domingo, 17 de marzo de 2013

El asesino que la historia se encargó de ocultar


Francisco Laureana es casi un desconocido para la historia del crimen argentino. Nunca fue miembro de la galería siniestra sólo reservada para unos pocos psicópatas perversos: El Petiso Orejudo, Carlos Eduardo Robledo Puch y Yiya Murano, sólo por mencionar al podio de la muerte. Probablemente, Laureana nunca buscó llegar a ser tristemente célebre. No mataba para aparecer en los diarios. No, el tipo mataba por placer. Era un killer de manual.

 –Gorda, cuidate. Y que los nenes no anden solos por la calle.

Eso decía el sátiro cuando salía de su casa. Él iba a buscar víctimas, pero antes de irse se preocupaba por los suyos. Por su esposa y sus tres hijos. Mientras cerraba la puerta, insistía:

–Que los nenes no salgan. Andan muchos degenerados sueltos. Chau.

Pero el buen padre que jugaba con sus hijos era un perverso incurable. Decía que trabajaba como artesano pero en el fondo era un siniestro asesino: en 1975, violó a quince mujeres y mató a trece. Las sometía con una fuerza descomunal que las inmovilizaba. Luego las estrangulaba o las mataba a tiros. A la mayoría la violaba. Su sed de mal no se agotaba: siempre quería más.

El experto forense Osvaldo Raffo no duda: Laureana era un asesino serial de acá a la China. “Al igual que los típicos psicópatas estadounidenses, este muchacho se quedaba con souvenires de sus víctimas, como cadenitas y pulseras, que guardaba en una caja. No sería de extrañar que sintiera placer al recordar sus crímenes y mantener en su poder las pertenencias de las mujeres que mataba”, recuerda a más de 37 años de haberle hecho la autopsia.

De Laureana siempre se supo poco: que era un hombre parco, que le gustaba pasar los semáforos en rojo con su Fiat, que había sido seminarista en Corrientes y que era artesano. De su época de religioso se dice que intentó violar a una monja después de atarla con una soga. En San Isidro vendía aritos, pulseras, gauchitos de madera, caballitos y collares.

Después de cometer uno de los asesinatos, Laureana le disparó a un hombre que lo había visto mientras huía por el techo de una casa. Ese testigo fue clave para confeccionar el identikit del asesino. Un identikit que sorprendía porque era idéntico al criminal.

–Jamás me voy a olvidar de la cara de ese tipo. Jamás.

Eso dijo el tipo cuando los policías de San Isidro le preguntaron si recordaba al hombre que había intentado atacarlo, el testigo no dudó:

Antes que la descripción de su rostro anguloso, sólo se sabían pocas cosas del asesino: era bajo, tenía físico de atleta y atacaba a sus víctimas los miércoles y jueves a las seis de la tarde. Era un tipo muy puntual. Tenía 35 años.
La cacería del lobisón no fue sencilla. Los detectives tuvieron que agudizar el ingenio. Le pusieron varios anzuelos: mujeres policías con peluca rubia o tomando sol en piletas. Porque el sátiro solía atacar a las mujeres que se bronceaban acostadas en las terrazas. Sin embargo el chacal seguía haciendo de las suyas, aunque su último ataque no llegó a ejecutarse:  una mujer y una nena que estaban por ser atacadas por Laureana se salvaron porque justo cayó la policía. Una vecina que lo vio entrar por una ventana llamó enseguida a la comisaría del barrio.

Pero el degenerado pudo escapar. La policía lo buscó día y noche. Cualquier hombre parecido al identikit era requisado o demorado en la comisaría. Al final, los sabuesos de la Brigada de Investigaciones de San Martín lo vieron cuando caminaba por las calles de San Isidro con un bolso colgado del hombro.

–¡Laureana! –le gritó uno de los uniformados...

El hampón no respondió: comenzó a correr. Según las crónicas de la época, empezó a correr y desenfundó un revólver que empezó a disparar en varias oportunidades. Pero esa versión oficial es dudosa. Sobre todo en una época donde las páginas de los diarios estaban llenas de falsos procedimientos, inocentes abatidos por la policía y el típico tiroteo que no era tal: al abatido se le plantaba un arma para fingir el enfrentamiento.

