Tengo el agrado de informarles que he sido convocado y estaré dando una charla en el marco del BAN - Buenos Aires Negra, Festival internacional de literatura policial, que se realizara en Buenos Aires los días 24 al 27 de octubre en el Centro Cultural San Martín.
Es un honor para mi... Gracias a todos los que diariamente me acompañan leyendo Archivos Policiales.
lunes, 23 de julio de 2018
miércoles, 31 de agosto de 2016
Una última vuelta en calesita
Corría el año 2002, Magdalena Edith Torres tenía 22 años y
un montón de sueños por cumplir, ese día se sentía nerviosa y feliz a la vez.
La reunión familiar que se iba a dar en su casa se prestaba para que ella
presentara a su novio Nahuel, a sus padres y hermanos en su casa del barrio
platense de Altos de San Lorenzo. Todos se mostraban felices, salvo un primo
que estuvo toda la noche muy serio y callado. Su nombre era Miguel Torres
Alonso, de 21 años.
Miguel llevaba dos años viviendo con sus tíos. Había llegado
a La Plata de su Santiago del Estero natal con la idea de estudiar y trabajar.
Eso, al menos, fue lo que dijo. Aunque después, en medio del juicio oral,
contaría que en rigor se había enamorado de su prima Magdalena y soñaba
formar una familia con ella. Cabe destacar en este punto que ellos ya habían
mantenido una relación, que siempre fue un secreto de adolescentes. Los padres
y hermanos no lo sabían y para Magdalena era historia pasada, una travesura que
recordaba con alguna simpatía.
El sábado 19 de enero. Magdalena se levantó a las 8.30 y
salió de su casa. Le dijo a la mamá, Ramona, que quería comprarse un jean para
estrenar esa noche en una salida con Nahuel. La madre le dio un billete de cien
pesos y le dijo que cuando ella regresara de trabajar, iban a almorzar juntas.
Miguel, esa mañana, se levantó muy temprano, como siempre. A
las 6 partió en bicicleta al Paseo del Bosque, donde cuidaba los botes del lago
y la calesita El Duende Poppy que estaba justo atrás del estadio de
Estudiantes.
En el camino se acordó cuando con Magdalena iban juntos en
bicicleta a la Escuela Media N° 3, donde cursaban el secundario
nocturno. También recordó las veces que se habían jurado amor eterno y, ahora,
todo era distinto. Ella tenía novio y no quería saber nada con él, aunque
él insistía en seguir con aquella relación que lo había marcado a fuego para
siempre.
El sábado 19 de enero. Magdalena se levantó a las 8.30 y
salió de su casa. Le dijo a la mamá, Ramona, que quería comprarse un jean para
estrenar esa noche en una salida con Nahuel. La madre le dio un billete de cien
pesos y le dijo que cuando ella regresara de trabajar, iban a almorzar juntas.
Miguel, esa mañana, se levantó muy temprano, como siempre. A
las 6 partió en bicicleta al Paseo del Bosque, donde cuidaba los botes del lago
y la calesita El Duende Poppy que estaba justo atrás del estadio de
Estudiantes.
En el camino se acordó cuando con Magdalena iban juntos en
bicicleta a la Escuela Media N° 3, donde cursaban el secundario
nocturno. También recordó las veces que se habían jurado amor eterno y, ahora,
todo era distinto. Ella tenía novio y no quería saber nada con él, aunque
él insistía en seguir con aquella relación que lo había marcado a fuego para siempre.
Miguel llevó a Magdalena a la calesita. Abrió la puerta
donde está el motor del carrusel y entró. En el centro de la calesita se forma
una especie de habitáculo, de menos de dos metros de diámetro, que es usado
para guardar herramientas. La joven también ingresó, o bien fue obligada a
entrar.
El joven, en el juicio oral, confesó que ella le dijo que no
quería seguir más, y que incluso lo insultó. Miguel sólo dijo recordar el
momento en el que tomó un hierro y le aplicó varios golpes en la cabeza.
Antes de terminar con la macabra faena, robó los cien pesos
que la chica llevaba en un bolsillo para comprarse el jean. Usaría esa plata
para comprar el pasaje del colectivo.
Ramona, la mamá, tenía un mal presentimiento. Su hija jamás
se iba tanto tiempo sin avisar. Y más se asustó cuando, sorpresivamente,
apareció Miguel y le dijo: "Tía me voy a Santiago del Estero".
Ese sábado y el domingo siguiente, el muchacho llamaría en varias oportunidades
a su tía para preguntar si sabían algo de Magdalena. Para entonces, los padres
ya habían radicado una denuncia por averiguación de paradero en la comisaría 5ª
de La Plata.
Pero había otra persona sorprendida. Era el dueño de la
concesión de la calesita, quien para entonces se encontraba en la costa
bonaerense, donde administraba un pequeño parque de juegos.
Miguel, que había sido tan buen empleado, le había avisado
repentinamente que se marchaba. El comerciante regresaría a La Plata
recién a fin de mes, diez días después de la desaparición de Magdalena.
El dueño de la calesita fue quien abrió el habitáculo del
motor y se sorprendió al ver tierra removida y unas frazadas con manchas que
parecían de sangre. Pero lo que más lo preocupaba era el olor nauseabundo que
salía del lugar. Con otro empleado, tomó una pala y movió la tierra. En la
segunda palada, vio los dedos de una mano.
