano -situada en la calle Zelada 4771, en el barrio de Villa Luro-, se disponía a subir a su humilde Renault 4-L, cuando un triste personaje -en el que algunos testigos creyeron reconocer al comisario Rodolfo Eduardo Almirón, el jefe de la "Triple A" lopezreguista- bajó de un auto y le pegó cinco tiros en el abdomen y en el pulmón. El tiro de gracia se lo dio en la espalda. Una manera infame de acabar con la vida de un hombre digno, que siempre respetó antes que nada su mandato interior, ese que nacía de su pueblo y que se prolongaba luego en su propia voz.El sacerdote fue enterrado posteriormente en el cementerio de Recoleta, hasta que en 1999, en un acto de justicia, sus restos fueron trasladados a la Parroquia Cristo Obrero, en el Barrio Comunicaciones, donde amó y fue amado sin condiciones, que hoy es conocido como la Villa 31.
Desde entonces, Mugica, para contradecir a sus asesinos, habita en un territorio del que jamás será desalojado: el corazón de su pueblo. Un lugar que comparte con muy pocos, entre los que pueden contarse sus amados Juan Domingo Perón, la abanderada de los humildes, Evita y el también mártir obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli.
Fuente: elinformante.com

lunes, 13 de julio de 2009

La Dra. Giubileo

Otro gran misterio de la historia policial argentina es el caso de la Dra. Cecilia Enriqueta Giubileo, quien desapareció la medianoche del 16 de junio de 1985 y nunca mas se supo de ella.
La Dra. Giubileo trabajaba desde 1977 en la colonia neuropsiquiatrita Montes de Oca, en Torres, partido de Lujan, tenia 39 años.
Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban consignas en las calles de La Docta.
Cecilia se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad.
En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres. Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su especialidad: "Clínica médica".
La mañana del 17 comenzó como cualquier otra, en el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio? ¿Alguien entró a visitarla?
Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia, alarmados, hicieron la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como "búsqueda de paradero". La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: "Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato".
Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora Giubileo se había esfumado.
Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo, conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes. Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.
La familia de Cecilia, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.

El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes, esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos enfermos? El caso Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.
Las conjeturas sobre su desaparición fueron infinitas. Se dijo que había descubierto una red que se dedicaba al tráfico de órganos y que, por eso, la habían secuestrado y asesinado. Que había sido víctima de la venganza de un grupo de tareas de los terribles 70 o de una organización subversiva.
También se aseguró que se había exiliado en un pueblo limítrofe entre Ecuador y Colombia porque se había convertido en miembro de una secta religiosa. Y, por último, que mantenía relaciones con mujeres y practicaba ciencias esotéricas.
Nada de esto se pudo comprobar y el caso termino impune.
Nunca hubo una sola pista firme para encontrarla. Sí infinidad de preguntas sin responder. El director de la Colonia, Francisco Elías Sánchez, no hizo la denuncia policial por la desaparición de la médica. En cambio, inició un sumario administrativo por el abandono de la guardia. La Casa Médica fue el último lugar en donde se la vio a Giubileo, allí descansaban quienes estaban de guardia. Al otro día de su desaparición (un lunes), en el lugar comenzaron tareas de refacción y pintura de las habitaciones. Muchas pruebas se perdieron para siempre. La hoja del cuaderno donde constaba el último ingreso de la médica a la Colonia fue arrancada. Se robaron una libreta, carpetas y una grabación de la casa de Giubileo. Según sus amigas, eran las pruebas de las sospechosas muertes de los pacientes. Durante la investigación, grupos de encapuchados golpearon e intentaron secuestrar a varios de sus amigos y colegas de la colonia. Entre ellas las enfermeras "Chichita" Realini y Mabel Tenca, las últimas personas que la vieron con vida.
Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.
¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.
Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Giubileo.
Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían sido visitados por nadie durante el último año, la desorganización, el caos administrativo y la desidia hacían de Open Door un depósito de cobayos. Las evidencias eran abrumadoras: cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los pacientes solían escaparse. Pero uno de los "huidos" era parapléjico. ¿Por qué la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por quienes nadie protestaría? Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos.
La conexión de este infierno con la doctora Giubileo no tardó en instalarse en la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un turbio mundo ilegal.
Otra gran deuda de la justicia argentina que prescribió en el año 2000 con más dudas que certezas.