La cuestión es que la versión oficial dijo que los policías hirieron en un hombro a Laureana, que escapó malherido. Luego apareció en un baldío, después de que un perro callejero lo viera escondido entre bolsas de basura y le mordiera el brazo. “La hiena nos disparó otra vez y por eso le dimos muerte. Fueron varios disparos porque era duro como el acero. Parecía invencible”, declaró en ese entonces, con inocultable exageración,uno de los policías que participó del operativo.

Su final le llegó el 27 de febrero de 1975. “Con el auxilio de un perro y luego de dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en seis meses”, fue el extenso título del artículo que publicó el diario La Nación. En el bolso de Laureana encontraron  una pistola calibre 765, una Beretta, un revólver 32 y un pistolón calibre 14. En el baldío donde llegó a esconderse encontraron dos gallinas degolladas. “Su pulsión por matar era tan incontrolable que ni esas pobres gallinitas se salvaron”, dijo una fuente policial.  

Cuando se enteró de la vida oculta de Laureana, su esposa entró en estado de shock. Cuando los policías le mostraron el artículo de la sexta de La Razón, que daba cuenta del tiroteo en el que murió abatido su marido, sólo atinó a decir: “Acá tuvo que haber un error. Mi marido no pudo haber hecho todo eso. Era un padre, un buen marido, un artesano que amaba lo que hacía”. Los policías le palmearon la espalda a la mujer y prefirieron callar.

Raffo define a Laureana como un error de la naturaleza, un ser ajeno a la sociedad. Un monstruo que alguna vez pasó por este mundo. “Era obsesivo y atacaba siempre a la misma hora. En una bota que encontraron en su casa guardaba los objetos que les sacaba a las víctimas. Era un fetichista. Le gustaba volver a la escena del crimen para gozar y rememorar. Fue un caso único en la historia policial argentina”. El viejo Raffo conserva la foto en la que aparece sosteniendo a Laureana. El asesino parece vivo. Pareciera que mira con ojos saltones a la cámara, acaso sorprendido por su triste final. Porque en el fondo su última cara, una máscara grotesca, no es de terror, ni de dolor, ni de espanto. Es de asombro. Un asombro espectral.

Fuente: elguardian.com.ar

Donde está Martita Stutz


La mañana del 19 de noviembre de 1938 no sería una más en el barrio San Martín de la provincia de Córdoba, Marta Ofelia Stutz, de tan solo 9 años, con el permiso de su mamá fue a comprar la revista Billiken en el quiosco de la esquina. Nunca regresó. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Como sucede con los crímenes que perturban a la sociedad, que rompen algo profundo en ella, nada fue igual después del caso Martita Stutz.
Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.
Eran las once y cuarto de la mañana de aquel fatídico día.
-Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? -preguntó Marta Ofelia.
-Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.
¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.
Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.
Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.
Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.
La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la mafia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.
Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron -y se pagaron- por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.

La cacería
Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.
La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.
-A Martita -repetía la madre, angustiada- yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.
La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.
El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue -decían los pequeños testigos- un rato después de la desaparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".
La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.
Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.

Los sospechosos
Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. La pregunta fue inevitable ¿eran cenizas humanas?
Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.

Se busca al monstruo
La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher -que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba- y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante. un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rabdomante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!
Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:
-Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido.
La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.
El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:
-¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena!
En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso.
El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.

La creación del monstruo
Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.
La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.
Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente -no tenía antecedente alguno-, no era trigo limpio.
Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:
-Una tarde yo estaba en casa de una señora y escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.
-¿Qué menores?
-Niñas de 9 o 10 años.
Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a Suárez Zavala como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal Suárez Zavala le "pidió chicas".
Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna caña al aire, no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.
Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.

Deodoro, por la defensa
Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.
La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirlo cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.
Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública. -sostiene allí Deodoro Roca-. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública. junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros."

Crimen impune
En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.
El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.
No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 84 años.

domingo, 10 de febrero de 2013

La misteriosa desaparición de la familia Gill



Una halo de misterio sobrevuela el centro rural de Entre Ríos desde principios de los años 2000, a partir de la desaparición de un matrimonio y sus cuatro pequeños hijos, de los que se ha perdido todo rastro. Más de diez años. Pasó una década desde que los vieron por última vez en un pueblo cercano al que habitaban. Nada más se sabe desde aquel 13 de enero de 2002.