En el juicio, el Tribunal Oral Nº 1 de La Plata, integrado
por los jueces Guillermo Labombarda, Samuel Saraví Paz y Patricia de la Serna,
entendió que Miguel había cometido un homicidio calificado por alevosía, y lo
condenó a prisión perpetua, quizás su última vuelta en calesita.
Magdalena apareció, como lo había hecho otras veces, en el
Paseo del Bosque. Pero esta vez no era para visitar a su primo-novio, sino para
decirle basta, que todo había terminado, la dulce y tierna historia de aquel
amor ya no era más que eso, una simple historia pasada.
Un testigo, que estaba en los botes de alquiler, le contaría
luego al fiscal que vio a la pareja caminando en la orilla del lago.
De todas maneras, él ya lo tenía planeado: según los
peritajes que se hicieron, cuando la chica entró al habitáculo, el muchacho ya
había cavado una fosa profunda en ese lugar cerrado. "Si no era mía,
no era de nadie", comentaría tiempo después.
Miguel, luego de desmayar a Magdalena con los golpes, tomó
una cuchilla y le cortó el cuello cuando aún estaba con vida. Le seccionó
la cabeza, los brazos y las piernas y después arrojó los restos en la fosa, la
que tapó prolijamente con tierra.
El ensañamiento: fue descuartizada en vida.
El informe de la autopsia reveló que Magdalena Torres fue
descuartizada en vida, lo que demostraría el ensañamiento del homicida.
La fiscalía dio por acreditado que Torres Alonso golpeó a su
prima, y cuando la tuvo desmayada, le seccionó el cuerpo y lo ocultó debajo de
la calesita.
Los investigadores también tuvieron en cuenta que el
imputado sería un experto despostador de chivos y ovejas.
El joven conocería muy bien estas tareas de campo ya que las
realizaba en Santiago del Estero, su provincia natal.
Se sospecha que el acusado trasladó la técnica usada con los
animales al cuerpo de su prima.
Al parecer, en el campo primero se secciona la cabeza del
animal, se coloca en la tierra para que desangre, luego se cortan las patas y
finalmente el resto del cuerpo.
La misma metodología habría sido aplicada al aberrante
crimen. El cuerpo de Magdalena fue enterrado en un pozo que el asesino cavó en
el interior de la calesita. Primero fue depositada la cabeza. Lo último fueron
los brazos y las piernas.
Asimismo, la alevosía en el homicidio estaría dada por los
tres mazazos en la cabeza que fueron aplicados a la víctima y en particular, la
tarea de descuartizamiento realizada cuando la chica todavía respiraba.
Casi tres años después del brutal asesinato, Torres Alonso
se cruzó cara a cara con los padres de Magdalena. Frente a sus tíos, contó cómo
se había iniciado esa relación que terminó en muerte y horror.
miércoles, 24 de agosto de 2016
Las empanadas del griego
El caso del griego que asesinó y trozó a su cuñado apareció
en primera plana de los diarios de enero de 1963. Ocurrió en La Plata y
conmocionó a todo el país. Muchos recuerdan que el entonces dueño del bar “El
Partenón” hizo empanadas con la carne del cadáver. Y las puso supuestamente a
la venta.
A principios de los años ‘60 era impensado un crimen semejante.
Se vivía en una sociedad que no padecía la violencia inusitada desde los
medios, donde las películas más exitosas del momento eran las de Mirtha
Legrand, que lo más que hacían eran darse besos en la mejilla. Además en La
Plata, la gente vivía tranquila: Era la época en que se dejaba la puerta sin
llave y no había tantos robos y homicidios. El caso que se dio en llamar
“descuartizamiento del griego Harjalich” impactó de sobremanera.
Nadie se podía imaginar un acto con semejante despliegue de
violencia. Las crónicas de la época señalan que las primeras noticias que se
tuvieron fueron por boca de Juan Giorgia, griego, de 69 años, soltero, con
domicilio sobre la avenida Colón, que une La Plata con Ensenada, a la altura de
la columna 48. El griego Juan Giorgia se presentó el 18 de enero de 1963 ante
las autoridades de la subcomisaria El Dique, para denunciar que su compadre
Juan Harjalich, había aparecido en dos oportunidades por su casa llevando en
una valija restos humanos. Al ampliar la exposición, Giorgia expresó que “el
jueves alrededor de las 16 recibió la visita de su compadre Juan Harjalich -de
su misma nacionalidad y de 40 años-, afincado en la calle 1 nro. 710, quien
llevaba una valija, un bolsón y un colchón pidiéndole que le guardara todo eso
por unos días, hasta que pasaría a retirarlos”. Harjalich recién volvería a la
casa de Giorgia momentos antes de la medianoche del mismo día. Fue entonces
cuando su compadre hizo una espeluznante revelación: le dijo que en la valija
se hallaban los restos de su cuñado Andrés Suculea de 32 años, a los que iba a
incinerar.
Sin reponerse del shock emocional que le provocó la
confesión de Harjalich, Giorgia se negó rotundamente a convertirse en un
cómplice. Su compadre lo amenazó de muerte con un revólver para obtener su
silencio al mismo tiempo que le exigió colaboración para hacer desaparecer el
cadáver. La discusión duró algunos minutos, hasta que Harjalich comprendió que
lo mejor era tomar las valijas y marcharse. Y así lo hizo, hasta perderse en la
oscuridad de la noche. A las pocas horas, reapareció en su casa y le pidió a
Giorgia que silenciara todo lo que conocía. Y para darle seguridad, le dijo que
había hecho “todo a la perfección” y le aconsejó que se fuera a descansar.