Fuente: lanacion.com

jueves, 9 de julio de 2009

El petiso orejudo

Un día de 1906, el empleado municipal Fiore Godino entró en la comisaría décima, en la calle Urquiza 550, y a los gritos clamó ayuda para controlar a su propio hijo, Cayetano Santos Godino, de sólo 9 años:
-¡Señor comisario, yo no puedo con él! Es imposible dominarlo. Rompe a pedradas los vidrios de los vecinos, les pega a los chicos del barrio… Y si lo encierro en casa es peor. Se pone como loco. El otro día encontré una caja de zapatos. Había matado a los canarios del patio, les había arrancado los ojos y las plumas y me los dejó en la caja, al lado de mi cama…
Cayetano Santos Godino, nació en 1896 en un conventillo de la calle Deán Funes 1158 y fue el menor de 12 hermanos, lo bautizaron Cayetano como el primogénito, muerto a los diez meses de vida de una afección cardiaca. Su vida la dedico a matar y a quemar en un raid criminal como la ciudad jamás había visto.
El Petiso Orejudo, como quedo registrado en la historia criminal argentina y en la mitología macabra de aquella Buenos Aires, era un chico frágil: enfermó de enteritis a los pocos años y creció raquítico, esto de ninguna manera le impidió convertirse en el mayor asesino serial y pirómano del sur de América.
Fue a varias escuelas, pero duraba poco: lo expulsaron seis veces y nadie le enseñó a leer. Cuando fue revisado por los médicos, éstos contaron 27 cicatrices en la cabeza provocadas por las palizas del padre y de su hermano Antonio.
A los siete años, Cayetano era tan bajo y menudo que parecía de cuatro. Lo llamaban "El Oreja" o "El Petiso Orejudo" porque sus apéndices auditivos eran grandes y apantallados. A los 8 cometió su primera fechoría. Tomó de la mano a un niño de 21 meses y lo llevó a un baldío donde comenzó a pegarle en la cabeza con una piedra. Al pequeño Miguel de Paoli lo salvó el vigilante de la esquina, que llevó al agresor a la comisaría. El padre tuvo que ir a buscarlo y todo quedó como una pelea de chicos.
En 1908 lo encerraron en un reformatorio de Marcos Paz. Iba a pasar allí tres años, pero no sirvió de nada.
El año 1912 fue un año lleno de sucesos históricos, pero en la memoria de los argentinos quedo registrado como el más macabro en cuanto a crímenes e incendios se refería.
El 25 de enero se encontró, en una casa vacía de Pavón 1541, el cadáver de Arturo Laurora, de 13 años, golpeado y estrangulado.
A las seis de la tarde del 7 de marzo de 1912, una niña de 5 años llamada Reina Bonita Vainicoff, hija de inmigrantes judíos que vivían en la avenida Entre Ríos 522, miraba la vidriera de una zapatería. De pronto, sin que nadie atinara a darse cuenta cómo, el vestido blanco de Reina Bonita, lleno de volados y puntillas, comenzó a arder. Alguien le había tirado un fósforo. A pesar de los gritos desgarradores de la niña en llamas, y de que un policía se tiró sobre ella para apagar el fuego con el cuerpo, no pudo ser salvada. Reina Bonita, con quemaduras múltiples, murió 16 días más tarde. La tragedia se ensañó con la familia Vainicoff: el abuelo, al ver que su nieta ardía, cruzó la avenida Entre Ríos sin mirar y lo mató un auto.
El 16 de julio de ese mismo año, Cayetano incendió un corralón en Garay al 3100. En septiembre, mientras trabajaba como mandadero en unos almacenes del barrio, acuchilló a un caballo en los establos de Chiclana al 3300. Dos días después prendió fuego a la estación de tranvías de la Compañía Anglo, que tenía entrada por Estados Unidos y por Carlos Calvo. El 8 de noviembre de 1912, y en un descuido de sus padres, desapareció el niño Roberto Carmelo Russo, de dos años y medio, quien jugaba con su hermanito mayor en la vereda de Carlos Calvo al 3800. Minutos más tarde, un vigilante rescató a Roberto Carmelo en un baldío. Lo habían maniatado con un piolín. Junto a él estaba un muchacho menudo y de orejas apantalladas: alegó que acababa de descubrir a Robertito y estaba desatándolo.
Durante ese mes de noviembre, otros extraños sucesos conmovieron al barrio: alguien incendió un galpón de azulejos en la calle Carlos Calvo y Carmen Ghittoni, de tres años, fue golpeada en un baldío de Chiclana y Deán Funes. El vigilante llegó corriendo y sólo avistó de lejos al agresor, que huía. Cuatro días después, Catalina Neolener, de cinco años, sufrió un ataque similar en el umbral de su casa, en Directorio 78. Pero todo se iba a precipitar el día de la tragedia, el martes 3 de diciembre de 1912.