La historia criminal de Entre Ríos no registra antecedentes de la desaparición de una familia completa –ni siquiera durante la dictadura–. Es la historia de una familia desaparecida en 2002 y vuelta a desaparecer todos los días. José Rubén Gill, Norma Margarita Gallegos y sus cuatro hijos: María Ofelia de 12 años, Osvaldo José de 9, Sofía Margarita, de 6 y Carlos Daniel, de 4. Desaparecieron un día sin dejar rastros. Desde entonces todo es misterio. También inacción y falta de compromiso, desprolijidad en la investigación y negligencia por parte de las autoridades competentes.

Los Gill vivían en Crucesitas Séptima. Apenas un punto minúsculo en el mapa. Una localidad de población rural dispersa en un número indefinido. Todos conocían a ese hombre que llevaba 14 años trabajando para el irascible propietario de una gran estancia. Ahí estaba cuando conoció a quien sería la madre de sus cuatro hijos. Él de 56. Ella de 26. Entre cabalgatas o carreteos en sulky, entre maizales u otros sembradíos, todos comentaban hasta esas historias no comprobadas que corren rápido como todo chisme en los pueblos. Pueblo chico, infierno grande.

El 12 de enero fue el último día que los vecinos los vieron por la zona. Al día siguiente estuvieron los seis en un velatorio en Viale, un pueblo a veinte kilómetros de Crucesitas Séptima. El resto es misterio. Sus parientes se enteraron de la desaparición recién después de tres meses. En la casa nada hacía presumir que se hubieran marchado, todo estaba tal cual lo habían dejado, ropa, pertenencias y hasta objetos de valor.

Miles de conjeturas se tejieron acerca de este gran misterio, hasta corrieron comentarios de que estarían trabajando en otra provincia.

Se habló también de problemas familiares y de peleas con el dueño de la estancia, hecho este que lo convirtió en principal sospechcoso.

José Rubén Mencho Gill era peón en el establecimiento rural La Candelaria, propiedad de Alfonso Goette. La esposa, Norma Margarita Gallegos, trabajaba en el campo y cocinaba en una escuela. Con su desaparición dejó sueldos sin cobrar y en la casa quedaron muebles, electrodomésticos y documentos. Eso alimentó el misterio.

Fue el propio Goette quien dio a entender, meses después de la desaparición de la familia, que podrían estar con parientes de Santa Fe, o haber viajado en busca de otro empleo en el nordeste. Eso demoró la búsqueda, y la causa estuvo caratulada por años como una simple averiguación de paradero.

Si bien desde el principio hubo sospechas contra el dueño de la estancia, por algún problema laboral con su peón, nunca se logró reunir ningún elemento que comprometa la situación del ruralista. A pesar de ello, las investigaciones continuaron y antes de que termine 2008 se inició un minucioso rastrillaje en el campo en que trabajaba y vivía la familia. Esa tarea se prolongó hasta mediados del año siguiente y aunque aparecieron algunas evidencias –como fauna cadavérica, rastros de sangre y pelos–, nada se pudo establecer que permitiera dar con los Gill. Ni vivos ni muertos.

Se habló de que podrían estar en Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Chaco. También en Brasil y Paraguay. Una luz se encendió hace dos años, cuando José Rubén Gill y sus cuatro hijos aparecieron en los padrones de beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo. Pero enseguida se adujo que se trataba de “un error del sistema”.

El juez de Instrucción de Nogoyá, Jorge Sebastián Gallino, en cuyo despacho está la causa, se encuentra desorientado. “No hay pruebas firmes, ni testimonio, ni hemos encontrado nada que nos diga que están muertos. Nunca en mi carrera había estado abocado a un caso tan extraño”, ha dicho en más de una ocasión.

La suerte de la familia de Gill no forma parte de la agenda de prioridades de las autoridades públicas. No hay alusiones al caso en los discursos oficiales, no circulan fotos de los desaparecidos ni pareciera haber mayores instrucciones a las comisarías. La familia reclamó durante mucho tiempo, en vano, que se imponga alguna recompensa para quien aporte datos sobre el destino de los seis desaparecidos.