Harjalich prendió un fuego fuera de la vivienda. Explicó que
era “para quemar las ropas ensangrentadas”. Luego se retiró utilizando uno de
los micros de la línea 273. El viernes por la mañana cerca de las 10, siguió
diciendo Giorgia en su declaración en sede policial, volvió su compadre
trayendo algunas prendas de vestir con el fin de obsequiárselas, guardando él
por su parte, un marcado silencio al interpretar que las ropas podrían haber
pertenecido al muerto.
Asimismo, Harjalich llevó carnes y otros alimentos, que
luego de cocinarlos ingirió dando muestras de singular apetito. En cambio, y
pese a la invitación de su visitante para que compartiera la comida, el dueño
de casa, se abstuvo de hacerlo. Finalmente Harjalich se retiró anunciándole que
volvería a la noche.
Giorgia resolvió concurrir a la dependencia policial más
próxima y denunciar el espeluznante caso. Eran alrededor de las 14 del 18 de
enero de 1963. Mientras una comisión se dirigió al centro, donde se hizo
efectiva la captura del acusado, en su local, de la calle 1 nº 710, otra
concurrió a la vivienda de Giorgia donde se secuestró el colchón ensangrentado,
varias prendas y trozos de cuerdas.
La descripción de Giorgia del lugar adónde se dirigió
Harjalich con la valija la primera noche que apareció por su domicilio camino a
Punta Lara, orientó a los efectivos policiales en la búsqueda de los restos
óseos del cuñado. Efectuaron una minuciosa inspección de la zona, internándose
varios de ellos en un terreno situado frente a la finca de Giorgia, en ese
momento inundado y cubierto de paja brava y otras malezas, de donde extrajeron
restos humanos diseminados por distintos sitios. Los efectivos debieron
realizar otro rastreo en la desembocadura de la cloaca maestra de la ciudad, a
la altura de la prolongación de la calle 66, sobra la zona del río. En este
lugar, Harjalich admitió haber arrojado las partes blandas del cuerpo de su
cuñado, como así también las manos pertenecientes al muerto. De acuerdo a su
declaración, de que Suculea se había suicidado, era primordial para los
investigadores el hallazgo de los huesos del cráneo pero también, al faltar las
manos y aunque las encontraran seguramente no tendrían las huellas debido a que
fueron descarnadas, la identificación era una de las tareas más difíciles. El
hallazgo de la parte izquierda del maxilar superior, por haberse obtenido el
valioso dato de que en esta región de su dentadura Suculea se había hecho
practicar el tallado de un canino para la colocación de una prótesis, fue
fundamental para comprobar la identidad.
Lo que nunca se halló fue la parte superior del cráneo, lo
que hubiese sido clave para determinar las causales de la muerte. Es que Harjalich,
al ser detenido, dijo que su cuñado se había suicidado. Que se había matado de
un tiro cerca de las 8.30 de la mañana en la que su mujer y su sobrina se
habían ido a visitar a unos amigos. Que él, al no saber qué hacer, había
decidido ocultar el cuerpo, pero no lo había matado.
No le creyeron, porque en la casa encontraron un revólver
calibre 38, que el griego dijo desconocer, pero que tenía estampado el sello de
la Policía Bonaerense y que, tras una breve investigación, dieron con quien
había sido el dueño: un agente que confesó que se la había vendido a Harjalich.
El juez Rodríguez Lagares no le creyó nada al griego. Y lo
mandó a la cárcel de Olmos, donde moriría un par de años después. Lo que sí
encontraron en la casa del crimen fue un cuaderno, donde la víctima escribía
sus sentimientos. En ese libro, aparecía una mención al griego: "Temo
que pierda la tranquilidad en mi casa. Mi cuñado, el miserable inmundo,
pretende hacer de las suyas". Pero también había otra frase, escrita dos
días antes de la muerte, que decía lo siguiente: "cuando pienso que estuvo
la felicidad en mis manos, me dan ganas de morir" ¿homicidio o suicidio?
Nunca se sabrá.
La versión de Harjalich
El miércoles 16 de enero de 1963, aproximadamente a las
8.30, Harjalich dijo haber escuchado un disparo de arma de fuego proveniente de
la habitación que ocupaba su cuñado. De inmediato -expresó- fue al lugar y
observó que Andrés Suculea se hallaba muerto. A partir de ese instante, y en
ausencia de su esposa y su sobrina, el dueño de casa concibió la idea de hacer
desaparecer el cadáver de su cuñado. El griego concurrió a almorzar a la casa
donde estaban su esposa de visita y sobrina, “sin dejar traslucir en su ánimo,
actitudes ni palabras, la suerte corrida por Suculea”. Al término de la comida,
retornó a su domicilio de la calle 1 y 46, donde durante varias horas se dedicó
a la macabra tarea de descuartizar el cuerpo de su cuñado, antes de lo cual le
sacó, mediante un cuchillo, las partes blandas del cuerpo. Luego colocó los restos
óseos en una valija y efectuó una limpieza a fondo y al día siguiente se
dirigió hasta la vivienda de su compadre Juan Giorgia.