La tarde del 3 de diciembre Jesualdo Giordano fue encontrado en un basural conocido como la quinta Moreno, donde funcionaba antes el horno de ladrillos de la fábrica La Americana. Lo habían estrangulado con trece vueltas de un piolín que se le hundió en el cuello. Como no terminaba de morir, el homicida le perforó la sien derecha con un clavo de cuatro pulgadas, al que golpeó con una piedra hasta que la punta salió por el otro parietal. Luego tapó el cuerpito con chapas de cinc y se fue tranquilamente a su casa. El horroroso crimen de Jesualdo Giordano hizo explotar a la ciudad. El conventillo de Progreso 2585, en el que vivían los Giordano, se colmó de vecinos indignados. Según la crónica del diario La Prensa, la policía sabía perfectamente quién era el asesino: sospechaban hacía tiempo de Godino, aunque no tenían pruebas. Quizá no se animaban a proclamar que un niño fuese el culpable de esos crímenes que la opinión pública adjudicaba a siniestras organizaciones criminales como la Mano Negra, dedicadas a secuestrar chicos. Durante la reconstrucción del crimen de Jesualdo, Godino fue visto entre el gentío que llenaba la quinta Moreno. También fue al velorio, y hasta algunos dijeron que se mostró compungido al acercarse al féretro blanco y tocar la cabecita con mano trémula. Se sabe que compró un ejemplar del diario y se hizo leer la crónica de los hechos (era analfabeto). Luego recortó la noticia y se la guardó.
Fue detenido la noche del 5 de diciembre. Los diarios revelaron los detalles de la confesión del "Petiso", que habló durante varias horas.
El proceso a Cayetano Santos Godino se prolongó por dos años, durante los cuales "El Petiso" fue recluido en el Hospicio de las Mercedes. Las más importantes figuras de la psiquiatría criminal concurrían para examinar al reo y comprobar cómo era aquel ser al que la prensa calificaba de fiera humana. Muchas voces reclamaron que se lo condenara a la pena capital, que entonces estaba en vigencia para delitos como el homicidio, aunque no podía aplicarse a menores. ¿Pero podía llamársele niño al "Petiso", aunque su partida de nacimiento dijera que sólo tenía 15 años?
Godino fue procesado por tres homicidios (los de los niños Arturo Laurora, Reina Bonita Vainicoff y Jesualdo Giordano) y once agresiones. ¿Cometió otros crímenes? El proceso nunca lo esclareció. Se dijo con insistencia que "El Oreja" habría matado a otros niños, por ejemplo la pequeña María Rosa Face, una nena perdida que nunca apareció ni viva ni muerta y cuyos padres regresaron a Italia. También al niño Lautaro Marchi, que sin embargo no figura en el expediente criminal.
Godino era examinado como un cobayo; en el diagnóstico, se destacaban sus características físicas: la escasa talla (1,51 metros), la cabeza pequeña (microsomía); la extensión de sus brazos, que abiertos alcanzaban una envergadura de 1,85 metros; sus orejas desmesuradas y en asa, su miseria física y la desmesura de su órgano sexual. Todo conducía a una conclusión: Godino estaba predestinado al crimen.
¿Qué pasaba por la mente de Godino cuando cometía sus crímenes? Según sus palabras, una fuerza ingobernable lo dominaba, el dolor le partía el cráneo y ese sufrimiento sólo se aliviaba golpeando, matando. Sin embargo, todos los exámenes descartaron que padeciera epilepsia.
Godino fue condenado en 1914 a la pena de penitenciaría perpetua, que era irredimible. El juez lo envió a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, donde podía ser aislado en una celda. Allí pasó varios años. Aprendió a leer y escribir, a sumar y restar.
En 1923 se inauguró en Ushuaia un presidio de máxima seguridad. Se la llamó "la cárcel del fin del mundo". Godino, severamente custodiado y engrillado, fue trasladado a ella en el transporte Chaco.
En 1933, José María Soiza Reilly, periodista y escritor muy popular, entrevistó a Cayetano Santos Godino en la celda que ocupaba, la número 90. Por esa entrevista, publicada en la revista Caras y Caretas, el público se enteró de que Godino había matado a dos gatitos que eran las mascotas de los presos, y que por ello le habían propinado una feroz paliza. También contaba que en una de las primeras operaciones de cirugía estética que se habían hecho en el país le habían achatado las orejas, esas orejas aladas que según algunos eran la causa de su maldad. La operación fue auspiciada por el gobierno, que envió un equipo médico y un fotógrafo a Ushuaia.
Cayetano Santos Godino nunca recuperó su libertad. Según el certificado de defunción, "El Petiso Orejudo" falleció el 15 de noviembre de 1944 por una hemorragia interna causada por gastritis avanzada. ¿Murió de una paliza que le propinaron los presos? Cuenta la leyenda que, cuando el penal fue clausurado, en 1947, los huesos de nuestro primer asesino serial no pudieron ser hallados en el camposanto del lugar. En cambio, la esposa del último director tenía un pisapapeles con el fémur de Cayetano Santos Godino.


Fuente: lanacion.com

Ese no es mi cuerpo

La última vez que se supo de ella fue el 29 de mayo de 1962. Había salido de su clase particular de inglés para volver a su casa, en Flores...