Pero el tiempo fue pasando sin novedades para los familiares de los Gill-Gallegos, y hoy las hipótesis apuntan en dirección a lo peor. “La familia cree que sería justo y muy conveniente que el Estado ofreciera una recompensa para que aquellos que posean datos de interés se vean motivados a aportarlos a la causa”, dijo el abogado Guillermo Vartorelli, que representa a los hermanos del desaparecido Mencho Gill. Sin embargo, la presunción de vida no se pierde. “Por otra parte, estimamos que sería una buena idea implementar material de difusión para entregar a la gente que viaja de vacaciones, porque no podemos descartar que estén vivos”, acotó el letrado.

El resultado de tanto desinterés es conocido: a 11 años de la desaparición de una familia completa, no hay un sólo dato que permita conocer qué pudo pasar con ellos.

viernes, 24 de agosto de 2012

El trágico final de una familia

Cuatro imágenes de una familia aniquilada que quedaron pegadas en el frente del edificio del Pasaje Maestro 5, casi Rivadavia. Allí el martes 15 de mayo de 2007 a media mañana, Gabriel Hernández —separado de Verónica Tuma desde hacía dos años— golpeó y mató de dos balazos en la cabeza a su ex mujer con un revolver calibre 38 largo y a asesinó a mazazos a su hijo varón.


La única que se había salvado era la nena, porque estaba en la escuela, pero el hombre fue a buscarla sobre el mediodía (tenía permiso para retirarla del colegio, donde cursaba el primer grado) y desapareció con ella. La mataría horas después, poco antes de suicidarse.

El caso es tan dramático que casi no registra antecedentes. Tal vez una historia similar fue la del albañil cordobés Rafael Arcángel Avallay, quien en el pueblo de Unquillo, en agosto de 2001, degolló a sus cuatro hijos, de entre 7 y 2 años, porque su mujer lo dejó. Intento suicidarse tomando un insecticida y cortándose las venas, pero lo detuvieron antes.


Con la secuencia de fotos expuesta a los medios los Tuma buscaban evitar que hubiera más muertes, que la Policía o alguien encontrara a Gabriel Hernández antes de que siguiera matando. De hecho durante toda la mañana decenas de vecinos se acercaron a verlas y prometieron buscar, mirar con atención para tratar de encontrarlos.



Pero nada pudo evitar que el drama tuviera un segundo capítulo, tan espantoso como el primero. El miercoles 16 de mayo al mediodía, casi 24 horas después de la primera secuencia de homicidios, Hernández, que se había alojado a las 17,15 del martes en un hotel de Chacarita, le pegó un balazo en la cabeza a Andriela y se tiró del octavo piso del lugar con el revolver 38 largo aún en la mano.



"He tomado una determinación. No queremos que velen a ninguno de los cuatro", decía una de las tres notas que el hombre dejó repartidas entre el hotel y el departamento de su ex. La primer carta fue encontrada por la Policía el martes a la noche cuando se descubrieron en el departamento los cuerpos de Verónica e Iván. En ella Hernández también indicaba el nombre del amigo a quien debían llamar para "reconocer los cuerpos".



Como suele ocurrir en estos casos fue un familiar (el padre de Verónica) quien sospechó que algo malo había ocurrido. Cuando el martes, llamó una y otra vez a la casa de su hija sin que nadie le contestara decidió ir hasta el departamento para ver qué ocurría.



Llegó cerca de las ocho de la noche y entró con su propio juego de llaves. Allí descubrió que Verónica e Iván había sido asesinados. Sus cuerpos —vestidos con ropa de calle— estaban en la bañadera cubiertos por una frazada.



Adrianela había desaparecido: la nota escrita por Hernández no dejó dudas de que él la tenía. ¿Pero dónde?



Así comenzó la búsqueda. Hernández era un desocupado, que cartoneaba, no tenía acceso a un auto y según conocidos y familiares de Verónica tenía problemas psicológicos serios. No podía ir muy lejos.