La hipótesis fue poco consistente. Nadie escuchó el disparo
del revólver con que la víctima habría puesto fin a su existencia. Harjalich
fue quien limpió el arma supuestamente empleada por su cuñado y le cambió las
cápsulas, y fue él quien hizo desaparecer el trozo de cráneo en que el balazo
debió producir un orificio
La esquina del horror
Todavía muchos platenses recuerdan aquella esquina donde
hace 41 años “El Griego” Harjalich servía a los parroquianos un par de ginebras
“Cubana” o “W” -bebida espirituosa-, pero más se tiene en la memoria que una
vez se dijo que las empanadas humeantes sobre el mostrador del bar “El
Partenón” estaban hechas con las carne del cuñado muerto. Empanadas se
vendieron siempre, pero algún miembro de la colectividad helénica que aún
recuerda el hecho y lo repudia, afirmó oportunamente que descreía de cómo lo
contaron los diarios a los que acusó de “agrandar todo” porque “no fue tan
así”. Los diarios locales en sus primeras planas anunciaron el sangriento
episodio con un título que ocupó todo el ancho de la sábana. Algunos que
todavía piensan que Elefteria -la esposa de Harjalich-, debió haber estado
presente en la casa el día que murió Andrés, su hermano, también siguen
arriesgando que “seguramente hubo una pelea” y que “resultó muerto por su
marido”. Fueron muchas las versiones que se tejieron en torno a este misterioso
caso. Hasta se llegó a decir que el homicida improvisó un puesto nada menos que
frente a la estación de trenes, donde puso a la venta y agotó las empanadas de
carne humana.
Una macabra coincidencia
“Horripilante crimen: un hombre dio muerte a su cuñado,
descarnó y descuartizó el cadáver” fue uno de los titulares que ocupó nueve
columnas de la página sábana de El Argentino de aquel momento en nuestra
ciudad. Desde el 19 hasta el 29 de enero cuando anunciaron el traslado del
detenido a Olmos donde murió dos años después, la prensa local siguió paso a
paso cada detalle de la investigación del hecho. Pero en la misma página, ajeno
al drama que conmovió a La Plata un odontólogo anunciaba sus honorarios de
atención en la Guía de Profesionales. Era Ricardo Barreda.
| El aviso en el diario El Argentino |
Fuente: Diario Hoy (La Plata)
jueves, 18 de agosto de 2016
Yo canibal (el Hannibal de Daireaux)
Un frío domingo más en la tranquila ciudad bonaerense de
Daireaux. Corría el 29 de junio de 2008, en Viena, Austria, se disputaba la
final de la Eurocopa que España le ganaría a Alemania, el Vaticano celebra el
día de San Pedro y San Pablo. Un frío domingo de invierno que no pasaría
desapercibido en la mencionada localidad de la provincia de Buenos Aires.
A poco más de 400 km de la Capital Federal, la ciudad de
Daireaux sería testigo de uno de los crímenes más espeluznantes de la rica
historia policial argentina, esa historia que no deja de sorprendernos.
En esta tranquila ciudad vivía Raúl Piñel, un trabajador del
campo de 57 años. Raúl era un hombre solitario, sólo lo frecuentaban algunos
vecinos. Su mujer y sus cinco hijos lo habían abandonado cansados de los
maltratos y golpizas según las crónicas del momento.
Uno de sus hijos, llamado Raúl Ernesto Piñel Donato, sería
protagonista principal en la vida de su padre poniendo fin a su vida. Hasta
aquí estaríamos hablando de un parricidio más en la historia de no ser por lo
macabros detalles que adornan esta crónica.
Raúl Piñel hijo nació el 13 de julio de 1975, en aquel
momento (junio de 2008) purgaba en el penal de Urdampilleta una condena por
robo calificado hasta que fue beneficiado con algunas salidas transitorias.
El viernes 27 de junio, Raúl Piñel hijo salió del penal y se
dirigió a la casa de su padre, con quien aparentemente volvía a tener relación,
pero esta visita no sería de las más amistosas. El domingo 29 un vecino pasó a
saludar a don Piñel como la hacía habitualmente, el que abrió la puerta fue su
hijo.
El vecino no pudo disimular el estupor y el horror en su
rostro cuando entre la puerta y Raúl hijo pudo ver muchísimas manchas de sangre
en las paredes y en el piso. Urgente se dirigió a la comisaría local y dio
aviso a las autoridades.
Una brigada se apersonó en el domicilio de Piñel en la calle
Antártida Argentina entre Moreno y Saavedra, lo que encontraron es digno de una
película de terror gore.
Los efectivos golpearon la puerta, Piñel les abrió y sus
manos ensangrentadas lo delataron, los dejo pasar sin decir nada, había sangre
en el piso y las paredes, cuando llegaron a la cocina algunos de los policías
tuvieron que salir a vomitar, en el piso habían encontrado desparramados restos
de algunas vísceras, un pedazo de columna vertebral y los demás restos se
estaban calcinando en una salamandra que había en la vivienda.
Los policías le preguntaron a Raúl donde estaba su padre,
él, entre risas contesto “ahora lo tengo bien adentro”.
Recién entendieron la desafortunada frase de Piñel cuando
vieron el macabro contenido que había dentro de una olla, en ese momento se
dieron cuenta que enfrente tenían a un caníbal.