"Era un hombre con problemas. Estaba sin trabajo. Con ella era muy posesivo, no dejaba ni que los familiares viéramos a los hijos, ni que les habláramos ni que les regaláramos juguetes", contó a los periodistas Martín Tuma, hermano de Verónica.



Néstor Marchand, presidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras señaló a Télam que este tipo de crímenes suelen ser cometidos por personas que pasan por un "estado de emoción violenta y psicosis transitoria". El especialista aclaró que no tuvo acceso a la causa, que permaneció por un largo tiempo bajo secreto de sumario.



Todo terminó de la peor manera. "Cerca del mediodía nos avisaron que se había escuchado un ruido, como si alguien se hubiese caído. Descubrimos que el hombre se tiró del octavo piso. Fuimos a la habitación y allí estaba la nena, baleada", resumió a Clarín Carlos Mouzo, gerente del Torre Hotel, de Corrientes y Olleros. En la habitación quedó además la mochilita de la nena y un bolso con algo de ropa.



Allí Hernández concretó la última parte de la masacre. A las 11,30 pidió el desayuno, que no le subieron porque el horario de atención había terminado, después disparó contra su hija cuando estaba dormida cubriéndole la cabeza con una almohada, enfiló hacia la ventana y se tiró.

lunes, 16 de julio de 2012

La primera condenada por las huellas digitales

Aquel lejanísimo 29 de junio de 1892, los gritos de dos criaturas apenas pudieron despabilar la mansedumbre de la tarde. Una cuchilla de cocina atravesó el cuello de Ponciano Caraballo, de 6 años, empujándolo inerme sobre la cama revuelta. Su hermanita Felisa, de cuatro, lloraba a gritos, como lloran los chicos que adivinan la tragedia, sin comprenderla del todo. Ella correría la misma suerte.
La casa- habitación de los Caraballo, en la por entonces pueblerina Necochea, se quedó muda. El rugido del mar, indiferente y perturbador, estaba muy lejos. Iba y venía, como esas tragedias que nunca mueren del todo. Unas horas después llegó el padre de los chicos junto un vecino, Ramón Velázquez. Ponciano Caraballo había abandonado el rancho después de una fuerte pelea con su mujer, Francisca Rojas, pero estaba decidido a llevarse también a sus hijos. Y a eso fue. La puerta estaba trancada por dentro, igual que la ventana. Unas cuantas patadas bastaron para derribarla, como un telón que se corre para develar una escena dantesca: los chicos parecían dormidos, pero sus cuerpitos estaban empapados en la sangre que manaba de los cuellos. Todo era de color rojo: la cama, el piso de barro, las paredes.
Al lado de las víctimas yacía Francisca. Parecía moribunda, pero a diferencia de los nenes, un finísimo río de sangre corría desde la yugular hasta su pecho. Los hombres llamaron a la policía y a los médicos, quienes evaluaron rápidamente a la mujer y llegaron a la conclusión de que lo mejor era que no se moviera hasta que se recuperara del todo.
Pero Francisca no tardó en reaccionar. Y lo primero que hizo fue acusar del doble crimen de sus hijos a su compadre Ramón Velázquez, quien según su versión- también la había atacado a ella con una pala y había intentado degollarla, furioso porque se negó a entregarle a Ponciano y a Felisa, para llevárselos al padre. La historia era incoherente, pero la policía local la creyó. Ese mismo día los agentes fueron a buscarlo al establecimiento de un tal Molina, donde trabajaba, y lo arrestaron. De nada sirvió que el hombre gritara una y otra vez su inocencia, y que la sostuviera en las sesiones de tortura a las que fue sometido para que confesara, e incluso ante los cadáveres de los chicos. Los investigadores estaban convencidos de que Francisca no mentía, hasta que ella misma derribó su versión, traicionada por el odio que le tenía a Velázquez. A caballito de su propia mentira, Francisca volvió a acusarlo desde su lecho de convaleciente, cara a cara y delante de los policías, sólo que de una forma completamente contradictoria a la original.
Cuando el médico que la había revisado en primera instancia pudo examinarla más detenidamente, la historia de Francisca mostró otra grieta: en su cuerpo no había una sola marca de golpes, aunque ella había declarado que Velázquez la castigó con fiereza con una pala. Rojas y el supuesto criminal fueron trasladados en calidad de aprehendidos al pueblo de Necochea. Uno y otra mantuvieron sus versiones, hasta que varios días después del crimen, Francisca confesó. Dijo que “su acusación carecía de fundamentos y que la única autora del hecho era ella, que ofuscada porque su marido la había echado de su lado y le iba a quitar sus hijos había resuelto matarlos, quitándose también ella la vida, pues prefería ver muertos a sus hijos y morir, antes que aquellos fueran a poder de otras personas”, escribió el 12 de julio de 1892 el inspector a cargo de la investigación, Eduardo Alvarez, al entonces jefe de la policía, Guillermo Nunes.
Era muy posible que esa confesión fuera arrancada a fuerza de torturas, tal como denunciaba en la misma misiva el inspector Alvarez, pero las impresiones digitales, que por entonces apenas eran una tímida iniciativa que despertaban más desconfianza que admiración, sirvieron para condenar a Rojas por el doble filicidio.
“Las manchas de sangre que se notaban en la ventana del interior y en la puerta correspondían a una mano chica y no a la del acusado (Velázquez)... A fin de que puedan practicarse las diligencias conducentes a la aplicación o conocimiento de lo que pueda importar el estudio de las impresiones digitales, he traído dos pedazos de madera donde se notan señales de los dedos, y en una tarjeta, las impresiones de los de Ramón Velázquez y la mujer Francisca Rojas”, explicó Alvarez.
¿Amor, odio, locura? En el siglo XIX que agonizaba, el caso conmovió a un país que estaba modelando sus instituciones, su economía y su jurisprudencia.
Francisca Rojas fue la primera persona en el mundo en ser condenada por las huellas digitales.

Las Claves

La escena del crimen estaba cerrada por dentro. Para trancar la puerta utilizaron una pala de puntear que dejó señales en el piso y en la puerta, a la altura del mango.
Las pruebas e indicios que colectó el investigador Eduardo Alvarez. Además de las impresiones digitales en una ventana, la escena del crimen implicaba directamente a la madre de los menores, aunque la primera pesquisa no pudo detectarlo.
El arma era de Francisca Rojas. Según Alvarez, “no es dable creer que a un hombre de campo llegue a faltarle su cuchillo en la cintura y en tal caso, había que buscar el por qué hizo uso de otro, y a ese respecto nada había que lo justificase”.
Según Alvarez, si Velázquez hubiera querido matar a alguien esa persona sería Francisca y no los hijos. “En este caso resultaba lo contrario, pues era ella quien menos había sufrido, puesto que la herida que presentaba no era suficiente para dejarla muerta”.

Investigación versus torturas
La carta que el 12 de julio de 1892 le remite el inspector Alvarez al jefe de la policía no sólo abunda en detalles del crimen y en la calidad de las pruebas colectadas contra Francisca Rojas, sino que denuncia gravísimas torturas en los interrogatorios a los detenidos: “No creo deber silenciar las irregularidades que se han cometido con motivo de este hecho, para arribar a su completo esclarecimiento, pues he podido observar que el señor comisario de Necochea, olvidando por completo las prohibiciones que establece nuestro reglamento, y todo buen sentido, ha incurrido en la grave falta de aplicar castigos morales a la autora del crimen para obtener su declaración, llegando hasta establecer una capilla ardiente, donde colocados los cadáveres de sus dos hijos, fue llevada a deshoras de la noche; único medio que creyó adoptable para conseguir lo que se proponía, sin tener en cuenta que, aparte de faltar abiertamente a su deber, tenía mil otros medios de qué valerse que le hubieran dado el mismo resultado y mucho más en un hecho como éste, cuyas huellas no dejaban duda acerca de quien fuera su autor, o más bien dicho, constituían pruebas abrumadoras que hubieran establecido la verdad, aún ante la negativa de la sospechada”.
Como puede apreciarse, Alvarez integraba el ala progresista de la fuerza, alineada a las investigaciones de comprobación científica de Juan Vucetich.
La conclusión de Alvarez es muy clara: había huellas; la puerta y la ventana del rancho estaban cerradas por dentro; el cuchillo homicida apareció escondido en el techo de paja, encima de la cama; y sobre todo, no había móvil que ligara a Velázquez con el doble homicidio de los chicos: este hombre podía estar furioso con Francisca porque había engañado a su mejor amigo y hasta le había pegado a su esposa, pero jamás hubiera matado a los pequeños, sino a ella.