Las crónicas de aquella época daban cuenta de que el
“Hannibal de Daireaux”, como la prensa lo había bautizado, había cocinado el
corazón y los riñones de su padre en una espesa salsa compuesta de aceite,
vinagre, cebollas y ajo, para luego almorzar las vísceras de su progenitor con
una trozo de pan, que había quedado tirado al lado de la olla.
Los efectivos que arrestaron a Piñel dicen que cuando salía
esposado del domicilio donde ocurrió la masacre, el asesino repetía una y otra
vez “me las pagaste todas juntas” con una terrible carga de odio y
resentimiento en sus dichos.
Los pocos restos que quedaron del cadáver no sirvieron para
poder realizar una autopsia. La policía científica si pudo corroborar que los
restos que se encontraban en la cacerola eran un corazón y riñones humanos, los
cuales no estaban completos, por lo que se da por hecho que parte fue ingerida
por el asesino.
Las investigaciones en primera instancia giraron alrededor
de la hipótesis de un crimen ritual vinculado a alguna secta, lo cual fue
descartado al no poder probarse.
Piñel confesó haber asesinado a su padre el sábado por la
noche luego de una discusión que ambos tuvieron. La policía secuestro un
cuchillo tramontina en la escena del crimen con el que se cree se cometió el
asesinato. También fue secuestrada una pala ensangrentada la cual pudo haberse
utilizado para mutilar las partes del cadáver que luego fueron quemadas en la
salamandra.
La única hipótesis firme sobre el móvil del crimen es el
odio radicado en el violente pasado de Raúl Piñel padre para con su hijo.
Piñel fue declarado inimputable luego de haber sido sometido
a pericias psiquiátricas y psicológicas que derivaron en que el susodicho es un
enfermo mental, un psicótico que no comprendió la criminalidad de sus actos.
Dichas pericias también arrojaron que Piñel era peligroso
para sí y para terceros por lo que se decidió alojarlo en el neuropsiquiátrico
que funciona en la Unidad 34 del Servicio Penitenciario Bonaerense, en la
cárcel de Melchor Romero, en el partido de La Plata.
Según el expediente, al que Archivos Policiales pudo
acceder, Piñel fue sobreseído definitivamente en la causa el 11 de febrero de
2011 y está bajo la tutela de un Juzgado de Ejecución Penal de la localidad de
Trenque Lauquen.
Allí en la unidad 34 pasa sus días quien fuera apodado el
“Hannibal de Daireaux”, sin que nadie lo visite, sin esperar nada de nadie,
solo esperando la muerte, la única que puede indultar el alma de un caníbal que
un día asesino y se comió a su padre.
jueves, 13 de noviembre de 2014
Archivos policiales, el libro...
Recuerdo que está disponible gratis para iBooks para iPad y Mac OS X, el libro de Archivos policiales con algunos de los casos mas emblemáticos de la historia policial argentina.
Pueden descargarlo de aqui: https://itunes.apple.com/ar/book/archivos-policiales-libro.../id754412544?mt=11
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El justiciero
Un arranque de furia, un momento de ira, ese segundo en el que la conciencia parece desaparecer para dar lugar a la irracionalidad. Dos balazos certeros que fueron a dar en el blanco buscado. Así, hace veinticuatro años, el ingeniero Horacio Santos quedaba plasmado para siempre en la historia criminal argentina con su acción —novedosa en ese momento— del llamado "justiciero".
Después hubo otros "ingenieros Santos", como sucede cada vez que se conoce un nuevo caso. Pero el episodio que ocurrió el 16 de junio de 1990, unos minutos después de las 11 y media de la mañana fue el que sentó el precedente. E instaló una gran polémica —que nunca termina de cerrarse— sobre la actitud que debe tomar la gente ante los delitos.
El caso dividió las opiniones hasta zonas irreconciliables. Hubo quienes lo llamaron "justiciero" y la palabra quedó como un dudoso símbolo. Otros se ponían en su lugar y aseguraban entenderlo, pero creían exagerado lo que había hecho. Otros, sencillamente, vieron un asesino común en alguien capaz de matar a dos personas por recuperar un objeto robado.
Osvaldo Aguirre, "El Topo", llamado así por sus orejas, tenía 29 años y vivía con su mujer y sus dos hijos, todos juntos en una pieza de un conventillo en la Boca. Tenía antecedentes policiales por robo reiterado y por tráfico y tenencia de drogas, pero había conseguido trabajo como camionero de una carnicería.
Allí conoció a Carlos González, dos años mayor, que cargaba medias reses. "El Pollo" González vivía en una pensión de Avellaneda con su mujer y dos hijas chiquitas. Había tenido algunas causas por hurto y por intento de robo. Un día perdió su trabajo. Lo mismo le pasó a Aguirre, que chocó con el camión.
El 16 de junio del 90 los dos salieron con la Chevy color mostaza de Aguirre —los familiares dijeron después que habían ido a comprar un taxi— y llegaron hasta Pedro Morán al 2800, en Villa Devoto. El ingeniero Santos estaba con su mujer, Norma López, comprando unos zapatos en un galería comercial cuando escuchó la alarma de su Renault Fuego. Salió corriendo y vio que la cupé tenía el vidrio roto. Y que dos hombres se estaban llevando el pasacasete.
Persecución y muerte
Con el Chevy, Aguirre y González aceleraron por Morán. Santos subió a su auto con su mujer y los persiguió durante unas 20 cuadras, hasta la calle Campana. Los alcanzó, les cruzó el coche, y, según contó después, les pidió a gritos que le devolvieran el pasacasete.