Fuente: Diario Hoy

viernes, 15 de junio de 2012

Asesinato y violación en GEBA


El 20 de octubre del 2001, comenzó como un día mas en la vida de María Fabiana Gandiaga, cerca del mediodía, la docente, de 37 años, llevó en su Renault 9 gris a su único hijo Julián, una amiga personal llamada Adriana, sus dos hijos y otro nene, hasta la sede central de GEBA, en la calle Presidente Perón 1169 de la Capital Federal debido a que los chicos debían asistir a una competencia de taekwondo en el gimnasio del Club. Todo hasta aquí parecía normal, pero lo que nadie imaginaba que podía pasar, pasó.

Fabiana llevaba una vida tranquila en familia, estaba casada con Andrés Cabana, quien trabajaba en una empresa de medicina prepaga y vivían en un departamento del barrio porteño de Floresta. Aquel fatídico día, por cuestiones laborales, Andrés no asistiría al torneo, pero sin embargo, se mantuvo en contacto por medio del teléfono celular en todo momento con su esposa, tal es así, que entre las 12:00 y las 15:30, hablaron varias veces para ver como iba todo y combinar el encuentro luego del torneo.

En uno de esos llamados Andrés comentó que la había llamado para ver como iba todo, ella le comento que su hijo había salió tercero en las competencias de forma y también dijo que hacía mucho calor en el gimnasio y por eso no se estaba sintiendo bien. "Yo no pude ir porque tenía que trabajar, pero tenía pensado llegar a eso de las cinco de la tarde, que era la hora en que iban a empezar los combates"

Pasadas las 15:30, el telefono de Fabiana ya no sonó, esta situación preocupó a Andrés quien supuso que podría haber algún problema de señal en el gimnasio del club. A pesar de eso, le dejo varios mensajes, pero de todas maneras no obtuvo respuesta. "Le dejé dos mensajes pidiéndole que me llame. A las cinco sonó mi celular y creí que era ella. Pero era el instructor del nene diciéndome que Julián estaba por competir y que mi esposa se había ido a comprar una gaseosa hacía una hora y no había vuelto" comentó Andrés.

Ante la preocupación por el llamado del instructor, Andrés, tomó un taxi en Belgrano y Perú, donde se encontraba trabajando y fue hacia el club lo más rápido que pudo. De inmediato comenzó a buscarla por el interior de GEBA y por las calles adyacentes, sin ningún resultado. Fue entonces que se dirigió a la comisaría 3° para radicar la denuncia de la desaparición de Fabiana. Como todavía no habían pasado 24 horas de la desaparición la denuncia no fue aceptada por el personal de dicha seccional.

Adriana, la amiga de Fabiana que habia viajado con ella hasta GEBA, comentó que a eso de las 16:30 le dijo "me voy a comprar una gaseosa, no me siento bien, creo que me bajó la presión, si empieza el nene, filmalo que yo ya vuelvo" Fabiana y Julian, no eran socios de GEBA, tampoco lo era Adriana, ni sus hijos. Los chicos practicaban taekwondo en el Club Social y Deportivo de Floresta, pero su profesor los había convocado para el torneo a realizarse en el club de la calle Perón. A las 17:15, le toco el turno a Julian, y fue filmado por Adriana, Andrés, el esposo de Fabiana, estaba al tanto de la desaparición y se dirigía al club. A esta altura de los acontecimientos nadie imaginaba lo que realmente estaba pasando, pero el miedo rondaba por las inmediaciones del gimnasio.