Pero algo ocurrió: el ingeniero tomó un revólver calibre 32 que tenía en el auto y disparó. Santos —que desde un tiempo atrás hacía prácticas en el Tiro Federal— fue preciso como el profesional más entrenado. Fueron dos balazos que dieron en la cabeza de los ladrones. Los dos murieron en el acto.
Santos tenía 42 años y había comprado el arma porque, según explicaron entonces sus familiares, temía por su seguridad. El mismo dijo ante la Justicia que estaba harto porque ya le habían robado muchas veces el pasacasete del coche.
En 1994 el ingeniero fue condenado a 12 años de prisión por el crimen de Aguirre y González. Pero el año siguiente la Cámara Penal le redujo la pena a tres años en suspenso: los jueces opinaron que había actuado en un exceso de legítima defensa.
Como Santos quedó libre, el fallo reavivó la polémica sobre el caso. El ingeniero se mudó de casa e intentó hacer una vida normal. Cambió un poco su aspecto —se afeitó la barba con la que aparecía en las fotos que difundió la prensa— y se negó a dar reportajes.
Se ocultó todo lo que pudo y dice que nunca fue a un psicólogo porque no le hizo falta. Asegura que nunca más usó un arma y en la intimidad promete que ya no lo hará. Se mudó de barrio, pero hasta hace un tiempo atrás seguía trabajando en la misma empresa —que se dedica a los montajes industriales—, con los mismos socios. Ahora tiene 66 años y sus cuatro hijos ya son adultos.
lunes, 13 de enero de 2014
Archivos Policiales en TV
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Proximamente para otras plataformas también en formato digital.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Conclusiones del caso Ángeles a casi tres meses del asesinato.
Habiendo leído el fallo de la
cámara y siguiendo la causa Ángeles desde el día uno, puedo afirmar que si bien
todavía me quedan algunas dudas sobre el proceso que tiene a Jorge Mangeri como
único imputado, estamos frente a un caso que sentará precedentes en la
jurisprudencia Argentina.
Una justicia vapuleada a más no
poder desde el gobierno y hoy puesta en el ojo de la tormenta por la opinión pública,
se encuentra ante uno de los casos más vergonzosos de los últimos tiempos. ¿Y
si Mangeri es inocente y se lo condena?, escándalo. ¿Y si Mangeri es culpable y
se lo deja en libertad?, escándalo… Tenga el final que tenga, esta historia
terminará en escándalo.
Utilizo el término vergonzoso porque
a esta altura de la causa, todo está sostenido de un finísimo hilo cual corte
puede desatar la locura.
Con respecto al fallo de la
cámara propiamente dicho, me parece acertado. Sé que hay quien se enojará
conmigo por esta afirmación. Pero muchos saben lo que pienso.
Por una cuestión ética no voy a dar mi hipótesis del hecho, sí puedo afirmar que no se trata de un intento de abuso y que hay alguna persona más involucrada.
Por una cuestión ética no voy a dar mi hipótesis del hecho, sí puedo afirmar que no se trata de un intento de abuso y que hay alguna persona más involucrada.
La carta más repetida en este
juego fueron las contradicciones, las hubo para un lado y para otro, al derecho
y al revés ¿a quién le puedo creer?
Confieso que en un primer momento
de la causa tuve miles de dudas acerca de la autoría del crimen, hoy después de
haber recorrido este camino junto a la defensa y a los detractores de Mangeri
puedo decir que de esas miles de dudas hoy me quedan algunas decenas solamente.
En estos tres meses que pasaron
tuve la oportunidad de consultar cientos de fuentes del caso, todas de altísima
confiabilidad, tal como mi profesión lo indica, me ocupé de chequear y
re chequear la información que di en todo momento. Si miro hacia atrás puedo
asegurar que cada dato que publiqué hoy está plasmado fehacientemente en el
expediente.
Haber consultado tanta gente e investigado tanto me permite hoy poder mantener mi teoría tal cual la describí en todas las oportunidades en que me fuera solicitada.
Haber consultado tanta gente e investigado tanto me permite hoy poder mantener mi teoría tal cual la describí en todas las oportunidades en que me fuera solicitada.
Me encuentro frente a uno de los
casos más controvertidos que me toco investigar, donde todavía hay círculos que
no cierran por ningún lado. Recibí miles de mensajes en estos meses los cuales
leí y trate de contestar todos los que pude. Cada uno me brindaba información,
la cual investigué y está en mi archivo personal a fin de seguir hasta el final
de esta causa en la búsqueda de la verdad.
Volviendo al fallo de la sala VI
de la cámara de crimen, reitero que me parece acertado y a mi humilde entender
lo mejor que le podría pasar a Mangeri es ir a juicio oral. Allí se juegan
otras cartas y los Dres. Pierri y Biondi trataran de armar su mejor juego.
Habrá quien se enojará conmigo después
de este análisis, habrá quien me apoyara, pero mi tranquilidad es saber que está
escrito con la mayor objetividad posible.
El caso todavía no está cerrado ,
aun quedan cartas por jugar y quizás algún as bajo la manga.
jueves, 4 de abril de 2013
Las hermanas satánicas de Saavedra
Ni la policía quiere recordarlo. La imagen era atroz, como de película. El cuerpo de Juan Carlos Vázquez y sus alrededores completamente cubiertos de sangre. Al lado, sus dos hijas, Silvina y Gabriela, desnudas y en trance, también salpicadas de sangre, proveniente de las heridas causadas por el centenar de puñaladas que recibió Juan Carlos.