Los medios de inmediato hicieron eco de la noticia y se acercaron a GEBA, el soporte de la prensa, mantuvo en vilo a toda la sociedad en ese momento. Andrés, desorientado, repetia en los medios "Le pudo haber pasado cualquier cosa, pero seguro desapareció por la fuerza o tuvo algún trastorno" Pasaban las horas, y no había noticias de Fabiana, la denuncia por la averiguacion de paradero finalmente recayó en el Juzgado de Instrucción N ° 37.
También se recurrió a la Red Solidaria. Andrés, descartaba una desaparición voluntaria "Hace once años que estamos juntos. Nos llevamos muy bien, tenemos nuestras peleas como cualquier pareja, nada más. Pero Fabiana no abandonaría a Julián, ella lo adora"
Ya para esas horas y con la consternación a flor de piel Buenos Aires era empapelada con la imagen de Fabiana, a la vez de que la familia recurrió a solicitadas pagas en los diarios de mayor tirada del país.

Cuarenta y ocho horas después de la desaparición y cuando ya la esperanza empezaba a flaquear un llamado desde el teléfono celular de Fabiana abrió una nueva posibilidad de encontrarla. La llamada fue a una de sus alumnas particulares, la cual estaba en el directorio del celular. En ese llamado, un voz masculina, le pregunto si conocía a una mujer de nombre Fabiana Gandiaga y le dio a entender que la tenían secuestrada y que debían pagar 10.000 u$s, para recuperarla. Le dio una serie de instrucciones que no se llegaron a concretar ya que para ese entonces, la división Delitos complejos de la PFA, tomaba cartas en el asunto.

El viernes 26 de Octubre, casi una semana después de la desaparición, un empleado del sector limpieza de GEBA, recibe un llamado telefónico que venia dirigido desde el mismo celular de Fabiana.
Inmediatamente es detenido Fernando Antúnez, empleado de la empresa Limalux, encargada de la limpieza del club. Antunez, no ofreció resistencia, pero se evidenciaban demasiadas marcas en su rostro y resto del cuerpo, que según sus dichos, eran producto del trabajo. Con semejantes pruebas, como el celular y las evidencias físicas de Antunez, se supuso que podría haber mas personas involucradas, y que el club, necesitaba una exploración mas profunda. Se hizo presente la división perros de la PFA, que cubrieron el edificio en su totalidad. Uno de los perros, los llevo directamente a los sótanos, donde se encontraban una serie de baños abandonados y en reparación. Cuando se procede a la inspección ocular del lugar, los investigadores encuentran manchas de sangre, en los pisos, las paredes y en toallas que estaban dentro de un cesto de basura. También encuentran dentro de un inodoro en deshuso, un par de sandalias que pertenecerían a Fabiana.

Indudablemente estaban ante el lugar del hecho, ante la escena del crimen, aunque aun no había certezas de que allí hubiera pasado sus últimas horas Fabiana. Era un lugar demasiado sombrío, abandonado, y con pistas de un ilícito. Todos estos datos hacían suponer que se estaba cerca de un hallazgo. Detrás de una puerta clausurada, unas escaleras, conducían a un subsuelo mas allá del sótano, allí en el hueco de un viejo ascensor en desuso la macabra escena, el descenlace que nadie esperaba, el cuerpo de Fabiana, cubierto con bolsas de residuos, sin ropas de la cintura para abajo y con claros signos de haber sido violada y golpeada. Por las muestras recogidas en el lugar, se pudo confirmar que Fabiana llego a ese lugar aun con vida y que su muerte databa aproximadamente de unos 5 o 6 días anteriores al hallazgo, osea el mismo día de la desaparición.

La investigación , llevo a comprobar quienes se encontraban en ese sector el día de la desaparición de Fabiana, dando por resultado, dos individuos más, a los que se los detuvo al día siguiente en el gran Buenos Aires.
Carlos Vallejo y Miguel Angel López fueron detenidos, Lopez, era encargado de la sección y según consta en la causa, a la hora del ataque, se encontraba en su oficina. Fernando Antúnez (21) y Carlos Vallejo (21) fueron condenados en el juicio a 21 años de prisión, por el delito de violación seguida de muerte de María Fabiana Gandiaga, mientras que Miguel Angel Lopez (25), fue absuelto.

Andrés Cabana, esposo de Fabiana, al poco tiempo de terminado el juicio, se radico fuera del país, aunque aun su domicilio legal sigue siendo en el barrio de Floresta.

Ese no es mi cuerpo

La última vez que se supo de ella fue el 29 de mayo de 1962. Había salido de su clase particular de inglés para volver a su casa, en Flores...