Se habló de sectas, de satanismo, de ritos de purificación. Pero para Martín Abarrategui, perito de parte en la causa, la respuesta es una sola: psicosis. "Este caso es un clásico de la psiquiatría forense. Se conoce como folie à deux , o locura de a dos", dijo Abarrategui a lanacion.com . En esta oportunidad, incluyó a un tercero, que era el padre. "La hermana menor, Silvina, una psicótica, atrajo a una neurótica profunda, Gabriela, para cometer el acto", explicó.
Según Abarrategui, se trató de un caso de violencia genética y cultural. "La alucinación, el delirio y el trastorno de conducta vieron su margen para desarrollarse en el ámbito sectario", explicó. La hermana menor, Silvina, de 21 años, estudiaba en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Según una de las hipótesis del hecho, su asistencia a un curso de esoterismo fue lo que la llevó a incursionar en la idea de un "rito de purificación". Los investigadores cree que eso fue lo que quiso practicar con su padre.
"A una persona con ese nivel de psicosis, si se le da la pauta cultural, se le abre el camino para que tenga esos trastornos de conducta", indicó el perito.
El crimen. Fue en marzo de 2000. Los vecinos del barrio de Saavedra habían denunciado gritos y ruidos extraños que se sucedieron durante toda la noche anterior. Todo esto habría formado parte del rito de purificación que, según los investigadores, se habría sacado de unos folletos que la más joven tenía de un curso de alquimia.
En esos papeles estaban detallados los pasos del ritual, aunque en ningún caso se incluía el cuchillo y la sangre.
La policía llegó a la casa de los Vázquez en el momento en el que Silvina estaba por atacar a Gabriela. Y ahí fue que se encontraron con la escena escabrosa. Incluso se dijo que parte del rostro del hombre había sido arrancado a mordiscones por las jóvenes.
De sicóticos y sectas. Según indicó Abarrategui, el 8 % de la población es psicótica. "Hoy existen fármacos que permiten que esas personas puedan ser normales si son tratadas. Pero los que no reciben tratamiento, están sueltos", explicó.
Algunos de estos brotes psicóticos, dicen los especialistas, suelen destaparse a través de las prácticas sectarias.
"Las sectas tratan de captar cualquier grupo de gente. Se aprovecha el momento de bajas defensas, aunque no siempre es gente con problemas psicológicos", explicó Alfredo Silletta, periodista que investigó mucho sobre sectas.
"En el caso de las hermanas Vázquez, entraron en lo que se llama el delirio místico. Esa gente se acerca en busca de Dios. Si esa búsqueda se encuadra en una religión, generalmente al psicótico se lo deriva a un centro de asistencia", explica Silletta, autor del libro Shopping espiritual y de otras investigaciones compiladas en el blog alfredosilletta.wordpress.com.
"Pero en los grupos sectarios habitualmente se los incentiva en su locura. Eso pasó con Silvina. Tenía problemas serios, después se descubrió que era psicótica. Tras la muerte de su madre empezó con esa búsqueda mística y empezó a hacer todos estos cursos. En última instancia empezó con la práctica de rituales que incluían mucho ayuno", agregó el especialista.
Inimputables. Los especialistas que llevaron a cabo la investigación, concluyeron que las hermanas son enfermas pisquiátricas , por lo que ninguna de las dos fue a prisión.
Fueron declaradas inimputables, de acuerdo con el artículo 34 del Código Penal, que establece que no es punible la persona "que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia de hecho no imputable, comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones".
Los peritos que analizaron a las hermanas, indicaron que Silvina, de 21 años, presentaba un trastorno esquizofrénico [alteración mental grave caracterizada por pérdida de contacto con la realidad, alucinaciones, delirios o pensamiento anormal] y Gabriela, de 28, padecía un trastorno esquizofreniforme, lo que las hizo ser consideradas dementes en sentido jurídico.
Fuente: Lanacion.com
domingo, 17 de marzo de 2013
El asesino que la historia se encargó de ocultar
Francisco
Laureana es casi un desconocido para la historia del crimen argentino. Nunca
fue miembro de la galería siniestra sólo reservada para unos pocos psicópatas
perversos: El Petiso Orejudo, Carlos Eduardo Robledo Puch y Yiya Murano, sólo
por mencionar al podio de la muerte. Probablemente, Laureana nunca buscó llegar
a ser tristemente célebre. No mataba para aparecer en los diarios. No, el tipo
mataba por placer. Era un killer de manual.
–Gorda,
cuidate. Y que los nenes no anden solos por la calle.
Eso
decía el sátiro cuando salía de su casa. Él iba a buscar víctimas, pero antes
de irse se preocupaba por los suyos. Por su esposa y sus tres hijos. Mientras
cerraba la puerta, insistía:
–Que
los nenes no salgan. Andan muchos degenerados sueltos. Chau.
Pero
el buen padre que jugaba con sus hijos era un perverso incurable. Decía que
trabajaba como artesano pero en el fondo era un siniestro asesino: en 1975,
violó a quince mujeres y mató a trece. Las sometía con una fuerza descomunal
que las inmovilizaba. Luego las estrangulaba o las mataba a tiros. A la mayoría
la violaba. Su sed de mal no se agotaba: siempre quería más.
El
experto forense Osvaldo Raffo no duda: Laureana era un asesino serial de acá a
la China. “Al igual que los típicos psicópatas estadounidenses, este muchacho
se quedaba con souvenires de sus víctimas, como cadenitas y pulseras, que
guardaba en una caja. No sería de extrañar que sintiera placer al recordar sus
crímenes y mantener en su poder las pertenencias de las mujeres que mataba”,
recuerda a más de 37 años de haberle hecho la autopsia.
De
Laureana siempre se supo poco: que era un hombre parco, que le gustaba pasar
los semáforos en rojo con su Fiat, que había sido seminarista en Corrientes y
que era artesano. De su época de religioso se dice que intentó violar a una
monja después de atarla con una soga. En San Isidro vendía aritos, pulseras,
gauchitos de madera, caballitos y collares.
Después
de cometer uno de los asesinatos, Laureana le disparó a un hombre que lo había
visto mientras huía por el techo de una casa. Ese testigo fue clave para
confeccionar el identikit del asesino. Un identikit que sorprendía porque era
idéntico al criminal.
–Jamás
me voy a olvidar de la cara de ese tipo. Jamás.
Eso
dijo el tipo cuando los policías de San Isidro le preguntaron si recordaba al
hombre que había intentado atacarlo, el testigo no dudó:
Antes
que la descripción de su rostro anguloso, sólo se sabían pocas cosas del
asesino: era bajo, tenía físico de atleta y atacaba a sus víctimas los
miércoles y jueves a las seis de la tarde. Era un tipo muy puntual. Tenía 35
años.
La
cacería del lobisón no fue sencilla. Los detectives tuvieron que agudizar el
ingenio. Le pusieron varios anzuelos: mujeres policías con peluca rubia o
tomando sol en piletas. Porque el sátiro solía atacar a las mujeres que se
bronceaban acostadas en las terrazas. Sin embargo el chacal seguía haciendo de
las suyas, aunque su último ataque no llegó a ejecutarse: una mujer y una
nena que estaban por ser atacadas por Laureana se salvaron porque justo cayó la
policía. Una vecina que lo vio entrar por una ventana llamó enseguida a la
comisaría del barrio.
Pero
el degenerado pudo escapar. La policía lo buscó día y noche. Cualquier hombre
parecido al identikit era requisado o demorado en la comisaría. Al final, los
sabuesos de la Brigada de Investigaciones de San Martín lo vieron cuando
caminaba por las calles de San Isidro con un bolso colgado del hombro.
–¡Laureana!
–le gritó uno de los uniformados...
El
hampón no respondió: comenzó a correr. Según las crónicas de la época, empezó a
correr y desenfundó un revólver que empezó a disparar en varias oportunidades.
Pero esa versión oficial es dudosa. Sobre todo en una época donde las páginas
de los diarios estaban llenas de falsos procedimientos, inocentes abatidos por
la policía y el típico tiroteo que no era tal: al abatido se le plantaba un
arma para fingir el enfrentamiento.
La
cuestión es que la versión oficial dijo que los policías hirieron en un hombro
a Laureana, que escapó malherido. Luego apareció en un baldío, después de que
un perro callejero lo viera escondido entre bolsas de basura y le mordiera el
brazo. “La hiena nos disparó otra vez y por eso le dimos muerte. Fueron varios
disparos porque era duro como el acero. Parecía invencible”, declaró en ese
entonces, con inocultable exageración,uno de los policías que participó del
operativo.
Su
final le llegó el 27 de febrero de 1975. “Con el auxilio de un perro y luego de
dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas
asesinó a 15 mujeres en seis meses”, fue el extenso título del artículo que
publicó el diario La Nación. En el bolso de Laureana
encontraron una pistola calibre 765, una Beretta, un revólver 32 y un
pistolón calibre 14. En el baldío donde llegó a esconderse encontraron dos
gallinas degolladas. “Su pulsión por matar era tan incontrolable que ni esas
pobres gallinitas se salvaron”, dijo una fuente policial.
Cuando
se enteró de la vida oculta de Laureana, su esposa entró en estado de shock.
Cuando los policías le mostraron el artículo de la sexta de La Razón, que
daba cuenta del tiroteo en el que murió abatido su marido, sólo atinó a decir:
“Acá tuvo que haber un error. Mi marido no pudo haber hecho todo eso. Era un
padre, un buen marido, un artesano que amaba lo que hacía”. Los policías le
palmearon la espalda a la mujer y prefirieron callar.
Raffo
define a Laureana como un error de la naturaleza, un ser ajeno a la sociedad.
Un monstruo que alguna vez pasó por este mundo. “Era obsesivo y atacaba siempre
a la misma hora. En una bota que encontraron en su casa guardaba los objetos
que les sacaba a las víctimas. Era un fetichista. Le gustaba volver a la escena
del crimen para gozar y rememorar. Fue un caso único en la historia policial
argentina”. El viejo Raffo conserva la foto en la que aparece sosteniendo a
Laureana. El asesino parece vivo. Pareciera que mira con ojos saltones a la
cámara, acaso sorprendido por su triste final. Porque en el fondo su última
cara, una máscara grotesca, no es de terror, ni de dolor, ni de espanto. Es de
asombro. Un asombro espectral.
Fuente:
elguardian.com.ar
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